Amanecía perezosamente y tras una noche de lujuria, se levantó para fumarse un cigarro, el primero del día. Abrió la puerta del balcón y dejó que el viento de la mañana acariciase su cara y jugase con su largo cabello negro. Su amante había salido a comprar el desayuno, era necesario reponer las energías que el pecado de la concupiscencia consume. El pitillo fue efímero, se terminó demasiado pronto. La mañana se levantaba fresca y volvió a cerrar la puerta de la terraza. Fue entonces, al darse la vuelta para dirigirse al baño, cuando oyó un tremendo golpetazo detrás suyo. Se giró de sopetón y, cuando vio a aquel tipo en el balcón doliéndose del impacto contra la puerta, el susto inicial se tornó asombro. ¿Porqué asombro? La razón fundamental era que estaba en un tercer piso, y es sabido que los hombres no pueden volar. Aunque al observar más detenidamente a aquel sujeto, distinguió dos pequeñas alas que brotaban en su espalda. Evidentemente, debía ser un ángel.
–¿Se encuentra bien? –le preguntó entreabriendo la puerta del balcón.
–Fí, fero creo que he ferdido la fentafura.
–¿Eres un ángel de verdad?
–Fí, foy Gafriel.
–¿Gafriel?
–No, Gafriel.
–Eso es lo que he dicho.
–Gafriel, con fe.
–Se dice con efe.
–Con fe. ¡Fuñetas!.
–¡Ah! –se percató– Gabriel, el ángel mensajero.
–Efo, efo.
El querubín encontró su dentadura y se la volvió a colocar en el interior de su mandíbula.
–Que alivio –suspiró Gabriel–. A ver si miramos antes de cerrar los balcones.
–Chico, no me visita un ángel cada día, lo siento dé todos modos.
–Ya, bueno, al grano... ¿Puedo pasar?
–Claro, adelante.
Cuando el ángel estuvo dentro del apartamento, se sacudió la túnica blanca, se adecentó el cabello rubio y rizado, y adoptó una pose altiva.
–¡Oh, afortunada mortal! El Señor te ha elegido a ti, mujer, para engendrar su nuevo vástago después de dos mil años. ¡El Mesías! ¡El Salvador!.
–¿A mí?
–Sí, que suerte. ¿Verdad?
–Pues tenemos un problema.
–¿Cuál?
–¡Que soy un tío! –exclamó el inquilino.
–¿Un tío? –preguntó el ángel mirándolo extrañado–. Pero si tienes el pelo largo.
–¿Y?
–Que eso es de mujeres.
–¿Tú en que mundo vives?. La moda de hoy es distinta, los chicos llevamos también el pelo largo, y más los heavies como yo.
–¿Heavies?
–Sí, ya sabes, Metallica, Sepultura...
–Me tomas el pelo –dijo Gabriel moviendo la mano–. A ver, bájate los pantalones.
–¿Qué? Tú estas borracho.
Con una rapidez inusual, el querubín echó mano a la entrepierna del muchacho.
–¿Pero que coño haces? ¡Serás guarro!
–¡Eres un tío! –exclamó Gabriel escandalizado.
–¡Ya te lo dije! ¡Joder, que guarro!
El ángel comenzó a dar vueltas por el comedor, parecía muy nervioso.
–¿Y que voy a hacer ahora? –se lamentaba– ¡Ay, que fatalidad! Esto es gravísimo.
–Como si no hubiese tías en el mundo...
–Una vez hecha la elección, es irrevocable. ¿Quién morirá ahora por los pecados de la humanidad? ¡Que desastre!
El ángel se sentó, meditabundo, con la mirada perdida. De repente, dio un brinco, y se incorporó. Ante la sorpresa del muchacho, empezó a desnudarse.
–¿Se puede saber que haces?
–Un milagro, para eso me pagan. Engendraré en ti al vástago.
–¿Qué vas a qué?–preguntó el muchacho anonadado–. ¡Ni lo sueñes! ¡Tú no me cambias el aceite!
Empezó a correr por todo el piso, desesperado, perseguido por aquel demente divino que intentaba sodomizarle.
-¡Ven tonto! –gritaba Gabriel– ¡Qué seré cariñoso!
–¡Que te zurzan, maricón!
Trató de huir de todas las maneras imaginables, pero al final le capturó. Pataleó, tratando de zafarse del acoso del ángel, pero le fue imposible. Le tenía inmovilizado, y empezó a bajarle los pantalones. El ángel se echó hacia atrás, liberando a su presa, cuando le bajó los calzoncillos. El muchacho empezó a reír a carcajadas.
–¡Tú! –gritó Gabriel.
Había visto el rabo, no el de delante, sino el que florecía en su rabadilla. El otro lo movía mofándome.
–¡Has picado! –reía–. ¡No sabía que eras mariquilla!
–¡Satanás! ¡Maldito seas!
Gabriel enrojeció y fue a buscar su ropa. Satanás seguía acosándole con sus escandalosas carcajadas. Adoptó su verdadera forma, con la piel rojo vino, y se sentó porque no podía controlar sus risas.
–Te la he vuelto a jugar.
El ángel, humillado, se vistió y huyó volando como el viento.
–¡Hasta dentro de dos mil años, cretino! –se despidió el diablo.
Volvió a adoptar su forma humana y se puso los tejanos. Las lágrimas aún le resbalaban por las mejillas de tanto reír. En ese momento entró la dueña del piso, que había salido a comprar el desayuno. Que pequeño es el mundo. Cuando la noche anterior había ligado con esa chica en una discoteca, no imaginó que se trataba de la elegida. Hay que reconocer que Dios no tiene mal gusto, pensaba el diablo. Miles de años planeando su venganza, y el azar se la sirve en bandeja de oro.
–¿Ya estás de pie? –le preguntó María rodeándole con sus suaves brazos.
–Sí, cariño. ¿Te he dicho ya que me encanta tu nombre?
–Muchas veces esta noche. ¿Y a ti te han dicho alguna vez que follas como los ángeles?
–Si tú supieras... |