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La aguja de arria
Mientras le miro la cara poco a poco como que voy teniéndole lastima en vez de miedo, como que el gran coraje y la muína que me causaba verlo sin darme cuenta los he ido perdiendo, a pesar que la imagen aquella, la de hace dos años, -cuando apenas tenía los once- se quedó fija en mi memoria, y se repite ahora aunque en vez de aquel coraje, les digo, siento como una paz que me tranquiliza aquí dentro, y por Dios aquello no fue para menos.
Veníamos mi padre y yo corriendo para llegar al mercado del pueblo, mi padre cargando su tercio de leños, Yo las gallinas y los huevos; al llegar al camino real, justo dejando la vereda de casa nos topó el engendro aquel, el Damián, el mismito demonio pues; sin terciar palabra, y sin ningún motivo que le arrienda a mi padre un chingadazo en el cuerpo, hasta allá rodó mi padre con todo y su tercio de leños, y ya en el suelo la patada que le sacó el aire, por mas intentos que hacia nomás no podía levantarse; solté las gallinas, rompí los huevos, hasta allá fui a parar del empellón que me dio; el Damián se sacó el cinto y como si fuera su hijo se fue después contra mi viejo, ¡duro y dale¡ ¡duro y dale¡ y yo nomás viendo, hasta que se cansó el infame, después entre risa y risa se fue maldiciendo.
Corrí donde mi padre, intente levantarlo metiendo mis manos por los sobacos, y entonces el me empujó y me dio un golpe con su brazo, entendí en aquella mirada la rabia y la vergüenza de sus ojos por eso después, acurrucados, cada uno ocultándose del otro nos miramos de reojo sin tratar de explicarnos por que ha pasado todo esto.
Me ordenó recoger las gallinas y lo que queda de los huevos. ¿El tercio de leños?, se quedó regado por el suelo. De vuelta a casa sólo veo el bulto blanco y encorvado que entre los matorrales va subiendo.
Por mas que intento dormir no puedo hacerlo, por suerte la noche es de lluvia y aquí en la choza el ruidero de las gotas y afuera, en el patio, el sonido del agua corriendo. Mi llanto es quedo, la única huella al día siguiente es la mordedura de mis labios y las uñas encajadas en las palmas y en los dedos, y ese cabrón coraje, y esta impotencia, y este pinche miedo que ahora tengo.
También a mi viejo lo oí llorar, cuchicheaba a mi madre y de pronto algún sollozo que se le escapaba sin querer o alguna maldición entre sollozo y sollozo –lo voy a madrear- decía, y luego muy despacito: - lo voy a chingar al cabrón- murmuraba, y mi madre también en un susurro: ¡solo Dios viejo, solo El- y el llanto de nuevo.
¡Mi padre es un hombre bueno!, no se si lo olvidó, no lo pregunté nunca por cierto, ahora bajamos al pueblo por un camino nuevo; -es mas vuelta- me dijo un día mi padre –pero está mas parejo el terreno-. Por mi madre me enteré un día que el coraje aquel del Damián fue por que había pensado que mi padre le estaba robando leña de su terreno. La verdad es que nadie lo quiere y muchos le tienen miedo: qué le roba la gallina a don Julián, qué le mata el perrito al Domingo, qué ya corrió a la Francisca por que de plano no quiere hacerle caso por malora; yo cuando lo veo de plano le saco la vuelta aunque las imágenes de aquella mañana me llenen de temor, y coraje, y mal recuerdo.
Pero ahora allí acostado como esta con los ojos cerrados y sin resuello, le miro y por Dios que ya no le tengo miedo, y miro a mi papa que se acerca y miro que lo quiere tocar o pellizcar para saber que aquello es cierto y hasta me parece que lo veo sonreír, pero no, el rostro de mi padre se mantiene serio.
En cuanto lo bajaron al pueblo corrió la voz luego, luego; se murió el Damián, lo hallaron con las piernas rotas todito tieso.
Qué se desbarrancó con su caballo, qué le pasó encima el animal, qué al pobre animal también lo mataron por que tenía rotas las patas, qué Diosito lo tenga en su Santa Gloria, qué Diosito le dio su escarmiento, qué no era tan malora, qué que se yo cuantas cosas mas…y cuanto misterio.
Iba yo de regreso a la casa, pardeaba la tarde, -tanto rodeo-, me dije, entonces jale por el camino viejo, en silencio; en mi morral: mis costales recién zurcidos, mi aguja de arria y el pumpo con mi agua; los quejidos que llegan a mis oídos, lejanos primero, y mas cerca luego, --el camino es resbaloso por el mal tiempo--, primero veo el caballo, allá abajo, patas pa´rriba, mientras me acerco parpadea los ojotes grandes y sacude la cabeza, después con calma se recuesta y se queda quieto, allí cerca el Damián. Me reconoce y me dice con pocas fuerzas –gracias hijo-.Yo me acurruco como a un metro, una pierna toda desguanzada mira hacia adentro, la otra con una astilla de hueso que sale de la canilla y rompe la carne y empapa de sangre la ropa y el suelo, la mano derecha pegada al cuerpo y la izquierda, la mas buena haciendo señas de que me acerque.
¡No queda nada de aquel engendro!
No sé porque pero aquí en el monte siempre se acaba el día antes que en el pueblo, la claridad poco a poco se va perdiendo.
Saco mi pumpo y con calma me tomo un trago de agua, luego se lo acerco al Damián y ansioso bebe también –ya no le tengo miedo-, otro trago de agua –ahora nos estamos riendo-.
Entonces todavía con mas calma, y ahora que la claridad todavía me lo permite, saco mi aguja de arria, y allí donde yo pienso que esta el corazón, -o mas o menos-, poco a poco se la voy hundiendo.
Así fue como pasó, lo demás les digo es puro misterio.
Oscar martínez
Texto de yajalon agregado el 10-03-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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