La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]
Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Redonda
Eventos
Enlaces
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / churruka / Tan sólo cuatro palabras

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:271750]

Tan sólo cuatro palabras





--¡ No María, así no!


Tan sólo cuatro palabras bastaron para que su vida hasta ese instante se derrumbase como un castillo de arena. Fueron dos negaciones, un adverbio y un sustantivo la clave secreta que activó el mecanismo enterrado en las profundidades de su conciencia, y que ansioso rasgó la superficie y la liberó de su mundo. Un mundo sin mañana y sin futuro prisionera tras muros de tristeza, en donde era una sirena cautiva en una esponja de lágrimas que absorbía los odios y el rencor de los demás.



María estaba a punto de servir el café a la mesa número ocho cuando se percató de que había olvidado tanto el azúcar como la crema. Alarmada, pálida y con una sonrisa mal disimulada volvió insegura sobre sus pasos y se dirigió de vuelta a la cocina. Pero antes de que pudiera enmendar el entuerto, su marido apostado tras la barra aprovechó la ocasión para descargar su resentimiento y le escupió las cuatro palabras como cuatro cañonazos cargados de odio y de metralla.


--¡ No María, así no!


María acostumbrada encogió la cabeza entre los hombros y cerró los ojos, veterana en capear berrinches y temporales. Y sin embargo sucedió lo inesperado, lo imprevisible. Cuando el silencio se negaba aún a engullir el eco de las palabras arrojadas por la boca de Manuel, su marido, María se irguió y sus ojos devoraron su entorno como si fueran dos lanzallamas. Con gélida tranquilidad avanzó hasta plantarse en medio del local y ante la mirada furiosa de su marido dejó caer la cucharilla, la taza y el platillo. Mientras los objetos se deslizaban hacia el suelo observó el ambiente: el rencor y la impotencia de su marido; la cobardía y la mueca enfermiza de su madre; la mirada fría de su padre cuyo rostro de toro sobresalía amenazador por el ventanuco de la cocina; los clientes, los de siempre, que a estas alturas semejaban más bien muebles con patas que otra cosa; el viejo mostrador de madera pulida ; las paredes del local, ya canosas con el amarillo de los años; los manteles que parecían tableros de ajedrez desgastados; las pesadas cortinas de color rojo que ocultaban la puerta de salida y por donde se filtraba con valentía un luminoso sol de invierno. Todo era gris; todo olía a esclavitud y dependencia. Sus ojos perforaron las sucias vitrinas para posarse sobre la avenida soleada repleta de plataneros. El viento mecía las ramas desnudas de los árboles que en un eterno saludo siempre se habían acordado de ella. El viento, el sol y las arboledas habían sido su único consuelo en la largas jornadas apelmazadas de hastío.



A medio camino en su descenso, antes de que la cucharilla o al menos la taza y el platillo culminasen su suicidio, la ley de la gravedad optó por dormirse. Los tres objetos quedaron flotando inmóviles en el espacio. Parecía como si aguardasen agradecidos por sus innumerables caricias a que su mecanismo libertario lograse alcanzar la superficie y se saliese con la suya. La incitaban a razonar, a comprender, a encontrar la luz que la esperaba. María aprovechó la tregua que el tiempo le concedía e hizo un breve repaso de su existencia. Tanteó en la vaga oscuridad de los recuerdos en busca de los orígenes de su dolor....



Sus primeras imágenes de la infancia, ávida y solícita por recibir la ternura de sus padres. ¡Cómo no! Todos los hijos aman a sus padres y María no era diferente. Se acordó de las manazas de su padre; de cómo la lanzaban por los aires y semejaban las tiernas blancas alas de una paloma, para convertirse con el paso de los años en garras negras de cuervo que la dañaban; que le negaban el deseo de convertirse algún día en mujer.
Buscó el apoyo de su madre pero ésta la rechazó. Su cariño la quemaba; la dañaba. La madre la abandonó y la ofreció con disimulo al marido que no soportaba tanto cúmulo de inocencia. María creció y poco a poco se convirtió en una adolescente. Aprendió a detestar la soledad; a rehuir la figura de su padre.
Con el despertar de su perturbada juventud aparecieron los primeros brotes de rebeldía. Se oponía a las decisiones salomónicas de su padre, a los juicios sumarísimos por cualquier necedad. Se sacrificaba y protegía a sus dos hermanos menores que buscaban tanto su ayuda como sus afectuosos achuchones. Era su escudo. Los dos, uno después del otro, lograron escapar hacia años del seno familiar.



Conoció a Manuel, su marido, en la escuela. Lo conocía desde siempre, compañeros infatigables de juego. No lo amaba pero lo quería. No vio en él una amenaza. Por este motivo, apenas cumplidos los veinte, cuando le hizo una propuesta de matrimonio aceptó gustosa. Poco después de la boda las caricias tímidas, los esbozos de ternura, la comprensión dejaron paso al resentimiento y a la ira. María estaba convencida de que tras su unión con Manuel las cosas cambiarían. Se equivocó. Su marido se convirtió en un guardián más. Quizás el peor, el más rencoroso. María se había evadido de una cárcel para entrar en otra mucho más segura. Fue sólo un inesperado cambio de celda.



Los años volaban pero las horas se pegaban al reloj. Dicen que el sueño es el hermano de la muerte y ella lo único que deseaba era acostarse; cerrar los ojos y no volver a despertar nunca más. Entonces, cuando la esperanza era ya una luz diminuta perdida en el fondo de su amargura apareció él. Al principio otra sombra más del montón. Y sin embargo mientras más conversaba con él, más la alumbraban sus palabras. ¡ Quién lo diría ! Esta historia de amor comenzó como es debido, como las matemáticas, por la pura y simple comunicación. Ella descubrió que el amor no eran tan sólo cuatro palabras o cinco minutos manoseada en la oscuridad entre gemidos animales. Había mucho más, ternura, pasión, entrega. Descubrió también el sexo, la lujuria sana y que las manos de un hombre no estaban únicamente para dañarla. Por primera vez en su vida, en los pocos ratos que lograba escapar de su cárcel fue feliz.



Maria hipnotizada contemplaba los objetos que continuaban flotando estáticos en el aire, hasta que en un momento preciso algo en su interior se liberó y emergió a la superficie. Comprendió al fin que aunque ella no era la culpable de los odios y el resentimiento de su entorno, no volvería a aceptar jamás la carga que los otros le imponían. Ella era más fuerte que ellos y por eso la detestaban. Supo que era un espejo donde sus virtudes reflejaban los defectos de los otros. Consciente de ello descubrió que no había ni cárcel ni carceleros si ella no lo consentía. Su voluntad era la llave que le permitía encontrar la puerta de salida.



De repente la ley de la gravedad despertó ofendida y los objetos se lanzaron en picado. María perdía terreno. Por un instante la amargura y el miedo que durante toda su vida la habían acompañado se hicieron dueños de la situación. Estaba convencida de que cuando la taza y el platillo se estrellasen contra el suelo haciéndose añicos, su esperanza saltaría en mil pedazos como una burbuja de cristal. Pero nada de esto sucedió. Tanto la cucharilla como la taza y el platillo golpearon el suelo con un leve tintineo. Éste tenue tintineo se convirtió en un suave sonido que sabia a gloria y que de un salto se alzó por los aires para posarse en su boca y contagiar a María. El síntoma más revelante de esta maravillosa enfermedad era el esbozo de una sonrisa que luchaba con éxito por abrirse camino entre la comisura de sus labios.
María ignoró a los clientes que la miraban con ojos turbios y grises. Lanzó su delantal al vació y se dirigió hacia la puerta. Ignoró los gritos angustiados de su marido:


-- ¡ María, María¡... ¿A dónde vas?... ¡Vuelve María!


Eran ecos de derrota y los tacones de María golpearon el suelo produciendo chispas. Eran las llamas que alumbraban su victoria, la alegría de su recién obtenida libertad. Salió a la calle y el sol se arrojó a sus brazos como un viejo amigo. El aire mecía sus cabellos; le acariciaba la espalda con cariñosas palmaditas; le susurraba; le anima a seguir adelante.
Iba a su encuentro, en busca de él. Era hermoso saber que él la quería; que ella era parte de su universo. Pero no era el amor el motivo principal de su dicha, sino que era consciente de que le había perdido el miedo a la vida; de que por fin le había dado la espalda a su ausencia y el olvido.


María desconocía; ignoraba que la causa que había producido tal radical cambio, no había sido ni Díos ni el diablo ni el destino, tampoco por arte de magia, tan sólo cuatro palabras.



Churruka, 01.02.2006

Texto agregado el 21-02-2007, y leído por 162 visitantes. (18 votos)


Lectores Opinan
2007-10-28 23:16:04 Excelente cuento. Un canto a la libertad. ¡Qué bueno que lo pudo resolver sola! Genial.Va mi voto***** flop
2007-02-27 13:39:17 Con tan sólo 4 palabras, bueno, con algunas más, has hilvanado los mimbres de un buen cuento excelentemente narrado, felicidades. Un saludo de SOL-O-LUNA
2007-02-24 07:13:43 Describes muy bien la rutina de una mujer cansada y sometida por sus propios temores, pero lo que mas me gusta de ti, es esa m anera tan especial y pulcra de narrarlo. Te saludo. Muy bueno dalecaspa
2007-02-23 06:02:21 Esas cuatro palabras lo pueden todo. Casi viví la sensación de libertad que experimentó María y eso hizo que el tiempo que transcurrió en sus desventuras, pasara muy rápido. Excelente. FENIXABSOLUT O
2007-02-23 00:59:27 Dicen que existe una Maria escondida en cada mujer.. no se si será cierto , pero lo que si sé es que tu relato me ha gustado muchisimo porque siempre me hace reflexionar :) mis estrellitas ****************************************** Vilyalisse
Ver todos los comentarios...
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte!]