Los cafés humeaban aún en las tacitas de porcelana. Ellos aún no lo probaban. Postergaron un poco ese placer por otro más urgente.
La tentación había podido más y se entregaron al goce de lo prohibido. Lenguas que sienten, que exploran. Dientes que se hunden en lo tierno. La conquista de una orgía de sabores; aquel agrio inconfundible, ese dulce que se esconde. El deseo intenso de que no se acabe nunca este ansiado momento. Una sonrisa de ella, una mirada cómplice de él.
Y el rubor en las mejillas, la sensación de culpabilidad mezclada con encanto. La certeza de sucumbir a esta pasión otra ocasión cualquiera.
Sólo después de haber terminado, encendieron los cigarrillos y se tomaron el café despacio, satisfechos.
Definitivamente en esa cafetería los sándwiches eran una delicia, y el que llevaba por nombre: "pecado" aún más: queso mozzarella gratinado envolviendo a un triple de pollo y jamón, con piña y cebolla en escabeche.
Mezcla perfecta de sabores que ponía en jaque a cualquier dieta.
HG - Marzo 2007
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