Los tres jugaban en la orilla de la playa. Corrían hacia las olas y esperaban hasta mojar sus pies descalzos.
Martha, acompañada por sus hermanos Luis y Alberto, vestía con una falda y blusa de color blanco y recogía su hermosa melena negra azabache con una cinta roja.
-Acércate más que no está tan fría- le decía Luis- ya con los pies en el agua.
Sus padres les habían advertido que no se fueran lejos, mientras colocaban las sombrillas y toallas.
Ni los propios niños se daban cuenta de que cada vez se alejaban un poco más. Con la inocencia y libertad que proporcionan los diez, nueve y siete años respectivamente, perseguían el vuelo de las olas buscando la más grande.
-Allá son más grandes- dijo Luis- señalando con su pequeña mano.
Los tres corrieron por la orilla hasta llegar a una roca donde rompían las olas con más bravura.
Martha, que era la más pequeña y miedosa no quiso acercarse como lo hacían sus hermanos. Dejó de pisar las huellas de Luis que corría detrás de Alberto. De pronto lo único que pisaba era su propia sombra que dibujaba aquel sol mañanero.
- Hola - escuchó una voz a su espalda-
Se giró y vio a un hombre de unos cincuenta años, llevaba puesto un bañador largo color rojo y una blusa verde, tenía el pelo rizado y algo de barba. A sus espaldas, una gran mochila color negra.
Viendo que la niña no le respondía, se acercó un poco más y le acarició el pelo.
- Hola, niña bonita - dijo- con mucha más suavidad que antes.
- Hola - respondió Martha- mientras desviaba la mirada hacia la dirección donde estaban sus padres.
- ¿Buscas a alguien? – le preguntó -
Ella asintió con la cabeza.
- A mis padres, están por allí.
- Ven conmigo, yo te llevaré con ellos.
Cogiendo la mano de Martha, se alejó en dirección contraria.
La playa estaba llena de gente, el hombre observó que Martha estaba asustada.
- No tengas miedo- le dijo- La tranquilizó y dejó a los niños atrás, sin decirles nada.
Cuando Luis y Alberto se cansaron fueron a donde estaban sus padres, al no ver a Martha supusieron que ya estaría con ellos.
Al llegar, escucharon llantos de histeria y a sus padres junto a unos policías.
La madre fue la primera en verlos llegar y corriendo los abrazó.
-Ay mami, nos vas a ahogar – dijeron ellos-
-¡Callaros!- respondió la madre entre sollozos- sin dejar de abrazarles con amor.
- Les dijimos que no se alejaran de la orilla - dijo el padre- muy enfadado.
- ¿Y Martha? ¿Dónde está vuestra hermana?
Los niños se encogieron de hombros. Mientras los policías les hacían algunas preguntas, su madre gritaba el nombre de la pequeña y su padre corría de un lugar para otro.
Preguntaron a algunos turistas, pero nadie había visto nada, había muchos niños y niñas pero nadie vio nada anormal.
Al caer el sol los pequeños estaban con unos familiares y sus padres sollozando en una comisaría la pérdida de su hija.
Los días sucedieron sin cambios. Aquel trocito de mar se llenó de lágrimas saladas por el corazón roto de unos padres, y cada lágrima caía llena de desesperanza e incertidumbre.
Con el paso de los años y la consciencia, el sentimiento de culpabilidad se apoderó de los hermanos.
En el mismo lugar, hoy se ve a una pareja de ancianos. Como cada mañana y desde hace más de cuarenta años, se sientan frente al mar y fijan su mirada hasta que la pierden y es entonces cuando se van soñando que al día siguiente correrán con más suerte.
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