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El asedio ( I parte)

El asedio ( I parte)



El sol acuchilla a los fusileros del quinto regimiento galés. Su mundo es una hondonada, un agujero de luz y de fuego, un pedazo de horno, anónimo y desolado en la infinita luminosidad del desierto.



La mitad de la tropa yace bajo tierra o se pudre sobre la arena entre alacranes y escorpiones. Los supervivientes persiguen el frágil alivio de las sombras parapetados tras sacos terrenos, construidos a toda prisa en una frenética carrera con la muerte en los talones; o permanecen ocultos bajo el grupito de raquíticas palmeras que configuran la única vegetación del oasis. Una charca casi seca supervive gracias a sus reservas subterráneas. Espera paciente a que alguna lluvia pasajera se pierda por sus seno y la riegue fortaleciéndola. Al borde de una orilla se erige una iglesia en ruinas que unos locos holandeses construyeron hace un par de décadas en honor a su dios, y que se ha convertido en el improvisado puesto de mando desde donde los oficiales, aún en tan precarias circunstancias, intentan mantener la disciplina y sus privilegios. En las deterioradas estancias del edifico se encuentran los enfermos graves que se niegan a sucumbir. Un médico escocés, regordete y jovial, aunque algo sensible, se evade de la constante presencia de la muerte mediante un agudo estado de embriaguez mientras cuida afectuoso a sus pacientes.
Los hombres semejan salamandras pegadas al entorno. Aguantan aletargados el bochorno. Sólo adquieren agilidad en busca de cualquier hueco, de cualquier arista o pliegue del terreno que les permita eludir los rayos de un sol despiadado. El sudor es su inseparable compañero durante el día , pegajoso y molesto se enfría con la caída de la tarde y con el pánico, cuando a los guerreros zulúes les da por iniciar otro estridente asalto.



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Hace más de dos semanas que el regimiento ha partido de Monrovia. Exploradores de supuestas tribus amigas notificaron al alto mando que un nutrido grupo de guerreros zulúes se había alzado en armas. Los rebeldes, que según la información recibida se trataba tan sólo de un foco aislado, destruían y atacaban las colonias de los blancos que encontraban a su paso. Los colonos alarmados exigieron la pronta presencia del ejército. Los generales británicos ordenaron al quinto regimiento a que se desplazase a la zona con la misión de proteger la vida y la propiedad de los colonos europeos; y si era posible, aniquilar a los zulúes rebeldes que habían tenido la osadía de enfrentarse a la corona y atentar contra los súbditos del imperio.
El origen y la causa de la cólera de los africanos residía en las insaciables ansias de expansión de los colonos, que ignorando los tratados establecidos, se habían adentrado en los fértiles territorios al otro lado del Limpopo en busca de nuevas tierras. Las tribus zulúes se vieron desplazadas de su hábitat por una horda incontenible de colonos que las arrinconó en una franja inhóspita y poca apta para la vida al margen del desierto del Kalahari.



Cuando los fusileros del quinto regimiento se trasladaron al lugar de los hechos la mayoría de los guerreros zulúes habían desaparecido por arte de magia, para reaparecer en los lugares menos propicios donde el ejército no podía ofrecer su protección a los colonos.
En un encuentro bastante sangriento los soldados galeses lograron repeler los ataques y el teniente coronel Scott, oficial en jefe de la tropa, no dudó en perseguir a los supervivientes. Ordenó seguir sus huellas hasta adentrarse en el temido desierto del Kalahari.



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El regimiento avanzó por un mar de arena. Las columnas se deslizaban torpes sobre las dunas tras los guerreros zulúes, que al amparo del desierto habían logrado perderse en su inmensidad. Descubrieron que las huellas dejadas por los rebeldes en la arena aumentaban conforme se iban internando en el Kalahari. Éstas ya no sólo se hallaban delante suyo sino a los flancos, incluso detrás del regimiento. El mayor Fitzgerald, hombre precavido, aconsejó con éxito al teniente coronel que enviase un par de exploradores a la más próxima guarnición en Mafikeng, por la remota posibilidad de que hubiese necesidad de refuerzos. Scott asintió a regañadientes.



Al sexto día y tras una fatigosa marcha por el desierto alcanzaron las ruinas de la misión holandesa. Los hombres hartos de sol y de arena se permitieron un respiro bajo las palmeras junto a la charca del oasis. Con los labios resecos y la lengua hinchada se abalanzaron sobre las aguas de la pequeña laguna. Su alegría fue breve. Al amanecer del día siguiente, cuando el alba se desteñía morado entre un revoltijo de nubes escarlatas, descubrieron una marea oscura que se recortaba sobre el cielo aferrada a los bordes de la hondonada que rodeaban el oasis. Aquella aglomeración impresionante de guerreros zulúes observaba silenciosa a los asombrados fusileros, que borrachos de sueño y a la sombra de su pánico, comenzaron trastornados a fortificarse en los perímetros del oasis. Habían caído en la trampa que no sólo el Kalahari les había tendido.



Los instantes transcurrían y los guerreros africanos permanecían impasibles; contemplaban a su presa, hasta que un ruido ensordecedor de miles de gargantas enardecidas rompió el silencio. Los africanos se lanzaron al ataque. En este primer asalto el regimiento perdió un tercio de sus efectivos. Si logró repeler el ataque fue debido a la superioridad técnica de sus medios, a sus fusiles Máuser, a sus dos cañones de campaña y a sus cuatro ametralladoras pesadas. Los guerreros zulúes, a diferencia de sus enemigos, únicamente disponían de lanzas y de flechas.
Y sin embargo los africanos tenían el tiempo y la paciencia a su favor. Conocían la ubicación de los pozos existentes en la zona, que jamás habrían sido capaces de descubrir los británicos sin ayuda. Aguantaban sin dificultades el sol de su tierra y el hombre blanco los había acostumbrado a la carencia de alimentos. El desierto se había convertido en su mundo, en su hogar. El asedio comenzó; se transformó en una rutina que rondaba a la muerte con placer.



(Continuará)



Churruka, 27.03.2007


Texto de churruka agregado el 28-03-2007.
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