La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - Zeiden - 'Río de lágrimas'
Río de lágrimas
La lluvia cubrió sus llantos y su rostro ceniciento con su suave cenit. La brisa la embriagaba en un dulce sopor, mientras el sol desterraba la oscuridad de su mundo. Todo era cálido y acogedor, hasta aquel banco de piedra donde posaba su cuerpo; todo era ilusión…
Era toda fantasía, mas no quería volver a la realidad, se sentía en aquel lugar extraño donde nunca pudo entrar. Sus labios susurraron con un mutismo azorado su nombre, el cual el viento arrastró poco tiempo en su viaje… la silueta de su sonrisa se dibujó en el cielo… todo pasó en un segundo, pero no le importó, estaba enamorada.
Un pétalo de rosa alzándose al viento distrajo su atención, mas al volver su rostro, ella lo miraba con una ternura descontrolada. Él sonrió, y ella cobijó su rostro en su pecho. Él respondió dando un beso en su tez, con un amor irrefrenable.
Las miradas parecían querer destrozar aquel emotivo momento, mas el destino luchaba por evitarlo, haciendo de aquel enigmático lugar el centro de sus caricias.
Él apretó su cuerpo con dulzura; ella respondió cobijando sus brazos por el ancho de su cintura. Nadie se interesaba ya por ellos, todos volvían a sus quehaceres mientras ellos se fundían en un solo ser infinitamente rebosante de amor.
Sus miradas se cruzaron, haciendo brotar de sus pupilas una inmensidad de palabras que nunca fueron dichas, expresando sus sentimientos de forma trascendente. Sus labios se rozaron, y sintieron cada uno el contacto cálido y romántico de su amante.
Al dejar de sentir el contacto labial, ella se tiró a sus brazos confiriendo en su persona un amor absoluto, él la estrechó con fuerza y una lágrima cayó de sus ojos; cruzaron la estancia miles de palomas, y en el revoloteo, un susurro sesgó el aire… Te quiero
Ya no estaremos juntos, nunca mas podré rozar tu piel y soñar que la vida nos arrastra a la infinitud del amor… ese amor insustancial y tan puro que nos unía a ti y a mí, únicamente a los dos, en ese universo donde nos tenemos el uno al otro, evadiéndonos de los problemas mundanos de la realidad… solo existía nuestro amor…
¿Dónde dejaste las sobras de tu grandioso amor, mi vida? Como siempre ocurre, el amor no es suficiente para hacer convivir a dos almas aparentemente opuestas… por qué quisiste entonces entrar en el dominio de las estrellas es algo que desconozco; por qué rogaste mi presencia junto a ti al hacerlo, solo puedo explicarlo mediante la pasión, pues solo ella te abnegaba a mi presencia, haciendo que el mundo te vislumbrara desde otra perspectiva, no evadiéndote de su realidad… mi vida…
Las hojas otoñales caían tristes, tenues ante el fulgor del ocaso, mientras ella escondía su rostro entre sus temblorosas manos a la vez que frotaba sus ojos todavía llorosos… solo podía relamer su llanto y contener los espasmos que la azuzaban al derramar unas lágrimas de pena que no podía apaciguar. Sus cabellos, tan suaves y dulces como antaño, caían hechos jirones por sus mejillas, sus hombros y su espalda, intentando alegrar a la triste y somnolienta figura que luchaba por mantener la serenidad.
Levantó del otoñal respaldo su vacilante cuerpo y se acercó al pequeño puente que cruzaba el riachuelo del parque. Se apoyó en la barandilla, dejando caer las lágrimas con la esperanza que alguien pudiese hacer uso de ellas para tejer alegría…
El anillo que él le regaló, con un corazón grabado en su cenit, brillaba con menor lucidez desde que su amor se perdiera en el tiempo… un tiempo que no volvería jamás…
Desanilló su dedo y, con furia, el anillo fue arrojado al riachuelo, hecho que obligó a los peces a cambiar instintivamente la dirección de su nado. Sus vidriosos ojos fijaron la mirada en el cielo amarillento y anaranjado que se desplegaba ante ella…fue en ese parque donde ella se enamoró, y ahora, en ese mismo lugar, comenzaban a difuminarse todas las esperanzas de su vida con él…estaba sola.
Tras difuminarse las últimas estetas del alba, la mañana se descubrió fría y húmeda ante la mirada nostálgica de una sola persona que, agarrada a sus sueños y sus recuerdos, desentrañaba las misteriosas y divinas palabras que el horizonte le hacía inteligible.
Sus manos estaban nerviosas y entumecidas a causa del atenazador frío que le recorría las partes más íntimas de su alma, descubriéndola en su momentánea vulnerabilidad.
Sus ojos espiaban la luz que se refulgía en lo alto del incandescente cielo, donde las aves comenzaban su canto dulce y somnoliento, el cual le relataba lugares donde el dolor, la infelicidad y el desamor eran solo un fugaz delirio; donde la lluvia solo dañaba la tristeza, dejando felicidad en las personas que se atrevían a recorrer aquellos lugares.
A lo largo de su relato las aves iban y venían, recorrían su cuerpo en ligeros molinillos rozando con la punta de sus alas tanto la piel como los ligeros ropajes de la joven.
Las historias llegaban al supremo placer interior, y la joven comenzó a sollozar mientras bailoteaba al mismo son, sin despegar sus vacilantes piececillos del suelo.
Al acabar, todos los pajarillos se posaron en su cabello y en sus manos y brazos. Ella, volviendo su rostro hacia el horizonte, sonrió. Los labios del muchacho, el cual había salido al balcón, se posaron con gran cariño en la nuca de la muchacha y, despegándolos de ella, la estrechó en un romántico abrazo.
-Gracias, pero no deseo viajar al lugar que tenéis para mí, pues mi vida está aquí- y volviéndose, besó el rostro de su amor… siempre juntos…
Texto de Zeiden agregado el 13-03-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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