Cuántas sonrisas recuperadas, cuánta paz en mi movimiento. Mi reloj de arena….
Hubo un tiempo en el que las horas pasaban en blanco, sin hacer nada, sin decir nada, donde sólo se esperaba el siguiente paso de un macabro juego.
Mi hermana menor juró que se haría dura ante el dolor “para así crecer antes y poder revelarme”-decía- . Sus ansias de venganza eran enormes y el odio acumulado le aprisionaba el corazón.
Yo, una víctima más, me sentía impotente y en ocasiones hubiese querido pasar desapercibida.
El corazón dolía más allá de un desamor o una pérdida, era el dolor físico que provoca la tristeza.
Nos gustaba la música porque dejábamos de escuchar los gritos y amenazas, aunque cuando llegaban los golpes el silencio lo llenaba todo y el tiempo caminaba a cámara lenta.
Me sentí culpable por no hacerle frente, por no desafiarle, en definitiva porque era la hermana mayor y fui débil. Y a pesar de todo hubo días en los que me planteé “irme” pero no hallé el valor suficiente pues una sola persona me alejaba de esos pensamientos, no podía dejarla sola. Al menos nos teníamos la una a la otra, y yo sabía que le hacía falta en su camino.
Tiempo después de ese reloj que marcó las horas de un pasado, de un dolor infantil, volvemos a reencontrarnos. Mi hermana intenta rehacer su vida, es independiente pero no logra encontrar su sitio, su lugar, no logra quererse.
Yo he hecho lo propio, también lo intento pero cada día me cuesta más ayudarla sin contagiarme de su desánimo, pues la mente se dispersa y el pasado regresa como un fantasma.
Sólo Dios sabe por qué aprendemos a perdonar, tal vez el instinto nos lleve a ello pues no se puede vivir sin perdón.
Para él era su último adiós, la incomprensión caminaba con traje negro y la tristeza no se quitaba el velo.
Para nosotras era un día más, donde el reloj de arena se daba la vuelta y recuperábamos las alegrías perdidas y las miradas transparentes y dedicadas. Llevábamos paz en nuestro interior.
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