La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]
Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Redonda
Eventos
Enlaces
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / churruka / El cuervo

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:276418]

El cuervo



El guerrero cabecea, dormita recostado en un tronco de árbol. Se aferra a la paz de un sueño intranquilo. Intenta sumergirse en el sosiego y eludir los ecos del combate que han quedado grabados en su mente. Sostiene en su mano de hierro un vaso de vino medio derramado junto a una hogaza de pan. Alza solamente el párpado izquierdo y rebela una pupila de fuego, un ojo rojizo. Es un guiño a la claridad de la tarde. Con gesto fatigado se desprende de su yelmo. El sudor seco se arremolina con el polvo en los pliegues de su rostro. Su armadura abollada y sucia, salpicada de motas coaguladas, ha perdido toda legalidad inmaculada. Sólo el sol acepta su fatiga y lo reconforta con cálido abrazo.
Le duele el cuerpo. Fue una dura batalla, más recia de lo esperado. El enemigo les sobrepasaba en número y muchos caballeros yacen tendidos en el barro. Fueron necesarias tres cargas de caballería para desbaratar la entereza de los campesinos. Por lo demás, fue todo al final una carnicería.



Un cuervo planea y aterriza a escasos metros del guerrero. Es un bello animal. Tiene el pecho blanco y su plumaje azulado absorbe la luz del día. Se acerca resuelto al trozo de pan. Está convencido de que el cuerpo inmóvil junto a la piedra es ya carroña o incluso parte del paisaje. El hambre le incita ser poco precavido. Un error fatal. El guerrero lo clava en el suelo de un relámpago cuchillazo. De un patadón aleja el cuerpo sin vida del pájaro y frota su arma contra la hierba. Sonríe. Es una risa tenue, una línea imprecisa que distorsiona la dureza de su rostro. Su ojo rojizo reluce al sol.
Un relincho a sus espaldas y la mirada ausente de su escudero le obligan a reaccionar. Bebe un último trago de vino y vuelve a colocarse el yelmo. Mientras se dirige a su montura lanza una mirada inquisitiva a su escolta. El reducido grupo de guerreros se levanta con aire cansino y lo sigue.



El séquito cabalga tras su capitán por la carretera polvorienta que conduce al castillo. A su paso jirones de humo se elevan hacia el cielo y las alas negras de manadas de grajos lo ocultan con sus graznidos. A orillas del camino los colgados se balancean tristes bajo la sombra de los árboles. Sobre enormes ruedas empaladas en el suelo los cuerpos rotos y quebrados de los ajusticiados saludan a la comitiva. Escuchan algún sollozo, ahogado por el galopar de los caballos. Un olor dulzón, a orín, a excrementos, a muerte apesta el aire. Los guerreros aceleran sus monturas y se adentran en el bosque.



Todavía quedan núcleos de rebeldes. Lo sabe; pero es muy improbable que tras la derrota aún tengan el coraje de ofrecer una resistencia organizada. Además le urge la necesidad de informar presto a su señor. Un baño, un festín y tal vez una mujer es lo que más desea.
Un silencio opresivo enmudece al viento y lo devuelve a la realidad. Mira a su alrededor. Sus hombres sondean la espesura y los corceles relinchan inquietos.



El silencio se rompe con un zumbido que culmina en un crujido, en un golpe sordo. El capitán se gira. Una saeta negra sobresale de la boca de su escudero, que se desploma muerto sobre su montura. Cientos de gargantas se unen en un mar de alaridos y armados con hoces y picas emergen de las profundidades del bosque escupiendo su odio.
Los guerreros resisten y pelean con arrojo. Muchos enemigos caen; pero por cada uno que sucumbe, otros dos adversarios ocupan su lugar. Finalmente la escolta es arrojada de sus caballos y despedazada por una multitud colérica. Únicamente el capitán se mantiene en pie. Hace estragos en las filas de los campesinos. En un último intento su corcel logra saltar sobre la barrera humana que lo acosa. El guerrero se aleja mal herido internándose en la maleza. Sólo cuando su respiración entrecortada se alza sobre el aliento enloquecido de sus perseguidores se permite un respiro.



Cabalga rendido, desorientado entre los árboles; hasta que su caballo se desploma y el guerrero resbala por una pendiente para caer en un hoyo, en una trampa para osos erizada de astas afiladas. Lo último que la muerte contempla de su vida, es su mueca de terror y asombro antes de quedar ensartado en un abrazo letal a un rosario de picas. El silencio le devuelve la calma al bosque.


*****



Anochece. Un cuervo de pecho blanco merodea por las cercanías. Hoy no es su día. No está de suerte. No ha encontrado nada para llevar a los suyos, cuando descubre el cadáver del guerrero. Indeciso se aproxima, despacio, lento. Aguarda una eternidad hasta que cauteloso se atreve a posarse entre sus hombros y golpea entretenido la cabeza del muerto.
Apenas transcurridos unos instantes remonta el vuelo ligero. Se aleja raudo hacia su nido, dichoso por compartir con su compañera y los pequeños el ojo rojo que porta en su pico.











Churruka, 17.11.2006

Texto agregado el 15-03-2007, y leído por 186 visitantes. (21 votos)


Lectores Opinan
2007-07-12 13:42:41 Tus descripciones son geniales, muy bueno!!! TejeCuentos
2007-07-05 19:58:44 muy bueno, es muy entretenido!! 5+ kiodushna
2007-03-21 17:36:23 escalofriante..jeje...y bue, alguien em dijo que el cuervo es un ser privilegia la relación de su pareja y cria...ya veo que al final cumplio su cometido...con su naturaleza luzyalegria
2007-03-17 13:12:22 Lo leí en su momento y me sorprendió, me gustó mucho. Un saludo de SOL-O-LUNA
2007-03-16 20:52:23 Un cuento excelente!Ya era muy bueno cuando lo leí, pero ahora, con renovada experiencia lo has redondeado hasta dejar impecable! Un saludo!***** josef
Ver todos los comentarios...
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte!]