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Armando y Patricia
Cuando volví al pueblo después de una larga ausencia y me contaron la historia, prácticamente no podía creerlo.
Conocía muy bien a ambos personajes, a ella por su fama de mal genio: enojona, prepotente,indomable. A él por que además de haber sido mi amigo de la infancia, destilaba a más no poder bonhomía, paciencia, Don de gentes.
Armando era su nombre, limitado en extremo en cuanto a la economía y encargado además del cuidado de su madre, una santa como bien se le conocía en el pueblo.
Ella, Patricia, hija de un rico comerciante y como les digo absolutamente prepotente, entrada ya en años, tal ves 28 lo que en el pueblo representaba con toda seguridad el quedarse a vestir santos. Amargada por esta condición azorrillaba constantemente al padre, culpándole además de haber espantado a uno que otro pretendiente.
Hija única, heredera universal de los bienes.
El viejo empezó entonces a correr la voz de que quien la pretendiese y se casara con Patricia tenía asegurada ya la fortuna, a cambio desde luego de aguantarle el genio.
El noviazgo de Armando y Patricia fue corto y sustancioso, lo preponderante en estos menesteres era hacer que la boda se cocinara lo más rápido posible. A decir de los conocidos, para no espantar al novio todo fue miel sobre hojuelas. Uno que otro exabrupto de Patricia, nada que el buenazo de Armando no pudiera hacer frente. En la soledad, la enfermedad de la madre y la posibilidad cercana de poder atenderla debidamente le hicieron que en extremo se llenara de paciencia.
Llego el día de la boda, consumatum est. Todo a pedir de boca, con ligerísimas muestras de explosión por parte de la novia, y paciencia para el hombre.
Cuando volvieron y a petición del marido, en vez de ir a la casa del padre se dirigieron a la parcela donde rutinariamente laboraba; Patricia conoció por fin el lugar donde él vivía, una casita medianamente puesta, bastante limitada en sus enseres. Romanticones como todavía andaban, ella toleró el lugar.
En esas andaban cuando Armando por vez primera impaciente comenzó a gritar: ¡sombra!, ¡sombra! (aquel era el nombre de su perro), sombra apareció por la puerta brincando y ladrando de gusto, alegre, dando vueltas alrededor del amo y moviendo a más no poder la cola. Armando alzó entonces la voz y exclamó: ¡sombra!, -acércale una silla a mi mujer- El perro totalmente ajeno a la orden seguía brincando y ladrando de gusto.
¡Acerca una silla a mi mujer!, volvió a gritar Armando, esta vez completamente fuera de si. Patricia sin conocerle aquel gesto había adoptado una actitud de seriedad extrema ante aquel cuadro.
Sombra dio dos o tres brinquitos más, Armando ante aquella desobediencia, cogío el machete, y de un sólo tajo, sin que sombra se hubiera percatado, le cercenó la cabeza.
Armando ligeramente más tranquilo, Patricia totalmente incrédula.
Por aquella algarabía asomó su cabeza trueno, un caballo tordillo, orgullo absoluto de Armando, y obediente a más no poder. Al verlo, Armando
comenzó de nuevo: trueno, trueno. A lo que trueno respondió moviendo la cabeza de uno a otro lado y resoplando gustoso por la nariz y la boca. ¡Trueno! grito esta vez con energía reprimida, --acércale a mi mujer una silla--, el animal permaneció en el mismo sitio, Armando, esta vez levantándose de donde estaba grito enloquecido: --por que
chingados nadie me obedece-
-, y machete en mano, cruzando el umbral de la puerta descargó sobre la bestia el corte al cuello que segó su vida.
Todo aquello había ocurrido con la misma velocidad conque se los cuento.
Patricia con los ojos desorbitados, impávida, absolutamente incrédula pero sobre todo, temerosa en extremo.
Armando con la ropa teñida de la sangre de ambas bestias, el machete colgando de su brazo, y aún destilando sangre por sus bordes, entra de nuevo a la casucha, su rostro comienza a ponerse sereno, con tono firme se dirige a su esposa y le dice, --podrías traerme un poco de agua y acercarte una silla para que descanses--, y la mujer apresurada corre por una jofaina con agua, y ayuda al marido no solamente a ponerse limpio, si no que le ofrece la silla para que sea él, el que por fin descanse.
Esa ha sido, según el decir de la gente, la razón por la que aquella pareja es tan bien avenida, él lleva el orden en su casa, ella acomedida a más no poder, debido a esto último, los exabruptos de Armando han pasado a ser cosa de la historia.
Oscar Martínez
Texto de yajalon agregado el 20-03-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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