Galopar
Los caballos se alejan ladera abajo. Lanzan cabriolas a una luna baja que lame la hierba. Su alegría desvalija a la tragedia y rebaja su sombra al umbral de la partida. Contempla cómo cabalgan bajo nubes de trapo, libres, suyos, por parajes que jamás habrá de pisar hombre alguno.
A sus espaldas, sobre la colina, rechinan los bosques de ruedas que giran dóciles con el viento y sobre las que se alzan en el aire, los reos que agonizan desencajados y con los miembros rotos. No percibe cómo unas manos lo agarran. Lo tumban al suelo y rompen su cuerpo de forma metódica. El dolor lacerante es una molestia pasajera que ha alcanzado su máximo nivel y que en breve será pasado. Únicamente los caballos ocupan su horizonte. El brillo de la luna baña su figura, sus huesos quebrados, su piel sangrienta y sus ojos se agrietan cuando la rueda oscila y se une a las otras.
Un relincho lejano pero firme intimida a la noche y la sonrisa se libera en su rostro.
Churruka, 21.03.2007 |