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Inicio / Cuenteros Locales / josef / Recién Iniciado.

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Al alba, al cazador soñoliento, le cuesta abrir los ojos. El cielo cubierto presenta un matiz ocre y amortiguado. La sabana revestida por una extensa manada de antílopes, se agita con la brisa de un lozano y casi azucarado relente. El herbazal, pajizo y dorado, lo arropa por completo.

Avanza encorvado y contra el viento. Una piel de antílope le envuelve su cabeza y espalda. Lleva el cuerpo embadurnado en una intensa secreción a herbívoro; el pectoral señalado con profundas incisiones, distinciones del guerrero, y el rostro matizado en tonos blancos y azules. Es joven y marcha en solitario. Recién iniciado, debe permanecer una semana en soledad y cobrar las piezas sin ayuda.

La presa se halla a escasos metros. Es un impala que, confiado en su vigor y agilidad, se ha distanciado del resto y ramonea con aparente imprudencia. Pero sin cesar de agitarse, sus pabellones auditivos delatan su tensión.

El estallido de un trueno, seguido de un destello que desarrolla mágicas ramificaciones de hilos chispeantes en el horizonte, rasga el silencio y provoca que el macho se agite y alce inquieto la cerviz.

Ese instante de vacilación y el hombre se eleva, extiende ambos brazos, y formando un arco convexo arroja la saeta que alcanza al animal en el cuello. El macho arranca, ejecuta dos saltos limpios y quince metros más adelante, se derrumba estremeciéndose en espasmos agonizantes a los pies de una acacia.

El cazador alcanza la presa, la remata mediante un corte inciso en la yugular, se acuclilla y sediento, comienza a sorber su sangre.

La violencia de algo pesado sobre su espalda lo hace constreñirse contra el suelo. Pese a la dificultad de su situación, su instinto de supervivencia lo obliga a girarse, mientras antepone su brazo en protección de su rostro. Las mandíbulas del leopardo buscan el cuello de la presa, pero no tienen más remedio que oprimir el brazo izquierdo del hombre, el cual cruje bajo la poderosa presión operada.

Sólo entonces es consciente de su situación. Dispone de una oportunidad y segundos antes de morir. Su mano libre aferra el mango de marfil del cuchillo ligado a su cintura, desenvaina, y mediante una acción fulminante lo hunde en la garganta de la fiera. El felino libera el brazo del cazador, consuma un ágil brinco hacia atrás, y asestando fieros zarpazos al aire se extingue de espaldas al suelo.

Las nubes se han abierto y los primeros rayos del sol abrillantan y azotan la inmensa llanura. El cazador dolorido, se alza y otea. Como por arte de magia descubre que los más de mil antílopes han desaparecido del escenario. Percibir el silencio le hace adivinar el peligro. No está solo. El olor a sangre y muerte es ya intenso. Pese a utilizar un solo brazo, hendiendo con suma rapidez, escinde un tajo de carne del impala y sale apresurado del lugar. A sus espaldas, el rugido sordo de un león, confirma sus recelos. No se vuelve. Huye sin detenerse y mientras lo hace, comienza a escuchar el trote pesado de la bestia comiéndole el terreno. Y al mismo tiempo, también descubre algo más: los latidos desbocados de su corazón. Y es evidente. En ese instante siente más que miedo, un terror profundo. Ya que cuando el señor de las bestias deposita sus ojos de miel sobre alguien, no cesa hasta devorarlo. Por otra parte, en la tribu los viejos comentan a menudo, que el dios león no es rápido como el alma del leopardo, lo cual no revela nada bueno. Pues acostumbra a ejecutar de forma lenta y cruel. Echándose sobre la víctima, sabedor que con su peso inmoviliza a un ser débil como el humano, no se molesta en matar antes de comenzar a devorar. Unas veces lo hace por las piernas; otras por los brazos, y si hay suerte, por la cabeza. Todo depende del humor que tenga el Dios. Y aquel que ahora lo persigue no debe de hallarse feliz. Porque Kiwa le ha arrebatado el alma del leopardo. Y a un leopardo sólo tiene derecho a poseerlo el dios león.

La carrera está perdida y lo sabe. Tropieza con una raíz y agotado cae al suelo, se gira y ve venir a la fiera. Pero Kiwa no morirá lentamente, se dice. Toma el cuchillo, sitúa su filo sobre el cuello, y en el instante en que se dispone a hacerlo, oye un trueno y las espesas melenas del león acarician sus piernas con mimo.

Asombrado, se incorpora con lentitud y tembloroso palpa al Dios agonizante. Vuelve la vista y allí, a unos cincuenta metros, descubre a un ser parecido a un gorila con piel… blanca. El ser gesticula y articula rugidos incomprensibles a la vez que efectúa movimientos circulares con un trozo de piel en sus garras. Paralizado, el cazador lo observa con recelo. A continuación se vuelve a mirar más atemorizado al dios león y lo toca de nuevo. ¡Está muerto! No hay duda. ¿Cómo ha sucedido? Luego, aquel extraño gorila blanco es… ¡más poderoso! ¿Cómo no le previnieron los ancianos?

Ve acercarse al dios gorila blanco. ¿Sonríe? No… Es una falsa impresión. ¡Es un engaño! Cuando esté cerca de Kiwa y lo tenga a su alcance, el Dios lo tomará y lo devorará…

Ahora puede ver el rostro del ser y oye su rugido. Es agudo y extraño. Pero hay un detalle que no le resulta desconocido. ¡Tiene melenas! Melenas amarillas en el semblante. ¡Puede verlas con claridad! De repente comprende. No es un gorila blanco, sino un fiero dios león que lo hechiza para atraparlo.

Se sitúa el cuchillo en la garganta. El dios blanco león alza las manos se detiene y comienza a rugir con ira. Entonces Kiwa, está por completo seguro. No se trata de un gorila blanco sino de un león disfrazado. Y ha estado a punto de engañarlo. Pero Kiwa es astuto como el chacal y sabio como el viejo mandril. Mira a los ojos del león y lanza una aguda carcajada. El Dios parece comprender y enmudece. Baja las zarpas y se queda muy quieto, casi paralizado.

El cazador, con un leve esbozo de sonrisa triunfal en sus labios, efectúa un parsimonioso movimiento semicircular al degollarse, y cae desangrándose a los pies del Dios. Quien agachándose alterado, sólo acierta a decir en su idioma incomprensible:

“¡Livingstone. Doctor Livingstone…!”




José Fernández del Vallado. Marzo 2007.



Texto agregado el 27-03-2007, y leído por 117 visitantes. (15 votos)


Lectores Opinan
2008-09-11 16:03:42 al principio me parecio como una historia de la selva, y luego el final, me parecio como algun tipo de alucinacion de una persona moribunda. darioletha
2007-04-09 18:13:51 buenisimo como siempre eslavida
2007-03-31 20:04:06 Genial. Me encanta como dibujas la lucha entre el hombre negro y los animales, una lucha entre iguales en el que gana el más fuerte o el más astuto. Y como tiene la valentía, el instinto de morir ante quien cree un dios. Parece una alegoría del destino de Africa frente al conquistador blanco. m_a_g_d_a200 0
2007-03-31 12:42:29 Sólo puedo decirte una cosa..Si fuera una editorial..Lo publicaba en seguida...El hombre blanco, Lvingstone o Stanley, todos ellos violaron el destino del mundo africano...EXCELENTE. churruka
2007-03-30 04:38:06 ps esta bueno extenso pero bueno heriol
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