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Inicio / Cuenteros Locales / kikoyu / La Sombra del Gato (Capítulo II)

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:272828]

I

Magdalena abrió los ojos lentamente. Suspiró y se movió un poco, comprobando que aún estaba tendida en el piso completamente desnuda y cubierta sólo por una frazada que los había mantenido calientes durante toda la noche -y que ella colocara apenas él se quedara dormido, exhausto-.
Se levantó con cuidado de no despertar a su prometido y con pasos lentos e insonoros salió de la habitación.
Lo primero que vio al salir fue al gato, que dormía junto a la puerta cerrada. Lo tomó y lo saludó con una caricia, recordando con esto a su antiguo gato negro del mismo nombre. Llegó hasta la cocina, y allí se preparó un vaso de leche y unas tostadas. Luego, le dio de comer al gato.
-Lo siento -le dijo-, pero mi alimento va siempre antes que el tuyo, Kuro.
Él le dio la espalda y se tomó su leche; ella sonrió.
De pronto el teléfono sonó, y Magdalena, preocupada de que Hércules no se fuera a despertar, lo cogió de inmediato.
-¿Diga?
-¿Magdalena?
-Sí...
-¡Qué gusto poder hablar contigo!
Silencio.
-¡Soy yo! ¡Soy la Ale!
Magdalena de pronto se atragantó con leche. Durante unos segundos cerró los ojos y se concentró en no morir ahogada, y luego con una sonrisa saludó a su antigua amiga.
-¡Cómo has estado, mi querida Magdalena?
-Bien, muy bien. ¿Y tú? ¿Cómo te ha ido con tus estudios?
Escuchó unas risas y luego la voz de su amiga.
-Excelente. Hace una semana me gradué en España y hoy por fin he vuelto.
-¡Qué excelente noticia! -exclamó Magdalena.
-Sí, ¿verdad?
Magdalena vio a Kurogane salir por la ventana y luego lo vio comenzar a trepar por la ventana. Tuvo la sensación de que Hércules se despertaría pronto, y con una sonrisa volvió a su conversación.
-¡Amiga, tengo tantas cosas que contarte!
-Pues ven a verme, Ale. Yo y Hércules te estaremos esperando.
Magdalena se alejó el auricular de la oreja.
-¡¿Están viviendo juntos?! -escuchó del otro lado.
-Sí...
-¡No puedo esperar a verlos!
Magdalena le dio la dirección a su amiga.
-Pues ven a vernos en la tarde, ¿de acuerdo?
-Claro, allí estaré. Entonces nos vemos.
-Nos vemos. Adiós.
Y la conversación se cortó. Magdalena tomó un vaso de leche que había servido antes y las tostadas que no se había comido las colocó en una bandeja.
Lo más rápido que pudo se dirigió a la habitación.

II

Hércules despertó tendido en el piso de la habitación cubierto con una frazada que no recordaba, y el sol le daba en la cara.
-¿Dónde...
Recordó la noche anterior y se sonrió. Se puso de pie sin dejar de cubrirse con la frazada y comprobó que estaba solo en a habitación. Al parecer Magdalena se había adelantado, y seguramente estaría en la cocina.
Hércules se acercó a la ventana. El sol entraba pegando con poca fuerza, y no corría ni una pizca de viento. Abrió las cortinas de par en par y observó hacia fuera, viendo únicamente el patio trasero y la enorme enredadera que surcaba todos los rincones de la pared final que daba a la casa del vecino.
La puerta se abrió e pronto y Hércules, al darse vuelta, pudo ver a su hermosa novia entrar con una bandeja llena de tostadas y leche.
-Buenos días, amor -dijo ella.
-Buenos días -saludó él, acercándose y abrazándola.
Ella le dio un beso en la mejilla y él sonrió para luego sentarse en la cama y comenzar a comer.
-Eres muy linda -comentó él-. Me has traído el desayuno a la habitación.
Magdalena se sentó en la cama junto a él mientras se colocaba la bata.
Al terminar, Hércules saludó a Kurogane. Le acarició las barbas y luego le dejó partir.
-Tú eres más lindo al darme ese hermoso regalo -dijo ella, tomándole el mentón con los dedos y dándole un beso en los labios.
-Te refieres al beso, ¿no? -bromeó.
Ella asintió. Volvieron a besarse.
-¿Qué hora es? -preguntó Hércules momentos después, cuando Magdalena caminaba hacia el baño para darse una ducha.
-Van a ser las doce. Aún es temprano, si eso quieres saber. Pero hoy tendremos visitas, así que tengo que hacer aseo.
Hércules se acercó a la ventana y vio a su vecino encendiendo la parrilla para hacer un asado.
-¿Visitas? ¿Quién viene hoy?
Desde el baño, ella respondió:
-La Ale llamó. Dijo que hace poco llegó y que quiere vernos... y como no teníamos planes la invité a tomar once con nosotros.
«Ale... Ale... ¡Ah, ya la recuerdo!», pensó. Conque había vuelto esa oveja descarriada...
-¿Te dijo cómo terminó sus estudios? -preguntó Hércules.
-Me dijo que había aprobado y que se había graduado, pero no me dio detalles. Esta tarde le preguntamos, ¿sí?
-Claro.
Magdalena encendió la ducha y Hércules tomó la bandeja para lavarla en la cocina. Salió de la habitación pensando en aquella criatura que hacía tanto tiempo no viera. ¿Habría cambiado?

III

Luego del almuerzo, Hércules se dirigió al patio y se tendió en su hamaca. Para su suerte, la casa estaba ubicada de tal manera que apenas y llegaban los sonidos del exterior, y eso le daba tal tranquilidad al ambiente que cualquiera se hubiera relajado.
Miró al cielo y exhaló un suspiro. Se durmió casi al instante.

IV

Magdalena bostezó y cerró el libro. Estaba sentada en la mesa del comedor leyendo una novela titulada «Del amor al odio», de un autor nacional, hasta que comprendió que el sueño le vencía.
-Me lo merezco por ser tan...
Sonrió y calló. Eso le pasaba por haberse acostado tan tarde y haber quedado tan agotada. Pero no podía quejarse, no tenía con qué. Se puso de pie y estiró los brazos, recordando que dentro de unas horas habría de llegar Alejandra. Caminó hasta el patio y allí vio a su prometido, tendido sobre la hamaca.
-¿Hércules? ¿Amor?
Pero no le respondió, por lo que dedujo se habría dormido.
«¡Quién como él!», pensó celosa.
Caminó hacia la cocina para ver si faltaba algo y al comprobar que no había bebida ni alcohol decidió ir a la tienda de la otra calle, al negocio de su amiga Celestina.
Tomó sus llaves, un listón para su pelo, y salió.

V

El timbre sonó varias veces antes de despertar a Hércules. Se levantó con una cara de mal humor y pasó junto a Kurogane sin decir una palabra, aún un tanto dormido.
Abrió la puerta y sus ojos se abrieron como platos.
-¡Hércules!
El aludido se quedó en silencio, petrificado en su lugar. La mujer que tenía delante, una mujer de metro setenta y cinco, cabellos negros teñidos y vestido celeste, levantó la mano a modo de saludo y luego suspiró.
-Veo que no sabías que vendría...
Hércules sonrió.
-Sí, sí lo sabía. Es que yo...
Miró las maletas que llevaba la mujer y luego concluyó la oración, aún un tanto adormilado.
-Es que estaba dormido.
Alejandra asintió.
-Ah, entiendo.
-¿Quieres pasar?
-Claro, si no prefieres conversar aquí.
Ambos rieron y Hércules dejó pasar a la mujer. Para tener veintiséis años era bastante madura, y ya poseía un par de arrugas bastante notorias.
-¿Y mi Magdalena? -preguntó la mujer, sentándose en un sillón de la sala de estar.
Hércules se encogió de hombros mientras tomaba asiento.
-Realmente no lo sé. Me he quedado dormido en la hamaca y recién me he despertado. Pero no creo que esté en la casa; quizá haya salido a comprar.
Alejandra se dejó caer sobre el sillón como si de una cama se tratase y con un suspiro cerró los ojos. Hércules se puso de pie de un salto.
-Perdona mi mala educación... ¿Quieres tomar algo?
Alejandra negó.
-Si hubiera algo, además, mi Magdalena no hubiera salido a comprar.
Hércules sonrió. «Mi Magdalena, ¿eh?», pensó sonriente, poniéndose nuevamente cómodo en la butaca.
-¿Y qué ha sido de vuestras vidas, tío? -preguntó la mujer, con claro acento español.
-Pues nada mucho. Luego de la universidad ambos conseguimos trabajos y al cabo de unos meses, gracias a un golpe de suerte, logramos instalarnos en esta casa. Es grande y acogedora...
-Un golpe de suerte...
-Sí. Magdalena recibió un ascenso gracias a no sé qué rollos del trabajo y logró pagarla. Es de ella en su totalidad.
Alejandra abrió los ojos y miró a Hércules con una sonrisa malévola que indicaba que algo había pensado.
-Conque resultaste ser un mantenido -bromeó.
-Cállate. Tú la conoces, sabes que aunque lo hubiera intentado ella no me hubiera dejado comprarla a mí.
-Además, no tenías ni dinero ni nada. Eres un patán...
Hércules sonrió pedante.
-No. Es amor puro, amor del bueno. No como el que tú pareces tenerle. Te fuiste sin avisar a España, «¡joder!». Realmente le sorprendiste, ¿sabes?
Alejandra se puso seria.
-Lo sé. Pero no podía hacer nada, fue todo tan repentino...
-Podrías haber llamado.
-Pero...
-¿Quién es patán ahora? -preguntó Hércules, con aire de superioridad.
La manija de la puerta se movió y la puerta de la entrada se abrió. Magdalena, sonriente, dejó unas bolsas en el vestíbulo y corrió al encuentro de su amiga.
-¡Ale! ¡Ale, amiga!
Alejandra se puso de pie y ambas mujeres se abrazaron. Hércules suspiró y sonrió al ver a su novia, siempre tan hermosa. Recordó que hacía poco había soñado con ella...
La velada continuó su rumbo y poco a poco Alejandra se puso al tanto de todo. Sin embargo, la mayor sorpresa se la llevó cuando de pronto escuchó un comentario de Hércules muy afortunado.
-Detente, detente. Repite lo que dijiste, Hércules. ¿Es que he oído mal, tío?
Hércules y Magdalena se miraron sorprendidos. Aún era un secreto para la mayoría, pero ya no importaba. Después de todo, ya no podía ser ocultado.
Hércules sonrió y Magdalena asintió.
-¡Repítelo! -exclamó la mujer.
-Que... en otoño... Magdalena y yo... nos casaremos.
Alejandra dio un salto y se tiró encima de sus amigos. Los tres se abrazaron durante unos segundos mientras Alejandra rompía en llanto.
-¡No lo puedo creer! ¡Felicitaciones!

VI

Magdalena le sacó los zapatos a Alejandra y la metió debajo de la colcha de la cama de invitados. Luego llegó al umbral de la puerta, desde donde recibió un enorme abrazo de su prometido.
-Creo que hicimos mal en contarle -sonrió él-. Se ha emborrachado «celebrando» y ahora ha de quedarse durmiendo.
La mujer le miró con una sonrisa, pero pensando ya en golpearle.
-¿Por qué dices eso, amor? Sabes que es lo mejor. Ahora, tenemos una persona menos a la que contarle. En cambio, aún nos quedan tantos...
-Pero también debes pensar en que me ha arruinado una interminable noche.
Los dos novios se fundieron en un beso que duró un par de minutos hasta que ella se separó precipitadamente.
-Lo siento, lo siento, pero no tenía otra opción. Además, una noche más, una noche menos...
Hércules negó con la cabeza. Ambos observaron a Alejandra dormir plácidamente en la cama, diciendo unas extrañas palabras que nadie habría logrado entender, y luego de apagar las luces se dirigieron hasta la sala de estar. Allí, Magdalena sirvió un vaso de refresco a su novio y se sentó junto a él en una butaca alargada.
-¿Sabes? Estaba pensando y creo que lo mejor sería hacer una reunión con nuestros amigos para darles la gran noticia. Pueden venir Felipe, Rafaela, y el resto. Incluso, si lo deseas, Martín y Carolina.
Hércules sonrió.
-Quieres hacer algo muy grande, ¿no?
Magdalena se apoyó en el regazo de su novio y cerró los ojos, sonriente.
-Es una ocasión importante, ¿no crees?
-Tienes razón. Pero antes de eso, debemos preocuparnos de otras cosas que vienen primero.
Y se besaron.
Magdalena se quedó dormida al rato, mientras Hércules movía lentamente el vaso con el líquido color caramelo de un lado a otro, observándole. Sonrió al recordar que ya era hora del aniversario número once...

Texto agregado el 26-02-2007, y leído por 72 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
2007-03-18 06:13:05 Aqui me quedo, pero regreso despues a continuar la lectura, muy muy interesante leerte, pero el tiempo es poco, te dejo mis***** regreso gfdsa_elisa
2007-02-27 19:22:51 Los diálogos, fantásticos. Mis saludos y estrellas. -Vera-
2007-02-26 23:40:32 interesante... ya veremos que resulta... Un beso, un abrazo. Ursulita
2007-02-26 23:01:23 muy bueno 5* nocheluz
2007-02-26 21:56:46 Hola Kikoyu muy lindo tu cuento, ***** OMENIA
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