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Revelación
Revelación
Mis ojos se acostumbran a la penumbra. Percibo un ruido alarmante a los pies de mi cama. Es un rugido que se alarga en roces viscosos. Me enderezo apoyando la espalda sobre las almohadas y vislumbro una multitud de fauces apestadas de colmillos, colas y torsos reptilianos que se revuelcan en el suelo de mi habitación entre trozos de carne putrefacta. Uno de los cocodrilos me lanza incluso un guiñó cómplice y solícito con su ojo esmeralda. Me levantó, salto sobre las bestias y salgo al jardín.
Una vez afuera me tropiezo junto a un seto con una pareja de leones. La hembra agita juguetona en el aire la cabeza de la vecina que cuelga de su boca asida por el cabello. El macho hunde entretenido su hocico en el pecho destrozado de la pobre mujer y escarba en sus entrañas. El león deja de comer al percibir mi presencia y una sonrisa pícara se despega de sus morros ensangrentados. Trepo por la verja y abandono el jardín.
Me paseo por calles desiertas donde no se ve ni un alma. El mundo está vacío. Desemboco en una ancha avenida que se pierde en la distancia. Hileras de árboles desnudos franquean la carretera por ambos lados y la acompañan en un viaje sin destino. De sus ramas cuelgan racimos de cadáveres. Por las piernas amarillentas de los ahorcados se deslizan las heces e hilillos de orina. A mi paso los colgados abren los ojos. Siento cómo sus ojos blancos, opacos y lechosos se clavan en mi espalda. Alzo la mirada y contemplo un cielo turbio y rojizo, oscurecido por enjambres de langostas que se vuelcan agresivas sobre mis huellas; pero que mantienen siempre las distancias.
Mi pasos me conducen a un parque de verjas oxidadas. Cruzo la entrada y me paseo por prados de ceniza entre muñones retorcidos que se alzan hacia el cielo. Finalmente me siento junto a un estanque de aguas fétidas y pantanosas. Algo en mi interior me incita a acercarme al lago. A escasos centímetros de su superficie distingo la imagen de mis manos reflejada en el agua. Son dos garras deformes, de uñas negras y largas, afiladas como navajas. Contemplo sobre el agua un rostro abominable, indescriptible... Es la imagen de mi miedo, su rostro. En ese mismo instante la superficie del estanque explota como un espejo en mil pedazos.
Me alejo del lago y descubro sobre la cima de una montículo cercano la silueta de una figura negra que me observa inmóvil mientras sus atuendos se mecen con el viento. Su rostro inexpresivo y frío me resulta sin embargo familiar. Sé que la conozco. Aún no he alcanzado la cima cuando la figura me habla:
-- Llegas tarde otra vez.¡ Ven! Nos aguarda hoy mucho trabajo -- y sin esperar respuesta alguna comienza a descender por la pendiente.
Yo la sigo y logro apenas balbucear...
-- Pero en mi sueño...Estuve a punto de alcanzarlo...El paraíso.
La figura se detiene, ladea el rostro y con una sonrisa cruel y despiadada me escupe sus palabras:
-- En vedad han sido ellos creados a tu imagen y semejanza.
Churruka, 19.12.2006
Texto de churruka agregado el 26-03-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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