Luego de dudas tormentosas que no me impulsaban a transitar el sendero, decidí dejar de escurrir arena entre mis dedos y con ímpetu extraño en mí me levanté para acercarme con paso firme hacia el mar. Esta liberación era evidenciaba la necesidad de sentirme vivo y explorar caminos armoniosos. Fue así que sin darme cuenta el agua ya tapaba mis hombros y no recordé, distraído por esa sensación, cómo había llegado hasta una considerable profundidad en medio del mar, tampoco me alarmaba ante la ausencia de gente para socorrerme. Fue así, que sin saber nadar y ante una mínima desesperación que me suscitaba encontré una barca, jamás había visto una igual, sus troncos alisados como si el mejor carpintero hubiese dedicado su vida a diseñarla.
Sin duda atine a subirme y remar en dirección contraria a la playa… hacia las profundidades sin saber que me depararía ésta excursión.
Pasaron días, noches, tormentas, fríos desgarradores y yo en absoluta calma sin tener ninguna necesidad ni hambre, era como un revelador viaje donde purgaba mis peores miserias y se tornaba misterioso hasta para el más descreído que no necesitara nada más que la barca.
|