Desde el lugar en el que me encuentro puedo escuchar el murmullo del universo. Me despierto entre dos soles y calzo mis pies en un suelo de arena.
Durante casi doce horas al día, el sol eclipsa mi presencia y aunque no puedo llegar a todo el mundo, puedo presumir de llenar de luz los huecos vacíos de muchos puntos negros.
Es curioso cómo son las voces, nunca una igual a otra, ni los rostros de las personas, siempre hay sutilezas que las diferencian. Hoy escucho una voz, se me antoja mundana y simple cuando el quebrado de su quejido egoísta hace aparecer pequeñas sombras.
Los movimientos y sentimientos de las personas los percibo en forma de pequeños lunares que se van aglutinando o aislando. No es aleatorio acudir a unos u otros en primer lugar, me baso en las miradas transparentes que tanto me dejan ver.
El tiempo pasa rápido y llega la noche, el momento de vestirme de gala y brillar con intensidad. Muchas miradas recaerán sobre mí alojando algún suspiro o susurro, pequeñas declaraciones en un universo de sentimientos.
Voy en busca de la luna, mi fiel amiga y consejera, cuando sus reflejos plateados me llaman, inspirándome tranquilidad y confianza.
Ella, siempre tan observadora también se sabe observada y escucha con atención mis palabras, de vez en cuando asiente con la cabeza o fruñe el ceño en señal de desaprobación. Me hace sentir importante y necesaria, dice que le doy calor en las frías noches y refresco sus cálidos veranos.
Antes de despertar entre dos nuevos soles nos despedimos con un abrazo. Un nuevo reto se nos presenta, voces y movimientos, debo observar y recaer sobre las miradas que por algunas horas se olvidan de mí.
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