Creación
La imagen profundamente humana requería del talento de un verdadero artista, con capacidad para dar vida a los muertos o a los dioses. El artista llegó, se colocó su delantal que narraba las tremendas luchas por la supervivencia y puso mano a la obra. El taller, un antiguo recinto de deslucidas paredes donde permanecería hasta ver terminado el encargo: una mujer de piedra. El espectador acariciaría con la vista las zonas de luz y sombras, de contornos nobles y prometedores. Una ninfa arrolladora que al mirarla hablase por sí misma, que tomase el alma de cualquier ser merecedor de sus atributos divinos. Evocadora de goces del espíritu y de la carne. Una epopeya en una fémina, el lirismo y la historia universal en su integridad de piedra y cal…
Comenzó a quitar los espesores sobrantes con su cuchilla de metal de acero. Las etapas del proceso eran revividas con harto entusiasmo hasta que quedó satisfecho con el bosquejo inicial. Bueno, esto era lo que él apreciaba desde fuera, pero lo conseguido estaba muy por encima de lo que hubiese creado un genio contemporáneo suyo. Las piezas no tomaban el cauce que sus manos y voces interiores necesitadas de excelencia le dictaban. La talla desde los pies a la cabeza hollaba el asombro de cualquier ser humano. Una corona de flores era su único traje donde se entreveían gráciles pezones como rosadas zarzamoras y su vientre una curva ligera que acababa en un dulce triángulo femenino.
No obstante, tras sentirse decepcionado de sí mismo, de su talento y trabajo, comenzó a dudar de su maestría. Una imprecación bestial le brotó de los labios, luego de lanzarle a la obra un golpe, se fue cerrando la puerta; tras su figura se escondía un artista endemoniado…
Trató de calmarse con aguardiente con una caterva que se divertía entusiasmada. Al amanecer cuando era sólo un pellejo humano entumecido de alcohol decidió regresar al taller…
Dirigió la vista a su obra: era una deidad humana de cuyos ojos se entreveían un corazón de mujer. Se acercó y le vio caer una o dos lágrimas...
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