(con su licencia, Don Ricardo)
En Mamaguita, una estancia de la familia de mi padre ubicada en el partido de Veinticinco de Mayo apareció en los años sesenta, en el fondo de uno de los baúles- fruto del embalaje de los innumerables papeles de mi abuelo- un ejemplar de la primera edición, sin tapas, del Don Segundo Sombra, impreso en julio de l926 por Editorial Proa, en San Antonio de Areco. No lo leí cuando lo encontré. Hojearlo y disfrutar con el tacto de sus páginas y el relieve particular de sus letras parecía entonces más que suficiente. No fuera a disolverse entre los dedos como el agua recogida de la bomba. A los diecisiete años ya lo había frecuentado- como diría Borges- casi hasta la saciedad. Desde los catorce, cuando cursaba el segundo año del nacional, el Don Segundo Sombra, junto al inefable Martín Fierro, eran mis libros de cabecera. El personaje de los primeros capítulos de la novela representaba, con creces y hasta agotarlo, a aquél que yo había sido en la Laguna del Cura, campo de la familia materna de los pagos del Nueve de Julio. Allí, a los trece años, había sido aprendiz de resero, y no a media paga: Sesenta pesos por día; y en buena ley me había hecho acreedor de ese salario, como uno más de la partida.
En esos años, el ganado debía arrearse desde los establecimientos hasta la estación de ferrocarril, o viceversa, para cargar hacia el mercado o para descargar los animales provenientes de otros campos. Aún no había llegado el apogeo de los camiones de hacienda, que terminaría para siempre con ese oficio, el “más macho de los oficios” según el pupilo de Don Segundo. Por lo menos en la Provincia de Buenos Aires, donde se desarrolla la historia de Fabio Cáceres. Caminos eternos, polvorientos, horas y horas de sed y calor bochornoso de los meses de enero y febrero. O lluvias torrenciales, barriales siempre peligrosos cuando se va montado, calado hasta la médula de los huesos, y el cansancio que va haciéndose carne en uno, endureciendo las articulaciones y aflojando los músculos, ganándole por la mano al hambre feroz cuando el sueño se abre paso sobre toda otra necesidad del cuerpo, porque se llega a sentir el agotamiento más completo conocido. Caminar, caminar, caminar, como termina Fabio la primera parte, tras animales a veces muy chúcaros, venidos de los montes de San Luis, de bufido pronto, mirada torva y peligrosas aspas. Y dormir al sereno, o bajo la lluvia cubierto por un poncho encerado, o en algún vagón de hacienda detenido... En ese entonces, los primeros cigarrillos eran fumados con el placer exaltado que daba esa libertad vivida a caballo, a la par de los hombres del campo. Faltaba sólo Don Segundo, que se podía adivinar repartido entre los peones y capataces, menos sabios, más soeces y vulgares, aunque con la chispa y picardía criolla de sus dichos y gestos, y la baquía propia y natural de sus hábitos ecuestres. Ganarse un lugar entre ellos no era tarea fácil. Sólo se lograba con paciencia, recato, aguante, observando con atención, retrucando a veces con alguna picardía oportuna, y demostrando en cada situación que se va aprendiendo, sin hacerse repetir inútilmente las cosas.
Finalizado el verano, la angustia de volver a la ciudad, al colegio, al saco y corbata. Cambiar las alpargatas por los zapatos abotinados. El sombrero por el peinado a la gomina. Y allí descubrir, en una clase de literatura, que alguien había escrito maravillosamente sobre lo que ya se había vivido y perdido por ese año (y el año impresionaba eterno hacia adelante). Surgía entonces una lacerante envidia hacia Fabio, que había logrado unirse a Don Segundo "como un abrojo prendido al chiripá", pudiendo de esa manera transformarse en el joven baquiano de la segunda parte, cinco años después. En esa aula fría, inhóspita de invierno escolar, había que escuchar con paciencia las interpretaciones antojadizas y los lugares comunes del profesor que parecía no haber cruzado el límite de la General Paz. Representaba yo, pues, la última frase de la novela, ya que sentado en el pupitre era como un animal herido, exangüe, añorando volver a la querencia. Sólo el bulto del paquete de cigarrillos, objeto acompañante disimulado en un bolsillo del saco, me recordaba ''de a puchitos'' que la vida podía volver a empezar, que podía volver a ser vivida como se merecía.
Por eso fue que al encontrar la edición de julio de l926, firmada por mi abuelo, sentí que naturalmente me pertenecía. La forré con papel madera y la guardé como un tesoro personal.
A los veintiún años, soldado de la Nación y viviendo un forzoso intervalo en mis estudios de medicina, recibí de regalo de mi ''padrino'' (el mismo que me había obsequiado unos hermosos aperos trenzados, una faja criolla que aún conservo junto con un cuchillito de plata con mis iniciales, y los caballos que cabalgaba en los veranos, compañeros de mis episodios de resero), las Obras Completas de Ricardo Güiraldes. Entonces me introduje en el resto de sus trabajos: Raucho, El Cencerro de Cristal, Cuentos de Muerte y Sangre, etcétera, y por supuesto, volví una vez más al Don Segundo Sombra. En la sección Bibliografía encontré, en la página 832, la descripción de la primera edición: "Editorial PROA. Establecimientos Gráficos Colón de Francisco A. Colombo, San Antonio de Areco, l de julio de l926... y sobre 8º chico, 2000 ejemplares, sobre papel hilo Berger (393 pág. Med. 14 x 19 cm)." ¡Ése era mi ejemplar! Allí estaba mi reliquia, a la que de vez en cuando hojeaba con afecto rayano en la idolatría, con esa nostalgia por los años que ya no vuelven, percibiendo más intensamente con el tacto y con el olfato que con la vista lo que parecía un insólito privilegio: Poseer el Don Segundo Sombra en su primera edición, que había guardado, como dice Don Ricardo en la última frase de la dedicatoria: "... sacramente, como la custodia lleva la hostia".
Hace poco tiempo, volví a la dedicatoria, y al leer: "A los que no conozco y están en el alma de este libro", me sentí definitivamente parte de él.
Entonces sí, con delicado manipuleo, como quien desarma un castillo de naipes o quien desviste un neonato, comencé con la demorada lectura. Comprobé que aparecía un lenguaje diferente al de las versiones habituales: "bagresitos", "dirijí", "reboleó", "liza", "sabería", "zocarrones", "ginete", "cabresto", "gineteada", "pesuñas", "punzasos", "zaña", "desgarretado", "olorsito", "refusilos", "trájico", "ageno", "visicitudes", "tuce", "sezgo", "sagás", utilizado originalmente por el narrador. Y fe de erratas como "verticales" por "perpendiculares", "mando" por "manco", "cabrunito" por "cebrunito", "esa maula" por "ese maula", "imágines" por "imágenes", "accebible" por "accesible", "disjusta" por "dijusta", "extrañao" por "estrañao", "vegísimo" por "vigésimo", "Patrón y Señor" por "patrón y señor", "gaucho" por "guacho", "chasque" por "chasqui", "no me han de llevar" por " no me lo han de llevar", y otras erratas menores. Hay también un parlamento omitido: "-Veinte a quince al bataraz!- gritaba uno."
Todas ellas fueron corregidas, quizá en demasía, en ediciones posteriores.
Descontinuando la lectura, llegué a la frase final: "Me fuí, como quien se desangra. La Porteña, marzo de l926", cuya página, de acuerdo a la Bibliografía, debía ser la 393. Por ser la última del capítulo, no estaba numerada, pero la anterior no era la 392, sino la 400. El último capítulo, la tercera parte de la novela, debía ser el número XXVII. Volví las últimas páginas, y el último capítulo era el número XXVIII.
Con la mente casi en blanco, con una profunda sensación de frustración, comienzo a entender que mi ejemplar no es lo que aparenta ser, que constituye algo así como una versión apócrifa de la gran novela, y la noción de tener algo especial, original y valioso, se desmorona estrepitosamente en mi interior. ¡Vaya a saber uno mediante qué extraño artilugio, o debido a qué increíble casualidad, mi abuelo logró hacerse de él! Ciertamente, una completa fe de erratas debió retirarlo en su momento de la circulación.
La curiosidad se impone; termina desplazando a la decepción, y comienzo a sospechar que quizá este volumen cuenta con otro contenido que el de ediciones posteriores. Tal vez toda la edición es diferente. Pero entonces, ¿por qué en la Bibliografía se mencionan sólo 393 páginas? En los trabajos sobre la novela se habla del tercer bloque, cuyo desenlace empieza y termina en el capítulo XXVII. Un capítulo más no existe, a menos que el autor haya entregado más de un original a la editorial, y luego lo haya descartado u olvidado. A lo mejor en la Biblioteca Nacional se pueda consultar otra primera edición; cotejándolas podría aclarar esta diferencia.
Entre tanto, adelantaré con la lectura comparada entre la versión original y la de las Obras Completas.
Hasta el capítulo XVII, los textos son iguales, salvo algunas palabras y fe de erratas mencionadas más arriba. En el capítulo XVIII, que comienza: "... después se deja estar tranquilo", en las Obras Completas, el tercer párrafo refiere: "Estábamos en la estancia de Galván, bajo los paraísos del patio...", y continúa un texto cuyas frases vuelven a aparecer casi literalmente en el penúltimo capítulo, como si en su delirio luego del golpe que le quebrara la eslilla, Fabio Cáceres tuviera una premonición de su futuro. En mi primera edición, el capítulo XVIII comienza igual, pero no cuenta con esos dichos premonitorios, ni el penúltimo capítulo hace referencia a ellos. Se nota que el autor, o vaya a saberse quién, en este caso no los consideró necesarios, oportunos, convenientes, o aquí debe aplicarse otra enorme fe de erratas.
Llego al capítulo XXV y encuentro, por fin, la madre del borrego. En la versión de las Obras Completas comienza así: "Nos levantamos medio tarde, a la salida del sol"... En mi primera edición se inicia de otra manera: "Hartas de silencio, morían las brasas aterciopelándose de ceniza. El candil tiraba su llama loca ennegreciendo el muro. Y la última llama del fogón lengüeteaba en torno a la pava sumida en morrongueo soñoliento"...
El lector avezado ya adivinó que se trata del comienzo del cuento "Al Rescoldo", del libro "Cuentos de Muerte y Sangre". A este mismo relato hace referencia el autor en el capítulo XII, cuando le solicitan su narración a Don Segundo, quien finalmente se decide por el del paisanito Dolores y el hijo del Diablo. Este capítulo XXV avanza con la relación del zorro con el inglés y la viuda estanciera, más breve, interponiendo algunas variantes menores, no de contenido pero sí adaptando aquella al lenguaje de la novela, algo diferente al del cuento original. Pero pasemos a la historia inserta aquí, vaya uno a saber cómo, y dejemos hablar a los narradores:
"...Y la última llama del fogón lengüeteaba en torno a la pava sumida en morrongueo soñoliento."
" Vagamente oí su silbido ronco, la sedosidad de un bordoneo y el murmullo de voces que me arrullaban. Todos se preparaban para tomar los últimos cimarrones del día y atardarse en una conversación lenta."
"Silverio acercó un banco al mío. Familiarmente dejó caer su puño sobre mi muslo."
"-¡Chupe y no se duerma!"
"Don Segundo se empacaba en un bordoneo demasiado difícil para sus manos callosas. Su pequeño sombrero, requintado, lo hacía parecer más grande."
"-Don Segundo, se le van a pegar los dedos; venga a contar un cuento...: atraque un banco."
"-Anímese- dijo otro, dándole lugar-, que aquí no hay duendes."
"Dejó en un rincón el instrumento, plagado de golpes y uñazos, con sus cuerdas anudadas como miembros viejos.”
"De duendes- dijo Don Segundo- leh' voy a contar un cuento- y recogió el chiripá sobre sus rodillas para que no rozara el suelo."
"- Est’ era un inglés- comenzó- mozo grande y juerte, metido ya en más de una peyejería y que había criao fama de hombre aveso pa salir de un apuro. Iba, en esta ocasión, a comprar una noviyada gorda y mestizona de una viuda muy rica, y no paraba en descontar los patacones que podía agenciarse en el negocio. Era noche cerrada y el hombre cavilaba sobre los ardiles que emplearía con la viuda pa engordar un capitalito que había amontonao comprando hacienda pa los corrales."
"Dos leguas le faltaban pa llegar, cuando un mancarrón de la volanta dentró a bailar desparejo, y el cochero decidió parar. Pero el inglés, apurao por sus patacones, decidió seguir esa mesma noche y se hizo señalar el camino. Habían dos; el más corto era peligroso y muchas cosas se contaban de los que se habían quedao por querer cruzarlo. Era el quintón de Alvarez, nombrao en todo el partido. Se decía que había un ánima, pero el cochero le contó la verdá: Era q’ el hijo’ e la viuda disapareció un día, sin dejar más rastro que un papelito pidiendo que no se olvidaran de su alma, y pusieran todos loh' días una tira de asao y dos pesos en un escampao que había en el quintón."
"Desde ese día se cumplió la voluntá del finao, y al otro día aparecía el plato vacío. Los dos pesos se los habían llevao y en la tierra, escrito con los dedos, decía : "grasias". Desde entonces, no hay cristiano que se atreva a cruzar de noche, y hasta los más corajudos se han güelto a mitá 'e camino."
"Con esto concluyó el relato el cochero, y el inglés enderezó p’ al monte, pueh' era hombre de agayas y no creiba en apariciones."
"Cuando yegó al punto señalao y vido el plato con la comida y los dos pesos, que no era hora entoavía de salir las ánimas, se agasapó en el yuyal, peló el trabuco y aguaitó lo que viniera."
"Ya lo estaba sopapiando el sueño, cuando un baruyo de hojarasca le hizo parar la oreja. No tardó en vislumbrar un gaucho haraposo. El hombre terciaba en el brazo un poncho blanco que arrastraba po' l suelo; lah' bota' e potro no le alcanzaban más q' hasta medio pie y traiba un chiripacito corto con máh' aujeros que dijustos tiene un pobre. Ay no más se sentó juntito al plato, peló la daga y dentró a tragar a lo hambriento. En eso se alzó un remolino que arrió con los dos pesos. El malevo largó el cuchillo y dentró a perseguirlos como un abriboca, cuando sintió q’ el inglés lo había acogotao y quería darle fín de un trabucaso. Entonceh' rogó por su vida, alegando que él, aunque se había desgraciao, no era un bandido."
"Hacía más de veinte años, este paisano había jurao cortarle la cresta al gayo que le arrastraba el ala a su china; pero ese hombre era"el finao Jacinto, mozo pudiente del partido, que le hizo encajar una marimba' e palos por pendenciero."
"Una noche, lo encontró solo y lo mató, peliando en güena ley. Después d’ enterrar al muerto, se yegó hasta la casa' e la viuda y le escribió un papelito ande le pedía la comida y los dos pesos para, con el tiempo, salir de apuros. Esta era la historia, y usaba el poncho blanco p’ asustar y auyentar a la gente que viniera a curiosiar."
"El inglés, poco amigo de alcagüeterías, prometió cayarse y lo dejó al infeliz con su amargura."
"Esto pasó hace muchos años, y dicen que al inglés como premio a su güena alma, nunca le salió más redondo un negocio."
"Don Segundo hizo una pausa; el auditorio esperaba en calma la conclusión de la historia, mientras él golpeaba con una ramita robada al fuego la maternal fecundidad de la olla."
"Güeno, eh' el caso que muchos años después tuvo el inglés ocasión de golver po' l pago. Paró en casa' e la viuda y preguntó a la patrona por el ánima de su hijo. La viejita se largó a yorar, diciendo que ya nunca oía la voz del hijo querido y que ya no escribía "grasias" como antes en el suelo, y pa colmo, ni los dos pesos se alzaba."
"Al inglés lo picó la curiosidá y, aunque estaba medio bichoco por loh' años pa meterse en malos pasos, se le remozaba el alma con el recuerdo, y se aprestó pa dir esa noche mesma. Cuando tuitos se hubieron dormido, enderezó p'al quintón, caviloso sobre el cambio que había dao el malevo en sus costumbres. Yegó al abra después de muchas güeltas; venía sudando y el aliento se le añudaba en el garguero. Se sentó a descansar esperando que se le pasara el sofocón, y preguntándose si no sería miedo. Malo es pa un varón hacerse esa pregunta, y empezó a sobresaltarse con los ruidos de aqueya soledá. A veces el viento es como un yanto’ e mujer, una rama rota gime como un cristiano, y hasta el ruido del cascarón de uncalito que golpea el tronco parece el alma de algún condenao' hachar leña sin descanso."
"Seguro q' el inglés, con más de un pecao encima, y ya viejón, se figuraba q' esa sería la hora de su castigo."
"Finalmente hayó el plato, y se agasapó pa esperar. Haría un par de horas q’ estaba ayí, quiso levantarse pero sintió como una mano que le pasaba por la carretiya, y se agachó más bajito pues ya le estaba entrando frío. Tendió la oreja y sintió que, en frente, algo caminaba entre las hojas secas. El viento había parao y oía clarito los pasos de un cristiano que gatiaba. Como a una cuarta del suelo, vió relumbrar dos ojos. Sintió q’ el corazón le daba un brinco y apretó el cuchillo. Golvió a mirar, y más cerca otros doh’ ojitos briyaron. Sintió un tropel a su espalda, le paresió que alguien se raiba y ya saltó al esplayao."
"- Venga- gritó- el que sea, que yo lo he de en...- pero ay no más un bulto le pegó en las piernas, el hombre se jué de largo cayendo con el hocico entre el plato de latón vacío. Máh' sombras le pasaron por encima; alguno le gritó una cosa al oído, yevándosele media oreja y sintió como patas peludas de diablo que le pisoteaban la cara y se la rajuñaban."
"Hizo juerza y disparó p' al monte. Y corría este cristiano por entre "los árboles, dándose contra los troncos, enredándose en las bisnagas, chusiándose con los cardos, gritando como ternero perdido y rogando al Señor que lo sacara d' ese infierno.
"Don Segundo se rió."
"-Ave María, susto grande se yevó ese hombre- comentó uno."
"-Vea, el duro- gritó otro- se hizo manteca."
"-¿Y cómo jué que había tanto bulto, si parece maldición?- rió Silverio."
"-Jué- siguió Don Segundo- que la tal ánima había juntao unos pesos y se mandó mudar del pago. Como la viuda seguía poniendo a comida, la olfatió un zorro, y dende entonces vienen en manada. El que quiera sacárselas tiene q' ir alvertido y no pisar en hoyos."
"Todos lo festejamos, pues el cuento valía uno serio."
"Habíamos hecho un necesario paréntesis al duro ajetreo del día, escuchando la narración de Don Segundo. El diálogo volvió a arrastrarse lentamente; se oyó el tintinear de un cencerro. Volqué la cebadura en el fuego que se iba consumiendo; me demoraba armando un último cigarrillo que prendí en las brasas del fogón agonizante. Tenía el cuerpo como cortado por el cansancio, pero me sentía liviano, como esas nubecitas de humo que escupía hacia la noche. El silencio se hizo potente en aquél campo que nos volcaba desde la oscuridad, su grandeza y su indiferencia."
Los últimos capítulos avanzan sin novedad hacia el final de despedida necesaria, esperable casi desde el comienzo del libro, con su última frase célebremente tierna, dolorosa, y que pone punto final a la ruda adolescencia de Fabio.
El autor, en las Notas y Apuntes, nos hace un comentario de la novela: 42.- "A propósito de Don Segundo Sombra" : "De toda obra concluida, queda siempre un saldo, más o menos importante, del cual nos desembarazamos en beneficio de la canasta incapaz, por cierto, de aprovechar retazos..."
"De Don Segundo sobran ponchadas de posibilidades. No son trastos de deshecho. Ha sido tan corto el libro, para limitar en letras su savia, que lo por decir trasciende lo dicho de manera tal, que es más bien el libro quien resulta un pucho, un pucho chato "como pucho’ e baile" pisado ya por el público después de haber sido agotado por el autor."
"Más de uno me ha indicado la posibilidad de la vuelta de Don Segundo. Podría ser, pero a mí me parece que el gran paisano andariego es de los que, cuando se van, no vuelven."
"Eso sí, Don Segundo ha dejado en la memoria de Fabio Cáceres un sinnúmero de impresiones duraderas. Fabio Cáceres, que como se ve en el último capítulo de su relato ha iniciado un encontrón con las letras, puede ir diciendo pedacitos de lo que aprendió."
Coincido con que el gran paisano andariego es de los que, cuando se van, no vuelven. Pero que el libro resulte un pucho chato, pisado ya por el público después de haber sido agotado por el autor... impresiona como una digresión producto de una excesiva modestia con algo de inseguridad, motivada quizá por alguna crítica impiadosa de la época.
Y volviendo a mi primera edición, más que "un pucho chato" pisado por el público, parece más bien un cigarrillo de esos que quedan en el fondo del atado, y que se descubren luego que ha sido arrojado al cesto de papeles. Como si fuera de noche y estuviéramos en lo profundo del campo, sin posibilidad de proveernos de tabaco; se lo estira con esmero, verificando su continuidad, y con suaves y repetidos golpes sobre una mesa se le otorga la tiesura necesaria, para luego encenderlo y disfrutarlo con fruición, con el placer inefable de lo perdido y recuperado. Sí, porque este ejemplar no termina tampoco en el capítulo XXVIII. A vuelta de página, cubierto y escondido por el papel madera que a manera de tapas enfundara años atrás las primeras y últimas páginas, pegadas éstas aún a la usanza antigua, aparece un epílogo.
Mientras el filo del cuchillo va liberando con suavidad quirúrgica las hojas adheridas originalmente, salen a la luz, luego de tres cuartos de siglo de oscuridad y silencio, las palabras que ni me atrevo a leer. Es tal la ansiedad que me provoca esta novedad, la última quiero creer, que no me resuelvo a recorrerlo solo. Estimado lector: Permítame invitarlo, y yo lo transcribiré como si estuviéramos leyendo juntos, una primicia para ambos.
|