La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - Claraluz - 'Huellas en el camino.'
Huellas en el camino.
Santilán era un bello pueblo perteneciente al municipio norteño y costero de Sacusa. Allí y siendo muy niñas se conocieron Mabel y Fabiola, en una España difícil dividida por la postguerra donde pasaron necesidades intentando sobrevivir a la miseria.
Compartieron juegos y con el tiempo confidencias de juventud, fueron la mejor amiga la una de la otra.
Mabel se convirtió en una joven muy bella, delgada y de tez morena con unos expresivos ojos color canela. Era una mujer trabajadora, luchadora e incansable. Fabiola era una mujer rubia y muy guapa, bondadosa, sensible e inquieta.
Todas las tardes bajaban juntas al barranco “Riquiánez” en busca de agua que llevar a sus casas, caminaban descalzas entre empedrados senderos, la planta de los pies se les había endurecido con el tiempo.
Al caer la tarde salían por el barrio con un grupo de amigos y amigas. Los vecinos tenían por costumbre asomarse a las ventanas de sus casas para conversar mientras veían pasar a la gente, algunos colocaban sillas en las aceras y allí se sentaban.
Pronto las dos amigas fueron cortejadas por dos apuestos jóvenes, amigos de la infancia. Las salidas se repetían, compartiendo risas y descubriendo nuevas emociones.
Cuando Fabiola se casó, Mabel llevaba dos años de feliz matrimonio y era madre de un niño, Rafael, de tan sólo seis meses de edad. Vivía en una casa heredada por su marido; tenía dos habitaciones, una cocina, un baño y en la parte de atrás un solar donde alimentaban y cuidaban una docena de gallinas y una burrita llamada Pita.
En cambio Fabiola se casó sin tener la casa terminada pero si una habitación con luz y agua. Por eso todas las tardes ayudaba a su marido a construir la casa, además debían darse prisa pues el primogénito venía en camino. Trabajó duro y sin descanso transportando pesados baldes de arena y cemento. Su embarazo fue normal hasta que pasado unos meses comenzó a notarse las articulaciones inflamadas. Primero fueron los pies y las manos, luego la espalda y así hasta extenderse por todo el cuerpo, que terminó muy hinchado. En el momento del parto no pudieron hacer nada por ella ni por el bebé, ambos fallecieron.
Para Mabel fue un duro golpe, había perdido algo más que una íntima amiga, Fabiola había sido como una hermana para ella. Rota de dolor acompañó al velatorio y posterior entierro. El cielo se tornó oscuro y comenzó a llover de la misma manera que lo hacían sus ojos, de tristeza.
El pueblo entero estaba allí para dar su apoyo a Dª.Juana, madre de Fabiola, una mujer muy querida por todos, que había enviudado siendo muy joven y con dos niños a los que supo sacar adelante.
Fabiola le había contado a Mabel que su madre tenía una “costumbre”, la de hablar con los muertos. Decía que cada noche invocaba a los difuntos, estos aparecían en su casa y su madre mantenía conversaciones con ellos. A Fabiola le daba miedo, no lo aprobaba pero vivió aceptándolo.
Un mes después del entierro, cuando ya Mabel se disponía a preparar la cena escuchó cómo tocaban a su puerta.
- Hola Dª.Juana. ¡Qué sorpresa! ¿Cómo está?
- Bien, querida ¿Puedo pasar?
- Claro, adelante.
Mabel se quitó el delantal que llevaba puesto y lo dejó a un lado de la encimera, ambas tomaron asiento.
- Hija sé lo mucho que querías a Fabiola y tú a ella también.
- Fue un duro golpe - dijo Mabel- cogiéndola de la mano.
- Desde la noche en que mi hija falleció he intentado hablar con ella invocando su espíritu, pero cuando aparece no me habla y me da la espalda. Dijo rompiendo a llorar-
- No se atormente mujer, está muy afectada todavía, el golpe ha sido muy duro y ha sufrido mucho. Debe descansar y no pensar en esas cosas.
- Pero estoy asustada, pienso si mi hija estará enfadada conmigo y por qué razón.
- Dª.Juana yo soy como su hija, ella respetaba esos temas pero no los compartía ni aprobaba. Tal vez por eso no quiera acercarse con esas prácticas. Dejémosla descansar ¿le parece?
Al rato y ya mucho más tranquilo se levantó para irse a su casa.
-Mabel, me gustaría pedirte una última cosa.
- Dígame.
- Si mi hija te visita, se te hace presente aún sin invocarla ¿me lo harás saber?
Mabel dio un paso hacia atrás, mitad sorprendida y mitad asustada. Le aterraba la simple idea de que eso pudiera suceder y no lo quería bajo ningún concepto.
Cuando se despidieron, fue a la cocina donde hirvió una cazuela con agua para guisar un poco de arroz.
Al poco llegó su marido que venía de trabajar. El se encargó de bañar al pequeño Rafael mientras su madre le calentaba algo de leche. También le puso el pijama y le dio la cena, luego lo recostó en su regazo.
La madre llegó y sonrió viendo tan feliz estampa.
- Anda cariño, acuéstalo en la cuna y vayamos a la cocina, la cena está servida.
Esos ratos de la cena eran sus favoritos, después de un ajetreado día donde apenas se habían visto por fin podían hablar y contarse sus cosas con tranquilidad. Primero ella escuchó a su marido y luego le contó la visita de Dª. Juana.
- ¡Dios Santo, Mabel! Esa mujer está loca.
- Ya sabes lo que nos contaba Fabiola. Yo creo que no está loca pero me asustó mucho.
- A mí también me asustan esas cosas, así que por favor no le sigas la corriente a esa mujer.
Ella se lo prometió y se fueron juntos a la cama sin hacer ruidos. Su marido y el pequeño Rafael ya dormían cuando ella apagó la luz de la mesilla de noche, se giró sobre su brazo izquierdo en dirección a la puerta y fue entonces cuando vio la aparición de Fabiola. Estaba de pie en la puerta y entró en la habitación, vestía un traje beige, pasó delante de la cómoda y luego bajo los pies de la cama. En ese punto miró hacia Mabel con dulzura y le sonrió. Siguió avanzando hasta la cuna, que meció con suavidad, para luego regresar sobre sus pasos. Ya en la puerta volvió a mirar a Mabel y su figura se desvaneció.
- ¡Despierta, despierta! - gritó a su marido-
Sabía que no había sido un sueño, estaba segura de que todo fue real. Para sorpresa suya no sintió miedo, al contrario, le transmitió mucha paz y tranquilidad.
Su marido la abrazó algo confuso por lo sucedido, y ambos desviaron la mirada hacia la cuna que aún seguía balanceándose. Fueron en busca de Rafael y lo acostaron en la cama en medio de los dos. Allí permanecieron inmóviles mirándose a los ojos, sin preguntar, sin responder.
Aquella fue la primera y última aparición de Fabiola.
Mabel tuvo seis hijos más y una vida longeva que pudo disfrutar al lado de su familia y amigos, aunque siempre notó la ausencia de su íntima y mejor amiga. Cada noche recordaba en sus oraciones a los seres queridos que se habían ido.
En el camino de la vida, fue feliz.
En el de la muerte, se sintió satisfecha y dichosa.
Texto de Claraluz agregado el 29-03-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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