Hace muchos años, a pesar de que aún era muy joven puedo recordarlo bien, mi madre alquiló una casa en un barrio de la capital. La vivienda pertenecía a un amable caballero que vivía en el centro de la ciudad donde también poseía una funeraria y fabricaba ataúdes. Según decía este caballero, aquel era un negocio muy próspero. Sin duda, garantizado por las industrias de bebidas embriagantes.
A finales de aquel año, el amable caballero perdió la propiedad donde poseía su taller de féretros y como la fabricación no podía parar, transportaron todos los ataúdes y las maquinarias a la casa donde mi familia y yo residíamos. En el patio de fondo se montó una improvisada fábrica.
Durante el día, el serrucho cortaba la madera y los martillos golpeaban con firmeza y precisión los clavos; la lija se paseaba sobre la caja oblonga suavizando sus lados, luego, la pintura cubría el ataúd con un color oscuro y lúgubre.
Al morir la tarde, los trabajadores guardaban sus herramientas y se marchaban dejando en el lugar sólo el silencio y el fruto de sus labores del día. Durante la noche, se podía observar un tenebroso espectáculo. Negros ataúdes parados, uno a lado de otro, unos tapados y otros dejando ver la oscuridad que los habitaba como bocas abiertas, hambrientas de muerte. Algunos apilados y otros recostados por el tallo de un viejo árbol de mango. Todo el paisaje
Estaba iluminado tenuemente, y lo mantenía en movimiento la luz de la calle que pasaba entre las hojas de los árboles.
Transcurrían los días y el olor de la pintura fresca, no más agradable que el color, se había convertido en el hedor permanente del lugar.
Una noche, no lograba conciliar el sueño, pensaba en el paisaje dibujado en el fondo de la casa. Y, cuando lograba cerrar los ojos, veía los ataúdes cerrados que de pronto se movían violentamente como si alguien empujara desde su interior. Hasta me parecía escuchar golpes producidos por los que estaba prisioneros dentro de las cajas. Entonces, volvía a abrir los ojos para hallarme en una realidad que por poco se parecía a un sueño, o bien una pesadilla.
En una de mis tantas alucinaciones —siento escalofríos al recordarlo—, veía que se habría un ataúd en el fondo de la casa y de él salían osamentas, una seguida de otra, todas del mismo féretro e invadían todo el patio sin que yo pudiera hacer algo para detenerlos. Esa noche desperté sudado y de un salto alcancé a encender la luz, observé bajo la cama y luego me cubrí con una sábana hasta quedarme nuevamente dormido. No volví a apagar la luz.
Recuerdo que, un pariente que vivía en una ciudad distante, falleció luego de una larga y penosa enfermedad. Mi madre, con mi hermana y como siempre sucede en estos casos, viajaron apenas se enteraron del hecho. Siempre me pregunté por qué existe tanto interés en un cadáver, como si aumentara el valor de la persona cuando fallece.
Yo, digamos que por razones de escolaridad no podía asistir al funeral. Los exámenes no daban tregua en aquella época. Aunque, hubiera elegido perder todo el año en la escuela, antes que pasar aquella terrorífica noche solo en la casa. Pero, a mi madre no le hubiera gustado la idea.
Apenas se puso el sol, me enclaustré en mi cuarto cerrado a llave.
Mientras miraba el reloj de pared, muchas ideas descabelladas se paseaban por mi mente, todas referentes a los ataúdes que se alojaban en el fondo de la casa. Apenas cabía el aire en la entrada de la casa, así que, la idea de que una osamenta invadiera mi cuarto era absurda. A pesar de esa realidad, no me animaba a dormir.
Se hacía tarde y a la mañana siguiente tenía que despertar temprano para asistir a la escuela. En ese momento, sentí la necesidad de superar el miedo a los ataúdes vacíos, y decidí enfrentarme a ellos en su propio terreno.
Puse en marcha mi emprendimiento, abrí la puerta mirando a todos lados y salí de la casa para dirigirme al lugar de los ataúdes. Me acerqué despacio al taller y las luces de la calle que iluminaba tenue y parcialmente el lugar, dibujaban fantasmagóricas imágenes en el suelo y las paredes.
De pronto, dirigí la mirada hacia el viejo árbol de mango y la visión que tuve erizó mi piel y ahogó un grito en mi garganta. Hinqué mis rodillas en la tierra, impotente, consumido por un terror indecible. Mi pesadilla se materializó frente a mis ojos.
Una sombra espantosa, enviada por quien sabe qué demonio de la oscuridad, salió lentamente desde uno de los ataúdes recostados por el tallo del árbol y se desplazó con suavidad hasta otro féretro, frente al cual quedó parado por un instante.
Mientras sentía que me ahogaba con mi propia saliva, observé a la sombra que abría otro ataúd con tapa tipo puerta, como las que tienen los roperos, y se introdujo en él. Entonces, me di cuenta que había llegado el momento y que después de todo, aquello era sólo una visión. La carta de mi contrincante estaba en la mesa y me tocaba el turno.
Fui corriendo hasta el ataúd y cerré la puerta, coloqué el seguro y alcancé escuchar algunos golpes antes de ir corriendo a refugiarme nuevamente en mi cuarto.
Al día siguiente me enteraría de una historia, más increíble que todo lo narrado hasta el momento.
No se trataba de la sombrea de una osamenta enviada desde el mismo averno, sino de un infortunado hombre que esa noche había perdido a un familiar y que éste tenía su misma estatura. El hombre pensaba robar un ataúd, ya que, no podía pagar uno. Pero no podía llevarse un ataúd cualquiera, debía ser uno de su medida.
Las declaraciones del hombre fueron constatadas por las autoridades.
Ciertamente así ocurrió.
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