Caminando a través de los oscuros corredores de la nave, los príncipes de la oscuridad se dirigían a la plataforma para encontrarse con el temible y conocido alienígena Nivek, que siendo amante de lo exótico, pagaría una gran suma por el planeta azul. Los príncipes de la oscuridad llamados Xela y Oriaj, se dedicaban a conquistar y vender mundos. Llevaban la cabeza cubierta con un capuchón, y una capa que alcanzaba arrastrarse por el suelo, estos mantos oscuros, tenían unos dibujos geométricos que los identificaba como la raza Silec, estirpe de grandes guerreros reconocida en todo el universo. Sus rasgos no podían resultar más repulsivos: las cabezas exentas de cabello, orejas grandes y puntiagudas, ojos rasgados con una pequeña trompetilla como nariz, junto con una boca fruncida en un rictus amenazador.
Los platillos voladores se trasladaron hacia un territorio cubierto y erizado de montes donde había una fortaleza con torreones almenados, con su galería ojival ya derruida y un foso lleno de aguas muertas y malsanas. El terrible Nivek, vestía una armadura azul de jade, sentado en su trono, el dictador obeso y barrigudo saludo a los soberanos. Los Silec lo saludaron con una reverencia. El comprador, recibió la notificación y descripción detallada de su pedido, pero vio conveniente que se eliminara todo vestigio de vida que estuviera en contra de su poder. Los príncipes volvieron a la nave nodriza esta vez acompañados del temible Nivek quien aguardaría la entrega.
Entre los reclutas existía un infiltrado que hacía parte de los guardianes del espacio estelar. Namzug era polimorfo, podía cambiar los átomos y moléculas de su cuerpo para imitar la apariencia de cualquier ser. Su misión era informar a sus congéneres. En los dispositivos mecánicos el espía desactivó el campo de fuerza de la nave; se comunicó con el Emperador guardián llamado Serdna, y notificó la invasión que se proponían los príncipes de la oscuridad. Los Silec, habían destruido muchos planetas y los guardianes del espacio intergaláctico que piloteaban naves supersónicas, andaban desde mucho tiempo en la búsqueda de los príncipes guerreros para atraparlos y así poder establecer el orden en el universo.
El Emperador, era un hombre flaco y alto, con barba rubia, la melena hasta los hombros estaba sujeta al cráneo por una cinta que llevaba una rara insignia, para él, la guerra solo tenía una buena cosa, y era la paz que trae en pos de ella, así que obteniendo las coordenadas, se dispuso a librar el ataque. El general Inavoj recibió de inmediato la orden de preparar el asalto. Inajov preparó su milicia. Él era un hombre apasionado, de talento y energía, y de quien se podía esperar mucho.
Los soldados Silec fueron sorprendidos por el ataque de las naves guardianas. El gigantesco platillo que flotaba en el espacio sideral, era golpeado por miles de lucecitas rojas que hacían explosión instantánea al tocar el exorbitante cuerpo metálico. El Emperador Serdna con Inavoj lograron adentrarse a la nave. Las líneas enemigas y los guardianes que se encontraban en los corredores, se protegían de los rayos cubriéndose con sus capas. Los disparos láser, y explosiones eran cada vez más intensos. Un rayo de energía acertó en la frente de Nivek cayendo muerto al instante.
El alienígena Nivek, tomó su espada pero un rayo que disparó Inavoj logró herir la mano del maligno. Entre tantos disparos, uno acertó en los controles que desactivaron la prisión de un monstruo prisionero y peligroso que tenían los príncipes de la oscuridad. Se trataba de un Erdam.
La criatura conversaba mediante unos gruñidos que parecían constituir un lenguaje primitivo, tenía una cabellera negra, larga y desgreñada, la piel con pelos de un verde pálido, con ojos redondos y saltones; las extremidades traseras era más grandes que las delanteras. El Erdam, levantó sus orejas, afinó su hocico.
El Erdam gruñó con un gran sonido estridente similar a una gran turbina, los rayos de las armas láser dejaron de emitir su luz. La extraña criatura tenía aferrado con sus garras la capa del espía Namzug; y con su vigorosa voz seguía atronando: Cuantas veces te he dicho que las toallas no son para jugar!., el piso de la casa esta hecho una pocilga por estar corriendo con tus amigos, eso es no tener consideración, recoges todo y te entras ya.
La madre se marcha enojada, a lo lejos se ve a la mujer del vestido verde con redecilla en el cabello entrar a la casa. Ella sabe que aunque regañe a su hijo por travesuras, también estaría para protegerlo, defenderlo y educarlo, su labor en la vida es abnegada, sacrificada y pura y en su corazón siempre estará presente el gran amor que las caracteriza.
Tristes por la terminación abrupta del juego, se disponen cada uno a irse a sus hogares, los niños arreglan su pantalón de tirantes, y acomodan la gorra de visera a la española, recoge sus soldaditos de plomo esparcidos en el césped, que cobraran vida en otras batallas soñadas. El obeso Kevin recoge sus monedas doradas de chocolate, y toma su espada de madera, donde en anteriores ocasiones le había servido para ser un bucanero intrépido que surcaba los siete mares en su temible galeón, y ahora se iría a luchar con su espada por la conquista de un nuevo reino imaginario.
Los hermanos Jairo y Alex, doblan sus toallas que servirán al siguiente día, para ser el súper héroe que siempre esta cuando se le necesita y el súper villano que siempre estará convencido de su causa, luego se dirigen hacia Darío quien está agrupando sus armas bélicas de mundos de ficción, (hechas por él mismo) para marcharse a su hogar y evitar más el enojo de su madre. Jairo entrega a Darío, como muestra de gratitud por su narración, tres de las monedas doradas de chocolate que tomó sin que se apercibiera Kevin.
La noche llega con sus estrellas, el columpio de neumático y cuerdas recién abandonado siguen balanceándose, las bancas y todo el recinto vuelve a quedar solo sin los habituales gritos de los niños, solo se escucha el ruido de las hojas movidas por el viento. Los amigos se marchan con la esperanza que otro día, los sueños vuelvan a vivir un mudo materializado en los pensamientos y donde su mundo interior, sus deseos, fantasías, temores y conflictos sean expresados en un afable juego. |