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el angel bueno - cuento participante en el 9o. round del Club de la Pelea


El ángel bueno

Esta historia empezó con tres entierros y terminó con el mío cuando en 1914 nací en la casita de paredes blancas que quedaba frente a la iglesia de mi pueblo, un pueblo como tantos de Latinoamérica, perdido entre montañas y cerros verdes. Mis primeros recuerdos son los de mi abuela María, mujer bella de ojos tristes y risa fácil. Siempre me sentí diferente, como si tuviera una marca indeleble que me hacía de alguna forma, anormal y poco a poco fui intuyendo que algún secreto terrible hacía parte de mi, de mi historia.
Pero era fácil ser feliz con mi abuela. Tenía una tienda en la que vendía dulces que ella misma fabricaba y entre aquellos aromas de naranja, anís, chocolate y almendras, la pena que siempre me acompañaba se diluía. Más que pena era la sensación de haber perdido algo esencial. La abuela me había contado que mi madre murió cuando yo nací y cómo mi padre la siguió, en un accidente de trabajo, unos meses después.
A pesar de eso, la mía fue una infancia muy feliz gracias a mi abuela. Ella era relativamente joven aún y tuvo la fuerza y la energía para jugar conmigo, además de quererme y cuidarme.
Pero cuando llegué a la adolescencia empezaron las pesadillas. Oía el llanto de un niño. El llanto era tan triste y quejumbroso que parecía contener en sí mismo toda la miseria, toda la desgracia. Despertaba sollozando y bañada en sudor. Inevitablemente mi abuela se dio cuenta de que algo me ocurría. Le conté acerca de las pesadillas. Sus ojos se llenaron de lágrimas…
-“He debido decírtelo antes, hija” “Es algo tan triste que creí poder pasar la vida sin tener que hablar de eso…”
Entonces supe que no nací sola. Tuve un hermano gemelo, pequeñito y frágil que vivió pocas horas. Mi madre ni siquiera alcanzó a vernos a ninguno de los dos, y mi padre se sumió en una depresión fatal que finalmente lo llevó al suicidio. Lo del accidente de trabajo que siempre me habían contado era una mentira piadosa para ocultarme la tragedia. Abracé a la abuela María y durante los siguientes diez años ella fue mi fuerza y sé que yo fui su alegría.

Por fin supe que el otro esencial que me hacía falta era mi hermano, mi gemelo. Suyo era aquel llanto que soñaba, suya la risa que extrañaba Es cierto que puede extrañarse algo que jamás hemos conocido!
Pero a través de los años he dialogado con su espíritu, he tratado de darle paz a su alma. Lo he llevado conmigo a lo alto de las montañas, a los ríos, al mar, nos hemos extasiado con las puestas de sol, con el vuelo de las aves, y sé que el pedacito de él que vive en mí se ha calmado, se ha conformado.
Y por eso digo que esta historia empezó con tres entierros, el de mi madre, el de mi padre y el de mi hermanito. Y termina con el mío. Tengo noventa y dos años y muy poco tiempop por delante. Estoy impaciente por liberarme de este viejo cuerpo -¡pobrecito, tan bien que me ha servido, pero seamos francos, empieza a hacerme estorbo!- Ardo en ansias de ver a la abuela María, a mis padres y a Angel, que es como el cura del pueblo bautizó a mi hermanito muerto…
Viví una vida buena. Amé a un par de buenos hombres y tuve dos hijos hermosos. A muchos sorprendió que fueran gemelos…! Fui feliz viéndolos crecer, viéndolos jugar y sé que por muchos años Angel los acompañó, haciendo honor a su nombre, como un ángel bueno.



Texto de galadrielle agregado el 15-02-2007.
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