La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - Claraluz - 'En un rinconcito del Atlántico.'


En un rinconcito del Atlántico.

Este relato comienza y termina en un maravilloso rinconcito del Atlántico, bello paraje para turistas y curiosos, deleite para los corazones que se sepan adentrar.
Al sur de la isla, una carretera se abre camino entre vómitos de lava negra, irrumpe el paisaje zigzagueando sobre una pendiente, abrazando uno de los más bellos faros del mundo. “Fuencaliente” lo bautizaron, rojo y blanco son sus colores, de arcoiris su interior.
El farero, muy amablemente abre las puertas y te invita a descubrir un mundo peculiar.
Las primeras paredes te dan la bienvenida hablando de las especies autóctonas y de aquel mar que las rodea.
Una desviación a la derecha corta el hasta entonces rectilíneo pasillo para llegar a la sala principal, la entrada al “pequeño paraíso”.
Predomina el oscuro azul de las profundidades marinas, el suelo es todo de cristal para que veamos la realidad; una rueda de bicicleta tal vez abandonada por imprudencia, unas redes peligrosas acechando a los peces, un viejo zapato que aún busca su dueño, botellas de cristal rotas en pedazos….
De esa manera, al mirarnos los pies sentimos vergüenza por el daño que hacemos sin consciencia alguna. Sin embargo lejos de abofetearnos, nos acaricia el alma y consigue que nuestros ojos se abran más.
Pisas con cuidado sobre el cristal, piensas que te vas a hundir, tal vez a mojar, pronto pierdes el miedo y paseas confiada.
Las paredes, rocosas, dan cobijo a la más variopinta especie marina; salpican estrellas de mar, se cruzan las mantas con los calamares, bancos de peces vienen y van….
Te sientes una más y en ello ayuda el sonido de fondo; unos altavoces estratégicamente situados te transportan al chapoteo de los peces, a la vibración de sus juegos y al sonido de su comunicación.
Distingues el dulce hablar de los delfines, y a lo lejos un leve ruido de motor que se acerca; es una barca que pasa encima de ti, luego se aleja sin molestar.
Por inercia y con calma caminas hasta el centro de la sala, donde cuelga una red plateada y un hermoso delfín.
“Taan…….”
“Tiiin………….”
“Taaaan-Tiiiiiin……………”
Así suena cuando lo acaricias, retumba el eco debajo del mar.
Sin dejar de acariciar su metálica piel, comienzas a avanzar lentamente en un giro de trescientos sesenta grados. Te empapas de la vida, te abres a un mundo que hasta entonces sólo conocías por los libros y ahora lo vives en primera persona. Quieres ser pez para no abandonar la atmósfera que te embriaga cada vez más.
En una esquina, hay una roca deshabitada que sirve de improvisado asiento. Una vez acomodada cierras los ojos y empiezas a sentir cómo tu cuerpo se relaja y tu mente le acompaña. Entras a formar parte de la tranquilidad más absoluta, donde nada es relativo y todo importa.
Sólo las voces del grupo te hacen abrir los ojos y observas que abandonan el lugar, pero no te importa y sigues allí porque nadie te lo impide y porque en esos momentos no hay mejor sitio que aquel.
Pero otro grupo entra y crees conveniente cederles el paso para que puedan sentir lo mismo que tú.
Deshaces el camino y el farero te espera para responder a todas las preguntas que quieras hacerle, resuelve tus dudas y amplía los datos que solicites. Te ofrece su libro de visitas por si quieres dejar tus palabras, lo que has sentido.
Yo miro el libro, veo manos que no paran de escribir, escucho los comentarios y todos son halagos. Sin embargo no es mi intención escribir sobre él, no tengo palabras en ese momento.
Veo salir al segundo grupo y observo que nadie más espera.
Algo me impide abandonar el lugar, así que doy media vuelta y regreso a la sala principal donde sin prisas, sin pensar, tan sólo dejándome llevar, vuelvo de nuevo a comenzar…..



Texto de Claraluz agregado el 20-02-2007.
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