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Inicio / Cuenteros Locales / el_inefable_jota / La Comedia Divina (Discúlpeme usted, señor Dante)

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:279827]

Llevaba varias noches sin poder conciliar el sueño, ni tan sólo había podido echar una ligera cabezadita. ¡Cuantas veces había rogado a Morfeo que acudiera a mi pequeño dormitorio para llevarme con él a su onírico reino! O por lo menos para que me ofreciera una explicación coherente del porqué de mi insomnio. Sin embargo, esa noche Vicky había cedido a mis otras lujuriosas plegarias y se había decidido a endulzar mi desvelo con algo más que su presencia. Abrazado a su cuerpo desnudo, revolviéndole los rojos cabellos que se amotinaban salvajemente sobre su rostro jadeante, no echaba de menos el dormitar. Allí, entre sus cálidos muslos y sobre sus pechos firmes, la noche dejó de ser una tortura para mí.

–¡Sigue Hugo! –gritaba con la voz entrecortada–. ¡No pares!

–Mmm... Vicky... me pones a cien. ¡Que buena estás!

El somier también parecía disfrutar y se expresaba con crujidos metálicos. A mí me faltaban manos para poder acariciar todos los rincones del cuerpo de Vicky mientras sentía sus brazos rodeando mi cuello, llevándome hacia sus carnosos labios. Cuando ya divisaba la cima del placer, alguien golpeó la puerta varias veces.

–Abran la puerta, por favor –dijo una voz chillona y muy desagradable. Evidentemente los dos hicimos caso omiso al requerimiento de quienquiera que fuese el inoportuno recién llegado, siguiendo con nuestro delicioso juego.

–¡He dicho que abráis la maldita puerta, puñetas! –repitió esta vez en tono más colérico, pero igualmente desagradable.

–No le hagas ni puñetero caso –jadeé–, no espero a nadie.

Vicky asintió con un leve gesto mientras se mordía el labio inferior. Seguía agitándose como un caballo salvaje y yo trataba de estar a la altura de las circunstancias. Ella era el tesoro más deseado de toda Santa Coloma, y la tenía allí, en mi cama, entregada a mis deseos.

–¡Está bien! ¡Contaré hasta tres! ¡Si no abrís la puerta, la tiro abajo! –aquella voz mezquina me empezaba a cabrear de verdad.

–¡Uno!

–¡Oh Hugo! Dame más, más fuerte.

–Si cariño, toma, toma…

–¡Dos!

No sería capaz, nadie con dos dedos de frente derrumbaría la puerta de un extraño. Vicky me agarró del pelo y me empujó sobre sus pechos. ¡Que sabor tan dulce el de sus duros pezones!

–¡Tres! –y se oyó un terrible estruendo. La puerta cayó al suelo y alguien entró a trompicones en la habitación. Vicky lanzó un alarido. Yo me quedé inmóvil y atónito sobre ella. El individuo se sacudió el hombro con cierto aire de satisfacción y nos miró. En mi vida había visto a nadie semejante. Vestía una túnica blanca y corta, bordada con hilos dorados, y llevaba una corona de flores sobre su cabeza. Pero lo más sorprendente no era su atuendo, sino las enormes alas de mariposa que asomaban detrás de él, dándole un aspecto absolutamente ridículo.

–Buenas noches.–dijo con tono sosegado–. Permitid que me presente. Mi nombre es Morfeo, el dios del sueño.

–¿Quien? –pregunté.

–Morfeo. ¿Estás sordo o que?

-¿Morfeo?

–Sí, Morfeo. Es la tercera vez que te lo repito.

–Mira, no estoy para bromas, así que lárgate.

–¡Que bromas ni que ocho cuartos! ¡Soy Morfeo, leches!

–Oye, no me fastidies. A ver si piensas que me creo al primer idiota que echa la puerta abajo y dice que es un dios.

–Hombre de poca fe, ni que te pasase cada día ¿No ves mis alas de mariposa? –dijo moviéndolas mientras se inclinaba para que yo las pudiese ver mejor.

–Sí.

–¿Y no ves mi túnica de lino blanco bordada en oro?

–Sí.

–¿Y quien te crees que soy? ¿El ratón Mickey?

–No. Él tiene las orejas más grandes –bromeé.

–¡No me hagas enfurecer! –exclamó sacando una agenda con tapas de cuero negro–. Aquí tengo claramente anotada mi cita contigo esta noche. He aquí tu nombre: Hernández Hidalgo, Hugo. Transportar al reino de los sueños por expreso deseo del sujeto en cuestión. Tú mismo lo solicitaste, ahora no te puedes echar atrás.

–¿Ah, no? –repliqué–. Pues me echo atrás. ¿Que pasa? No quiero dormir, así que vete por dónde has venido.

–Eso es imposible –respondió el supuesto dios.

–¿Porqué? –pregunté sorprendido.

–Porque he venido en metro y ya lo han cerrado. Son las dos de la madrugada. Deberías saberlo. ¡Vives en esta ciudad!

–¿Has venido en metro? –pregunté aún más sorprendido.

–¿Y cómo pretendes que venga? ¿Volando?

–¿Para qué diablos son entonces esas horteras alas de mariposa?

–Sólo son parte del uniforme, un distintivo. Zeus lleva un rayo, Apolo una lira y Gila un teléfono...

–¿Gila?

–El humorista, puñetas, que pareces tonto.

–¿Que tiene que ver Gila?

–Nada, leches. Era sólo un ejemplo. Eres un poco lerdo tú.

–Oye, no me insultes, encima que has venido a aguarme la fiesta...

Los verdes ojos de Vicky escrutaban a aquel curioso personaje. Morfeo la miró con perplejidad y sus alas de mariposa dejaron de moverse. Observó con detenimiento la desnudez de mi chica, sus piernas cruzadas en mi espalda, cómo sus muslos torneados me acogían con sensualidad, su piel mojada por el sudor y sus pechos aplastados por mi cuerpo. Por un momento me pareció percibir un bulto en su entrepierna... En la de Morfeo, por supuesto.

–Por cierto ¿Qué estabais haciendo? –preguntó titubeante aquel peculiar ser. Ante semejante cuestión, estallé en cólera y busqué nerviosamente los calzoncillos.

–¿Tú que crees? Me parece que el cretino eres tú. Venga, lárgate, no molestes más.

–Sí. Me voy. Y tú conmigo –dijo la divinidad.

–¡Un cuerno! Yo no voy a ninguna parte, engendro.

–Oye, oye, más respeto, que soy un dios. ¡Mide tus palabras conmigo, miserable mortal!.

–Bueno, creo que yo sí que me voy –dijo Vicky levantándose de la cama, tapando sus deliciosas partes vergonzosas con la sábana. Parecía asustada, o quizá no entendía muy bien lo que estaba ocurriendo

–¿Cómo que te vas? –exclamé–. El que se va es él.

–Nada, nada –dijo Morfeo–. Que se marche ella. Lo ha dicho antes.

–¡Tú te callas o te atizo! –amenacé.

–¿A mí? –replicó con chulería cantarina el dios–. ¿Al dios del sueño?

–Mira Hugo, este asunto es entre tú y él –insistió Vicky–. No quiero entrometerme, pero sería un desprecio por tu parte no acompañarle. Al fin y al cabo él sólo cumple con su trabajo.

–¿Ves ingrato? Hasta tu novia entra en razón. Venga, no seas tozudo y ponte algo de ropa que nos vamos.

–Pero Vicky. ¿Cómo va a ser este descerebrado un dios?

–¿No serás uno de esos existencialistas? –inquirió Morfeo.

–¿Un qué? –pregunté.

–¿Un qué? –preguntó Vicky.

–Nada, no he dicho nada. Estoy anonadado ante vuestro inmenso nivel cultural. Venga, déjate de tonterías y vámonos. Al final esto acabará en una siesta infame.

–Venga vete –me animó Vicky.

–Estamos en democracia, por mucho dios que seas, yo tengo mis derechos –reclamé.

–Definitivamente eres un mentecato. ¿No ves que te hago un favor? –dijo Morfeo en tono paternal.

–¿Favor? ¿Crees que estaba haciendo? ¿Yoga? ¿O meditación transcendental? ¡Estaba echando un polvo con este pedazo de mujer!

–A mí me importa un bledo lo que hagas o dejes de hacer. Esos asuntos los tratas con la golfa de Afrodita. Nos vamos ya, o llamo a mi jefe, Zeus largividente, y te vas a enterar.

–Mira como tiemblo. Por mí como si llamas a Elvis Presley...

–Pues tú te lo has buscado…

De repente, las luces se apagaron y la oscuridad se cernió sobre nosotros. Un rayo atravesó la habitación y fue a parar al armario ropero, que quedó carbonizado al instante. Después hubo un gran estruendo, como si nos azotara una terrible tormenta. Vicky se aferró a mí, había temor en sus ojos. Morfeo dibujó una cínica sonrisa en su rostro al tiempo que se frotaba las manos. En medio del resplandor apareció una sombría silueta barbuda, cubierta por una larga túnica sin mácula, que llevaba en la mano un rayo de cartulina amarilla.

–¿Quién llama al todopoderoso Zeus?

–Yo, Morfeo, tu fiel súbdito. Este humano se niega a viajar al reino de los sueños después de haber requerido mis favores.

–Venga mortal, deja de hacerte el remolón y acompaña al señor Morfeo.

–No pienso moverme ni un centímetro.

–¡Que borde que eres, Hugo! Ya ve usted señor Zeus, no hay manera –dijo Vicky.

–¡Ni borde, ni hostias! ¡Ya os podéis ir marchando! ¡Esto ya es una cuestión de principios! –exclamé.

–¡Se acabó! –y a Zeus se le ensombreció la mirada–. No voy a consentir que una piltrafa humana y una criatura lasciva se me suban a las barbas. Vuestro castigo será ejemplar.

Zeus alzó el rayo de cartulina amarilla y pronunció unas palabras en un idioma que yo no entendía. Vicky se refugió detrás de mí, estaba temblando.

–¡Dios mío!–exclamó Vicky.

Y de repente se volvió a ir la luz. Otro rayo cruzó la habitación y fue a parar a la cama que también quedó carbonizada al instante. Se oyó el rugido de un trueno y, delante de Zeus, apareció una figura indescriptible. Era aquel al que llaman Elieh, o Yah, o Yodhevá, o El, o Elohim, o Zebaoth, o Hei, o Shaddai, o Adonai… en resumen, Yahvé para los amigos. El mismo dios olímpico quedó petrificado al verle.

–¡Zeus! ¿Cómo osas atacar a una de mis feligresas?
–dijo Yahvé.

–A ti nadie te ha dado vela en este entierro –respondió Zeus.

–Zeus, sabes que tu reinado ya terminó hace tiempo. Así que vete a jugar al dominó con Odín, Mitra y los demás.

–¡No me gusta el dominó! ¡Además, estoy harto de que Mitra haga trampas! –protestó Zeus.

–Pues a la petanca. O vete de vacaciones a Benidorm.

–Señor –dijo Morfeo–, la paloma se ha cagado en mi cabeza.

–Es que hace tiempo que no la saco a pasear –se excusó Yahvé.

–No permitiré que tu maldito pajarraco haga sus necesidades encima de mis súbditos. La culpa es tuya por no educarla bien. Siempre hace lo mismo.

–¡Que nadie toque a la paloma! Es sagrada –ordenó Yahvé.

–¿Ah, sí? ¿Porqué? –preguntó Zeus con tono burlesco.

–Porque me da la gana a mí, y punto.

–¡Un momento! –interrumpí–. ¿Quién pagará los desperfectos? Con tanto rayo me habéis dejado el apartamento hecho un cenicero.

–¡Será grosero el humano! –exclamó Morfeo echándose las manos a la cabeza.

–Jo, Hugo, es que no te callas ni debajo del agua. Vas a hacer que estos señores se enfaden –me recriminó Vicky.

–Haz caso a esta preciosa criatura, mortal insignificante –me aconsejó Yahvé.

–Claro, como tú no pagas el alquiler... –musité.

–Calla, calla –me interrumpió Yahvé–. Que el cielo me sale por un ojo de la cara. Y no te cuento el dineral que me costaba el paraíso. ¿Porqué te crees que puse de patitas en la calle al gorrón de Adán y a la petarda de Eva?

–¡Ya está bien! –exclamó Zeus–¡Me llevo al humano conmigo! ¡Vamos si me lo llevo!

–¡Tú no te llevas de aquí a nadie! –contestó Yahvé–. Y no me tientes Zeus, o te quito la pensión.

–¡Eso es chantaje! –protestó Morfeo.

–¡Ya estoy harto de tanto dios! –grité lleno de ira– ¡Si yo soy ateo, puñetas!

Se hizo un repentino silencio. Los tres dioses me miraron con el rostro desencajado, casi pálidos. Vicky también quedó sorprendida ante mi declaración de principios.

–¡Será cretino el tío! –estalló Zeus– ¡Podías haberlo dicho antes!

Morfeo rompió a llorar y a patalear como un niño. Su señor intentaba consolarle en vano.

–Vamos, Morfeo, no te pongas así. Los tiempos han cambiado. Estos mortales son una colla de desagradecidos. Además, te dijo el doctor Hipócrates que tenías la tensión muy alta.

Yahvé miró a Vicky con algo más que ternura en sus ojos. Se acercó a ella y le acarició el rostro.

–Menos mal que aún quedan feligresas como tú, dulce criatura. Si no que sería de mí.

–Gracias Señor, te ruego que le perdones. No sabe lo que dice. Es una oveja descarriada.

–¿Oveja? –exclamó Morfeo entre risas histéricas– ¡Querrás decir cabrón! ¡Ese humano es un pedazo de cabrón! ¡Yo lo mato!

–Vamos, Morfeo –le tranquilizaba Zeus mientras lo agarraba por las alas–. Vámonos de aquí. Esto apesta a ateo.

Y ambos se marcharon, aunque a lo lejos todavía se escuchaban los improperios que Morfeo me dedicaba. Yahvé le guiñó el ojo a Vicky y alzó la mano.

–Te bendigo, criatura. Y ya sabes que puedes encontrarme en el confesionario más cercano. Adiós.

Y también se marcho dejándonos a Vicky y a mí. De repente la luz se apagó y, durante un instante, creí estar en medio de la nada. En la oscuridad, no sé que fue de Vicky, porque empecé a desfallecer hasta sumergirme en el olvido.

Epílogo

Me despertaron los rayos del sol acariciando mi rostro. Con los párpados aún pegajosos, miré el reloj. Eran las dos del mediodía. Me había quedado profundamente dormido. ¿Y aquel extraño sueño? Parecía tan real que lo primero que hice fue mirar el armario ropero. Estaba intacto. ¿Que había pasado? Me incorporé lentamente, mis músculos estaban entumecidos. Entonces vi un pedazo de papel que yacía sobre la mesita, parecía que tenía algo escrito. ¿Que diablos podía ser? Lo cogí y lo que mis ojos leyeron hizo desfallecer mi ánimo:

Lo de esta noche ha sido la gota que colma el vaso. Después de tu insistencia para pasar la noche en tu casa, después de elegir mi mejor perfume, después de vestirme con mi ropa interior más seductora, te quedas dormido encima de mí. Nunca nadie me ha humillado tanto como tú. Eres un fracaso, Hugo. No intentes llamarme, no me busques. No quiero verte más. En resumen, querido: VETE A LA MIERDA.

Vicky


–¡Me cago en Dios! –fue lo único que se me ocurrió gritar.

Texto agregado el 30-03-2007, y leído por 242 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2008-03-19 14:59:49 jajaja. Notable. qué agilidad, qué humor. Gracias! eride
2007-08-03 21:26:21 Buenisimo!!! Mis aplausos. Rauzan
2007-08-03 14:12:24 At wey! perdon la expresion. con tu permiso, compartiré estos textos por aca, a ver si a algunos les entra lo de la letra... sensei_koala< /a>
2007-03-30 12:47:02 Jajajajajajajaja, excelente!! Qué buena manera de comenzar el día leyendo un texto como éste! Te felicito, es desopilante de principio a fin, me reí muchísimo (pobre Hugo...) tiresias
2007-03-30 11:31:08 Jajaja ya veo que te visitó el Uneador! Por lo visto hay un amargado que, texto nuevo que sube, texto que le pone una estrellita... Como si eso importara a alguien! Respecto a tu texto: espero que la gente no se desanime porque sea un poco largo para lo que se estila por aquí, porque se lee facilísimamente y tiene un humor entre lo irónico y lo blasfemo divertidísimo e intelectualmente sano, higiénico, diría yo. moebiux
 
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