La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - abulorio - 'El capullo'
El capullo
Terminé de pintarlo muy tarde por la noche, obsesionado en retocar los detalles que no necesitaban de la luz natural.
Miré de reojo el modelo que había preparado en un florero de cristal y lo comparé con la copia de la tela. A esas horas, los pétalos habían comenzado a perder su frescura y empezaban a resecarse en los bordes.
Admiré el trabajo mientras dejaba pequeñas pinceladas de color donde creía que eran necesarias y exalté el brillo de las gotas de rocío que coronaban al capullo.
Me dormí en el diván mirando la tela recortada en la oscuridad, junto al modelo que agonizaba prisionero en el florero de cristal.
A la mañana desperté cuando el sol dejaba sus primeros rayos sobre la misma tela. A su lado el pequeño florero de cristal sostenía al capullo marchito que había servido de modelo.
La tela resplandecía de luz y en ella, el capullo se abría al sol como si estuviera vivo.
Durante los iniciales minutos del amanecer quedé paralizado mirando el espectáculo de la tela y el modelo. Una hinchándose de vida y el otro resecándose al final de su existencia prisionero del cristal. La vida corriendo de uno al otro extremo del trayecto como robada por una fuerza desconocida. Sentí pena por el capullo moribundo y sentí miedo por el de la tela. Todo el día pensé en ellos y no pude librarme de la escena con que había empezado mi mañana.
Regresé al taller por la noche con la decisión de remediar lo que había iniciado.
Justo a la medianoche, tomé la tela que tanto trabajo me había llevado y no sin cierto dolor, la quemé en el medio del taller. Se consumió despacio hasta que sólo fueron cenizas. Me dormí mirando los rescoldos, con los ojos nublados de dolor.
A la mañana siguiente tiré los restos a la basura y volví a mi mesa de trabajo para ordenar los pinceles que habían quedado desparramados.
Me detuve en seco frente a ella y miré el florero de cristal con el capullo. Mi manos temblaron unos minutos pero se tranquilizaron cuando entendí lo que había pasado.
Sobre la mesa, en el florero de cristal, el capullo del modelo se entreabría al sol de la mañana como resistiendo a su prisión de cristal y agua.
Lo tuve conmigo algunos días más hasta que se abrió totalmente. Después, ya marchito y reseco, lo guardé entre las páginas de un libro como se hace con tantas flores que nos traen recuerdos.
Debe seguir allí durmiendo para siempre.
De la tela no he vuelto a hablar con nadie ni tampoco he intentado pintar más flores.
Texto de abulorio agregado el 16-02-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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