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Inicio / Cuenteros Locales / Claraluz / Un camino de ida.

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Todo seguía como entonces, o casi todo. La pendiente ahora no me parecía tan pronunciada, pero la casa no había cambiado. De color blanca con dos ventanas a ambos lados de la pequeña puerta color verde.
Dieciséis cuadrículas de cristal en cada ventana y dos macetas a los extremos, un encaje color blanco oculta su interior.
- Buenos días - escucho una voz que proviene de la derecha-
Es la casa vecina, recuerdo una anciana viviendo en ella pero no reconozco a esta joven que me saluda.
- Buenos días.
Y tras una breve pausa le pregunta cuánto hace que vive en el pueblo.
- Doce años hará en Abril.
“Madre mía, qué rápido pasa el tiempo, tres veces doce son los años que hace que no vuelvo por aquí” pienso mentalmente.
- ¿Ha comprado usted la casa? – me preguntó-
- Bueno, seremos vecinos.
- La buena de Aurora se fue muy rápido - me dijo- No le conocía familiar alguno. Desde que enviudó yo era la única persona con la que hablaba y se relacionaba.
- ¿La conocía bien?
- Si señor. Era una mujer extraordinaria. No llegué a conocer a su marido, D. Raimundo.
Al escuchar ese nombre se me puso un nudo en el estómago. Absurdas palabras que hieren a muerte, por las que un día me ordenó abandonar la casa. “Yo sabía que era para siempre”. Sus decisiones se acataban sin más, era tajante y terco como una mula.
- ¿Y su hijo por qué no vino a verla? “Pregunté a pesar de conocer la respuesta. Una simple llamada y hubiera llegado con la rapidez de un rayo, una simple carta y lo hubiera dejado todo por verla de nuevo.”
- Todos los días me hablaba de su hijo ¿no sabía que falleció siendo muy joven?
- ¿Falleció? Esas palabras me impactaron, pero conociendo a mi padre entiendo que ella tuviera que decirlo de esa manera.
- Si, y fue su único hijo. No tuvo más descendencia.
Quería salir de aquellos pensamientos que me oprimían el corazón.
- Disculpe, no nos hemos presentado. Mi nombre es Juan Carlos.
- Encantada. Yo soy Olga.
- Olga, dígame ¿Aurora enterró a su hijo aquí?
- Si, está en el cementerio del pueblo. Su lápida siempre tenía un ramo de flores blancas. Me hizo prometerle que el día que ella faltara, se las llevaría yo. Y lo he cumplido, era tan generosa que antes de marcharse para siempre me dejó sus ahorros. “Esto es para las flores, Olga”- me dijo- La voz de Olga se quebró, realmente la quiso y echaba de menos.
- No sé si será mucha molestia para usted, pero ¿podría llevarme hasta su tumba? Me gustaría verla, hacía tanto tiempo que no teníamos contacto. Usted ya sabe….
- No hay problema, déjeme que coja un abrigo y ahora le acompaño.
- Gracias.
Camino del cementerio me contó acerca de la vida en el pueblo. “Cada vez es más difícil vivir aquí”- decía- “día a día somos menos personas, nadie quiere quedarse”
- Es curioso lo que se parece usted al pequeño Juan- me dijo-
- ¿A quién?
- Al hijo de Aurora, se llamaba igual que usted. Tiene muchas fotos suyas repartidas por toda la casa, se nota que es usted familia.
Llegamos al cementerio, las paredes eran de piedra caliza y una gran puerta alargada nos daba paso a un pasillo principal de pequeñas piedras y alrededor las lápidas.
- Venga por aquí - dijo Olga – cogiéndome del brazo.
Me llevó hasta un panteón familiar cubierto de flores blancas.
- Ahí está enterrada Dª. Aurora. En el mismo lugar donde descansan los restos de su hijo. Ese fue su único deseo antes de morir.
- ¿Y su marido?
- Una vez me dijo dónde estaba, pero no lo recuerdo. De él no me hablaba y tampoco vi que le llevase flores.
- Gracias por traerme, Olga. Se lo agradezco mucho.
- De nada. Y ahora si me perdona tengo que irme, ya nos veremos.
- Si claro, ya nos veremos y gracias de nuevo.
Me quedé cerca del panteón, era la primera vez en mucho tiempo que tenía a mi madre cerca. Allí balbuceé las oraciones que ella misma me enseñó cuando era niño.
La recordaba todos los días, así como las palabras de mi padre. Lo maldije una y mil veces, también las costumbres machistas en cuanto a las decisiones tomadas por el patriarca. Todo me había llevado a separarme del ser más adorable de la tierra, a quien nunca olvidé ni dejé de amar.
De camino a casa me flaquearon las piernas, había sido un viaje muy largo y las emociones demasiado fuertes e intensas. Cuando entré en la casa olía igual que yo la recordaba, a jazmín.
Fui a mi habitación, me sorprendió verla tal y como la recordaba. No habían movido nada. “Tal vez fuera eso en lo único que mamá pudo imponerse a la decisión de mi padre. Dejar el cuarto tal y como cuando yo vivía allí".
La casa estaba llena de fotografías, en todas aparecía yo. Había enmarcado muchos momentos; mis cumpleaños, el día que ganamos el primer campeonato de fútbol y también el día que estando en el colegio recogí el diploma a la mejor obra de la clase.
Pasé delante del salón para llegar hasta la habitación de mi madre. Allí predominaba nuestro color favorito, el blanco. Había cambiado la cama, también el ropero era nuevo y las mesillas de noche.
Sobre una de ellas había un libro y una foto nuestra, enmarcada. En ella, mamá me hacía cosquillas mientras se contagiaba con mi risa.
“Sin duda eligió bien la foto. Viéndome feliz sufriría menos”.
“Estaba tan guapa……” Siempre fue una mujer hermosa y dulce, querida por todo el que la conocía. Era educada, correcta, muy cariñosa, elegante y gran mujer de su casa.
Sufría pensando si realmente ella sabía cuánto la quería y echaba de menos. Me consolaba pensar que si lo sabía y que el sentimiento era mutuo.
Al lado de esa foto había un libro forrado con papel dorado y ribeteado a punto de cruz.
“Mamá siempre fue buena en manualidades, incluyendo la costura”.
Al abrirlo descubrí que estaba escrito a mano, se trataba de un diario personal, el diario de mi madre.
En la primera página rezaba una dedicatoria; “A mi querido hijo, que siempre estará en mi corazón”.
Las lágrimas contenidas durante tanto tiempo salieron y lloré hasta que ya no tuve más lágrimas dentro.
Aquella noche y en aquellas líneas encontré la paz que durante tantos años por más que busqué, no hallé. Después de mucho tiempo me sentía querido y amado. Ella había descrito un camino de ida por la vida en el que me imaginaba a su lado, con mis días buenos y no tan buenos. Me escuchaba, me daba sus consejos y me hacía un hombre de bien.
Yo acariciaba aquellas letras escritas de su puño y letra, donde me demostraba su amor y me hacía ver sus sentimientos aún estando tan lejos de mí.


Texto agregado el 25-02-2007, y leído por 53 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
2007-02-28 17:50:03 Un hermoso camino de ida, ese que no es tarde para recorrer de la mano del ser que tanto nos da... AzulMarina
2007-02-27 18:35:50 Es un texto lleno de sensibilidad. He llorado con Juan!!***** anyglo
2007-02-27 06:48:53 El amor no conoce las fronteras o la lejanía...Disfruté esta entrañable lectura.... churruka
2007-02-26 23:14:57 mmm que interesante y bien llevado cuento, que trasmite sin duda ese amor incondicional de mamá...si ese que definitivamente cuando lo percibimos nos devuelve la paz... lluviadeverano
2007-02-26 18:06:31 En el amor no hay distancia ni nada que se interponga, y si es amor entre padres e hijos es indestructible . Buen relato lleno de sentimientos +++++saludos antoniana
2007-02-26 12:25:39 Has plasmado muy bien las relaciones entre padres e hijos. Mis saludos y estrellas -Vera-
2007-02-26 10:19:07 Bello y tierno cuento repleto de sentimientos a flor de piel. Situación más que creíble. La narrativa te lleva de la mano sin tropiezos, felicidades. Un saludo de SOL-O-LUNA
2007-02-26 01:21:19 Has imaginado una historia preciosa donde el amor entre madre e hijo no decayó a pesar de no estar juntos. Qué daño pueden hacer las posturas tajantes y prepotentes. Me ha gustado mucho la narrativa y el encuentro final con el diario de una madre que tuvo que imaginar que tenía a su hijo en casa. Muy bueno.***** graju
 
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