I
Magdalena temblaba mientras su madre le colocaba la diadema. Era completamente blanco y entrar en detalles sería una descortesía... pero basta con decir que se veía hermosa, solemne e increíble. Estaban en la habitación de Virginia terminando de afinar los últimos detalles, cuando de pronto la puerta se abrió de par en par.
-¡Estás hermosísima! -exclamó Carolina, novia de Martín y amiga de la pareja.
Magdalena sonrió nerviosa.
-Gracias...
-Magda, el auto te espera abajo.
Su madre se le acercó y le cuadró la diadema por última vez.
-¿Cómo me veo? -inquirió por última vez.
-Muy bien, hija, muy bien. Ahora apurémonos si no queremos llegar tarde.
Y las tres mujeres, sonrientes y nerviosas, comenzaron a andar lentamente.
II
Felipe sacudió su terno blanco y suspiró.
-¿Aún no estás listo, Hércules? ¡Por Dios, llevas más de media hora arreglándote el cabello!
-¡Debo verme hermoso! -sonrió el psicólogo, bromista.
-¡Cállate y apúrate! -exclamó irritado Martín.
Hércules terminó con el cabello, bajó las manos a la corbata roja y con precisión la arregló. Luego se colocó la chaqueta negra y sonrió a sus amigos.
-Estoy listo.
Ambos hombres miraron al cielo expirando un “por fin”. Con premura Hércules salió a la iglesia, seguido de su escolta personal. Allí sus padres y algunos familiares cercanos le miraban desde las bancas, con sonrisas amplias en los rostros y mucha ansiedad en las manos que se traducía en ligeros temblores.
La iglesia estaba hermosamente decorada con flores de todos colores y tipos, algunas imágenes religiosas pegadas a las paredes y unos vitrales de múltiples matices que le daban a todo un orden perfecto, ideal para una boda.
Cuando Hércules apareció junto al altar -la novia aún no aparecía-, una música de piano comenzó a sonar desde la parte alta de la iglesia, desde un pequeño palco ubicado junto a la entrada.
Hércules saludó al hombre que oficiaría la misa.
-Buenos días, padre...
-Buenos días, hijo. ¿Nervioso?
-¿Usted no?
-Estoy habituado -respondió jocoso el párroco-. El itinerario de los sacerdotes no es fácil...
Felipe apareció por detrás y se excusó ante el hombre de Dios.
-¿Puedo hablarte un momento? -inquirió al novio.
-Claro, claro...
Se alejaron un poco del altar y Felipe pasó su brazo sobre el hombro de Hércules. En voz baja le preguntó:
-Hércules, tienes que estar muy seguro del paso que vas a dar. Te pregunto... ¿Quieres pasar cada momento de tu vida con esta mujer?
El hombre sonrió nervioso.
-¿Cómo lo he venido haciendo desde que tengo diecisiete años? Creo que... mmm...
Arrugó el entrecejo y esperó un poco. Luego dijo:
-¡Obviamente quiero!
Felipe sonrió.
-Muy bien, muy bien... Creo que nunca más oirás palabras tan cursis de mi boca, Hércules.
De pronto, alguien desde afuera gritó que la novia se acercaba; el acompañante del novio suspiró nervioso.
-Muy bien, ahora ve a por ella y cásate con ella. ¡Cásate con ella, amigo!
Hércules caminó solemnemente hacia la puerta de la iglesia. Saludó a un par de personas con la mirada hasta que llegó al umbral, y desde allí logró ver a Magdalena acercarse en un furgón rojo junto a Carolina y a su madre.
Sus ojos se toparon con los de ella y por unos segundos, sólo por unos segundos, el tiempo se detuvo y el corazón dejó de latir. ¿Era ése el fabuloso sentimiento del nerviosismo ante el ser amado, el amor, el temor al rechazo del ser querido? ¡Se sentía tan extraño!
Pero luego ella sonrió y todas las dudas se esfumaron.
Sí, definitivamente la amaba. Como a ninguna otra, nunca. Nunca.
III
-¿Aceptas tú, Magdalena Sofía Ortiz Twi, en la salud y en la enfermedad, en las desgracias y en los momentos felices, a Hércules Ignacio Bijou Dew, hasta que la muerte los separe?
Él tragó saliva mientras ella, sin vacilar un segundo y tomándose todo el tiempo del mundo, respondió lentamente que sí, que sí quería.
-¿Y tú, Hércules Ignacio Bijou Dew, aceptas en la salud y en la enfermedad, en las desgracias y en los momentos felices, a Magdalena Sofía Ortiz Twi, hasta que la muerte los separe?
-Sí, acepto.
El sacerdote sonrió.
-Entonces, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia...
Hércules sonrió y Magdalena bajó la vista. Él la acercó con un suave abrazo y con suavidad le besó en los labios, a la par que ella le rodeaba con los brazos y correspondía con creces.
La gente se paró y sonrientes comenzaron a aglomerarse cerca de las bancas, dejando un pequeño puente para que pasaran los recién casados.
-¡Ídolo! -gritaron Martín y Felipe, felices.
-¡Te ves hermosa, Magda!
La pareja comenzó a caminar hacia la salida, donde un auto negro les esperaba para llevarlos a su casa. No habría fiestas hasta después de la luna de miel, y de eso se encargarían Alejandra y Felipe.
El arroz caía de todas partes, lanzado por pequeñas siluetas irreconocibles de pequeñas damas envueltas en finos trajes blancos. Nubes blancas cubrían todo el espectro del cielo otoñal, y hojas de todos colores yacían esparcidas en el suelo.
-Te amo -susurró la mujer a su esposo cuando subieron al auto, que iba conducido por un hombre desconocido.
-Y yo a ti -respondió sonriente él.
IV
El chofer se encargó de abrirles la puerta a la pareja, que entró tomada de la mano. Luego, simplemente con una reverencia, se retiró.
Hércules cerró la puerta con una pierna sin sacarle los ojos de encima a su novia, a quien llevaba en brazos.
-Ahora sí estamos completamente solos.
-Solos... -repitió ella con un tono picarón.
El hombre depositó a su esposa sobre un sillón y con una sonrisa le besó.
-¿Aquí? ¿En el sillón? -preguntó ella, incrédula.
-Por toda la casa, si quieres.
-¿Acaso...
-¿Qué? ¿No quieres? Es nuestra primera tarde-noche de casados, vamos a disfrutarla.
Magdalena rió y él se tiró sobre ella. Con lentitud comenzaron los besos, y de ahí pasaron a las caricias. Hércules le tomó de la cintura y con sensuales movimientos le recorrió toda la espalda hasta llegar a la nuca de Magdalena, que de cuando en cuando soltaba un pequeño gemido. Él le desabrochó el vestido y ella se sacó la diadema de la cabeza. Ella le separó un poco la boca.
-¿Me amas?
Él, entre jadeos, suspiró.
-¿Por qué preguntas? ¿Tienes alguna duda, acaso?
Ella le besó.
-Claro que no. Pero...
Hércules se levantó y suspiró.
-Sí las tienes.
Ella le besó el cuello y le abrazó, pero él estaba serio y helado.
-¿Acaso ya no quieres disfrutar de nuestra primera tarde-noche?
-Sí te amo -replicó él, un tanto molesto.
-Lo sé. Y yo también me amo...
Hércules sonrió y negó con la cabeza.
-Nunca cambiarás...
-No. Pero ahora tendrás que soportarme hasta que la muerte nos separe.
Ella le besó y él correspondió. Magdalena se levantó el vestido y se puso sobre su esposo, que le recibió y le abrazó por la espalda. Apasionadamente ella le quitó la chaqueta y le desabrochó la camisa, para luego besar la piel descubierta de Hércules. Él entretanto comenzó a jugar con sus manos, usando una para acariciarle la nuca y la otra para apretar suavemente la zona costal que estaba justo por debajo de los senos.
Se miraron a los ojos y se sonrieron, mientras ella desajustaba el cinturón del pantalón de Hércules y él hacía bajar su vestido. Con un movimiento rápido ambos se dieron vuelta y quedaron en posiciones invertidas, él arriba y ella abajo. El sillón de a poco fue haciéndose pequeño, pero eso no importaba. Él terminó de sacarle el vestido a su novia, dejando al descubierto su lencería roja con mucho encaje. Ella le bajó los pantalones y comenzó a acariciarle la entrepierna con una mano, besándole apasionadamente.
Hércules cerró los ojos y sus dos manos se concentraron en quitarle exitosamente el corpiño rojo a la mujer, que jugaba divertida abajo. Lo logró luego de unos momentos, y al hacerlo bajó su cabeza para comenzar a besar los senos de su esposa con cuidado y ternura, mas no sin ardor.
Las respiraciones se aceleraron. Magdalena, llevada por las emociones y la situación, logró quitarle el calzoncillo a su novio, mientras él, con los ojos aún cerrados, introducía su miembro en la entrepierna de su mujer y le despojaba de su erótica lencería.
-Ah...
Él se detuvo, pero ella le sonrió y continuó jugando con sus manos. Otra vez ambos se giraron para quedar como en un primer momento, y ella, con la tez colorada, se hizo con la parte más alta del sillón mientras él no dejaba de darle atención a su busto.
Comenzaron el vaivén con delicadeza y moderación, formando círculos con las caderas y emitiendo modestos gemidos de placer. Hércules abrió los ojos y besó a su esposa en la boca, comenzando un juego de lenguas experimentado con los años y que aún la hacía humedecerse.
La mujer hizo una mueca de dolor pero él continuó su trabajo y al cabo de poco rato logró relajarse y disfrutar. Los meneos fueron haciéndose cada vez más intensos y convulsivos, y los gemidos fueron convirtiéndose paulatinamente en intentos de aullido por placer.
Al rato, y luego de hacerlo una vez en el sillón y otra vez en el piso del comedor, ambos cayeron exhaustos sobre una butaca larga frente al ventanal que daba al patio; Magdalena fue al baño, y cuando volvió llevó una frazada roja con la que ambos se acomodaron. Una gota cayó sobre el ventanal y luego otra: presagios de lluvia.
Se juntaron uno con el otro para darse calor en aquella fría tarde de otoño, al tiempo que la lluvia comenzaba a caer copiosa sobre la ciudad.
Ella se removió un poco en su lugar y se aferró al pecho de su esposo. Con una sonrisa en el rostro y la cara aún colorada dijo:
-Te amo...
-Y yo a ti, amor...
V
La noche cayó y los recién casados decidieron llegar a su habitación. Allí en un rincón, estaban las maletas para Tahití, destino que la pareja había elegido en conjunto para la luna de miel y que disfrutarían por una semana; Hércules las observó y sonrió, gozoso de su realidad.
Pero no era lo único en aquella habitación. Tirado en la cama, durmiendo pero con la cola activa, estaba Kurogane, tan tranquilo como siempre pero ahora acompañado por su hermoso collar blanco de cuero. Alejandra se lo había obsequiado a Magdalena para el “pobre gato”, aduciendo que lo había comprado en una feria artesanal, y en realidad le quedaba muy bien. Con una sonrisa en el rostro se acercó al gato y lo tomó en brazos.
-Buen chico...
Con él se tiró a la cama y se extendió completamente. El gato se liberó y se tiró a sus pies, volviendo a su posición anterior que seguramente le era tan cómoda.
En ese instante apareció Magdalena, vestida con su sensual pijama de encaje morado.
-¿Qué haces tirado así, Hércules? -preguntó entre risas la mujer.
Él se dio media vuelta y quedó extendido sobre toda la cama.
-Te esperaba, amor.
Ella se tiró a la cama sobre él y le besó repetidamente.
-¿No te cansas? -preguntó él entre besos.
-Claro que no. Y tú tampoco, no sé qué alegas.
Kurogane abrió los ojos y salió rápidamente de la cama a tiempo para no recibir una patada de Magdalena.
Salió lentamente, sin ser notado... |