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Inicio / Cuenteros Locales / kikoyu / La Sombra del Gato (Capítulo III)

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:273084]

I

Hércules se despertó temprano aquella mañana, consciente de que era domingo y de lo que eso significaba. Con rapidez alcanzó el baño, al cual entró para darse una ducha.
Cuando salió, encontró a Magdalena viendo televisión.
-Te has levantado temprano -dijo ella-. Cosa rara en ti.
Hércules se sentó a su lado y le saludó con un beso. Se colocó la camisa roja y los jeans oscuros y luego se colocó los zapatos.
-Tengo un par de cosas que hacer. Llegaré para el almuerzo, ¿vale?
Magdalena no le tomó en cuenta y cambió la televisión.
Hércules se puso de pie y tomó su maletín; esto extrañó a su novia.
-¿Vas a trabajar en domingo? ¿No que eras judío?
-Sí, voy a trabajar. Tengo una cita con un muchacho de veinte años llamado Andy, que no pude atender durante la semana y que dejé para hoy. Y lo de los judíos es el sábado, querida. El domingo es el día de descanso de los cristianos.
Magdalena asintió.
-Lo sé, sólo te estaba probando.
Se puso de pie y le dio un gran abrazo a su prometido.
-Cuídate, querido.
-Lo haré. Te amo...
-Y yo a ti.
Y con un beso se despidieron.

II

Magdalena tomó a Kurogane y le saludó peinándole el pelaje con la mano. Se dirigió con él a la cocina, y allí le dio leche y alimento.
-¿Qué harías de tu vida si sólo tuvieras a Hércules? Ni te cuida ni se preocupa por ti. Y, sin embargo, lo quieres, ¿no?
El gato no respondió. Continuó con su comida, y Magdalena con su monólogo.
-¿Sabe, señor Kuro? Hoy cumplimos once años y ni siquiera se ha dignado a decírmelo. Es un desgraciado, y me ha hecho enojar. No sé si haremos algo esta noche tampoco...
Se levantó y vació el vaso que se había servido. Lo dejó en el fregadero y se dirigió a su habitación, en donde se preparó para un día normal de vida.
«Y yo que me preocupo de amarlo siempre», pensó un tanto enojada mientras se peinaba. Con una mano tomó el control y encendió la televisión. Hablaba una mujer sobre las infidelidades de su esposo, y lloraba angustiosamente recordando que él nunca había recordado un aniversario.
Antes, cuando ella aún asistía a la escuela, Hércules siempre le daba regalos en los «cumple mes», una fiesta que se inventaron para recordar el día en que se prometieron amor. Aquella costumbre se había perdido cuando ambos entraron a trabajar, pero había sido reemplazada por otras actividades como el sexo y la convivencia.
Magdalena se levantó y dejó el cepillo sobre la cama ya hecha, suspirando un par de veces con las manos en las caderas mientras trazaba su plan de acción.
Decidió, al fin, que lo mejor era hacer como si nada hubiera pasado y prepararle a su prometido una buena comida.
Suspiró otra vez antes de salir por la puerta de la casa dispuesta a comprar todo lo necesario para la cocina.

III

Cuando él le pidió que fuera su novia, ella aceptó mientras tomaba las flores y lo abrazaba. Estaban en un parque público, habían ido a pasar el día, y todo había sido genial. Él le había regalado una carta, flores, y un libro. Pese a que no lo tenía siempre presente en su mente, a ella eso le había gustado.
Con velocidad respondió a la pregunta de Celestina, que con ojos interrogantes y expresión feliz le observaba.
-Fue muy lindo...
-Todas dicen lo mismo. Pero viniendo de ti seguramente lo fue, porque eres exigente.
Magdalena sonrió.
-Si quieres puedes pedirle que se venga a dar una vuelta por acá y yo le recuerdo sutilmente la fecha importante, a mí no me importaría.
-No, gracias. Preferiría que se acordase solo.
Celestina suspiró. Su rostro alegre se tornó en otro totalmente distinto, completamente frío y distante, como viviendo en el pasado.
-Mi esposo siempre olvidaba los aniversarios. Y una vez yo me acerqué y le pregunté qué pasaba, y me dijo: «». Yo simplemente me quedé callada y lloré por un rato. Quizá tu novio sea así también...
Magdalena se pasó la mano por los ojos. Había conocido a Celestina hacía ya un par de años en aquella tienda que siempre atendía, y a ella recurría cuando tenía problemas o dudas sobre su relación. Era una mujer muy normal y a la vez muy sencilla, muy directa y también muy feliz. Había perdido a su esposo un año antes en un trágico accidente automovilístico, pero pasado el tiempo supo ponerse de pie y continuar.
-No, Hércules no es así. Jamás me diría algo así, estoy segura. Quizá el trabajo le tenga así... hoy, incluso, fue a trabajar. Por eso planeo tenerle una gran comida.
Celestina sonrió. Entregó las bolsas a la mujer y con el semblante feliz agregó:
-Bueno, usted decide. Pero si me lo mandas, yo puedo hacer que recuerde todo.
Magdalena le miró y sonrió.
-No, gracias. Ya veremos qué sucede. Ahora me voy, que tengo una rica comida que preparar. Adiós, Celestina, y gracias por todo.
La mujer negó con la cabeza y con un gesto de la mano se despidió.

IV

Hércules se desajustó la corbata y se desabrochó el cuello de la camisa, dejándose caer en el sillón de la sala de estar. Suspiró y reclinó la cabeza, quedando completamente inmóvil.
-¿Has vuelto ya, amor? -preguntó una voz desde la cocina.
-¡Sí, ya llegué!
Cerró los ojos hasta que un beso a traición le hizo abrirlos.
-Qué bueno que llegaste, amor. ¿Cómo te fue?
Hércules suspiró.
-Ese muchacho tiene un verdadero problema. No sé qué tiene aún, pero según él es esquizofrenia. Según yo, es estupidez, y todos la tenemos en cierto grado.
Magdalena se sentó a su lado y le abrazó, poniéndole el rostro enfrente.
-¿Incluso yo?
-No, tú eres perfecta. Eres perfecta y muy hermosa, amor.
La mujer sacó la lengua un poco para sentirse halagada y luego con la nariz tiró con fuerza el aire que contenían sus pulmones.
-He preparado arroz con carne al jugo, Hércules. Pensé que seguramente te gustaría. ¿Quieres probarlos?
Hércules sonrió y asintió.
-Me encantaría comérmelos, cariño.
Ambos se pusieron de pie y llegaron hasta la mesa del patio. El hombre se sentó en la mesa y la mujer le hizo un gesto para que esperara un momento. Acto seguido, dos platos fueron servidos y los dos novios se dispusieron a comer.
-Están deliciosos -comentó él.
-Sí. Realmente están muy buenos...
Comieron en silencio durante un rato, hasta que Hércules rompió el silencio.
-Amor, hoy a la noche saldré con Felipe y unos ex compañeros de la escuela a tomar. Ya sabes, hoy juegan los equipos de fútbol...
La mujer dejó caer el tenedor y miró con cara de espanto a Hércules. Éste se sorprendió.
-¿Qué pasó? ¿Te sientes bien?
Magdalena bajó la mirada, recogió el tenedor y continuó comiendo, sin decir una palabra.
Estaba furiosa, pero quería que él disfrutara un poco de libertad antes de saber cómo se sentía la soltería. Se dijo que tendría que terminar con él cuando llegara, y en esto pensó durante el resto del almuerzo.
No sonrió ni una sola vez.

V

-¿Qué pasa? ¿Problemas en el paraíso?
Virginia se acomodó en su asiento con dificultad, y recibió con gran agrado la taza de té que su hija le ofrecía.
-Sí, supongo...
-¿Qué te hizo ése ángel, querida?
Magdalena se colocó en el asiento que quedaba junto al sillón en donde estaba sentada su madre, y con la mirada perdida y los ojos rojos producto de un par de lágrimas, respondió:
-No es un ángel ni mucho menos, mamá. No me gusta tu sentido del humor en estos momentos.
Virginia sonrió.
-Tienes razón, lo siento. ¿Qué sucede?
-Ha olvidado completamente nuestro aniversario. ¡Es un desgraciado!
Se llevó las manos a la cara y se limpió las lágrimas que poco a poco inundaron sus mejillas.
-Tranquila, hija. Eso no es lo peor que te puede hacer...
No obtuvo respuesta hasta que luego de un rato la mujer se tranquilizó. Había ido a tomar el té con su madre como casi todos los domingos, pero ahora le parecía más estar en la iglesia frente al confesionario que en el departamento de su progenitora.
-Pero para mí, lo es. Es la peor cosa que me pudo haber hecho...
-Realmente eres muy alegona, hija. Siempre haces escándalos de cualquier cosa, por muy poco importante que parezca. ¿Sabes hace cuánto tiempo que tu padre no recuerda un aniversario de nosotros?
Magdalena le miró fría y calculadora.
-Siempre he pensado, y sigo pensando, que Hércules no es papá. No puedes compararlos...
-Pero también debes tener en cuenta que poco a poco van a terminar repitiéndose. La historia da vueltas una y otra vez y las situaciones se mantienen, más los personajes cambian.
La hija hizo una mueca con la cara y Virginia terminó su bebida.
-¿Y qué piensas hacer? -preguntó.
-Creo que lo mejor es volver a casa, darle su regalo, darle un sermón, pedirle un tiempo, y venirme unos días contigo. A ver su así aprende la lección...
Virginia sonrió.
-En esta casa no hay pan duro...
Magdalena se levantó y tomó su bolso.
-¡Odio tu maldito humor!

VI

Hércules veía la televisión cuando de pronto su novia apareció por la puerta sin decir palabra.
-¿Cómo te ha ido con tu madre, amor?
Magdalena pasó de largo hacia la cocina. El hombre se puso de pie un tanto extrañado, y le siguió hasta la despensa. Allí, vio a Kurogane durmiendo la siesta, y a su novia tomando una pequeña bolsa púrpura que escondió tras su espalda.
-¿Estás bien, Magdalena?
-Sí -respondió ésta, llevando la mirada a cualquier lado menos a los ojos de Hércules.
-No me has respondido cuando te pregunté cómo te había ido.
Se acercó, pero cada paso que dio se vio contrastado por otro hacia atrás de Magdalena.
-Muy bien me ha ido, como siempre. Mamá te manda saludos.
-Siempre tan atenta ella...
-Sí. No como otros.
Hércules se apuró y quedó frente a frente con la mujer. Le tomó por los hombros y le pidió que le mirara a los ojos, pero ella se rehusó y con fuerza se zafó.
-¿Qué pasa? -preguntó Hércules.
Magdalena salió al patio. Afuera, el atardecer terminaba, y las sombras poco a poco comenzaban a alargarse.
-¿Qué pasa? -insistió el hombre, poniéndose delante de su novia.
-Nada. Mira... tengo algo para ti.
Sacó sus manos de su espalda y extendió a Hércules una bolsita púrpura. Éste la tomó y la miró con expresión de sorpresa y de perplejidad, para abrirla luego lentamente. Sacó de ella una caja de chocolates y una carta envuelta en un sobre amarillo, que dejó encima de la hamaca.
-Gracias, me han gustado. ¿A qué se debe todo esto? -preguntó inocente.
Magdalena se sentó en la hamaca junto a los chocolates y con un suspiro negó.
-A nada, mi amor. A nada.
Hércules sonrió y se acercó a ella. Magdalena no le rechazó, pero sintió que con cada contacto perdía un poco más de él. Él le abrazó y luego le soltó, sonriendo como siempre.
Levantó la vista y viendo que la luna tomaba su lugar en la noche se apresuró a tomar la mano de su novia y hacerle entrar en la casa. Ya en la sala de estar, le dijo:
-Va siendo hora de que me vaya a juntar con Felipe. Los chicos deben estar esperándome...
Magdalena asintió. Estaba inmóvil frente a él, con la mirada dura y apenas conteniéndose.
-¿Podrías ayudarme y traerme de la cómoda de la pieza mi abrigo, por favor? Creo que está helando.
Magdalena separó los labios, pero asintió sin decir palabra. Quería juntar la mayor cantidad de motivos antes de dar el zarpazo final...
Entró a la pieza y contempló a Kurogane durmiendo sobre a cama. Parecía plácido, y Magdalena sintió envidia de su aparente felicidad.
Abrió la cómoda, y entonces se echó a llorar. Hércules entró corriendo en la habitación; sonreía.
-¡Eres un hijo de perra! -gritó Magdalena, dándose vuelta con los ojos llenos de lágrimas y un paquete en sus manos- ¡Un grandísimo hijo de la más grande puta!
Hércules sonrió y los dos adultos se abrazaron, besándose reiteradamente una y otra vez. Magdalena dejó caer el paquete que había encontrado en la cómoda y éste se abrió, dejando entrever un libro, una caja de chocolates, una carta y una flor.
Cuando se separaron ambos se quedaron en silencio, una pensando en la enorme sorpresa que se había llevado y el otro recordando cada detalle de su plan, y de cómo le había dado resultado. Finalmente, decidió dar el golpe de gracia cuando ella lanzó el primer gancho.
-Creí que lo habías olvidado...
-Nunca olvidaría una fecha tan importante. Lo sabes muy bien.
-Pero...
-Pero nada. Has caído en mi trampa, has caído en la trampa de un grosero «hijo de perra». Y ahora arréglate y límpiate las lágrimas, que vamos a ir a comer.
Magdalena le miró confusa.
-¿A comer? ¿No tenías que ir donde Felipe?
Hércules sonrió.
-¿De veras creerías que yo me juntaría con esos bastardos en vez de estar contigo en este día?

Texto agregado el 28-02-2007, y leído por 171 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2007-02-28 13:24:53 Muy lindo y romántico, ya quiero saber como siguen los otros capítulos, porque los hay, verdad? omenia
2007-02-28 05:40:50 No he seguido los anteriores capítulos, pero éste me agrado mucho. Cuando disponga de un tiempo, leeré los anteriores , para atar cabos. FENIXABSOLUTO
2007-02-28 03:58:57 Entre risas.. que puedo decir. El ingenioso, ella quizas exagerada y se adelanta a los hechos. El mejor capitulo hasta ahora. Saludos, un beso Ursulita
 
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