El asedio ( II )
Antes del mediodía los africanos inician sus ataques. Corren furiosos a estrellarse contra los parapetos de los defensores. Los fusileros los reciben con la bayoneta calada en formaciones cerradas. El asedio se alarga y la situación es cada vez más precaria. Los cañones enmudecieron hace dos días y la única ametralladora disponible contesta sólo en casos de extrema necesidad y a salvas cerradas. Incluso los fusiles disparan únicamente a bocajarro cuando el enemigo se halla a escasos metros de las defensas. Los combates cuerpo a cuerpo se multiplican. Los británicos se ven obligados a correr a lo largo del cinturón defensivo para taponar posibles brechas, lo que origina en los extenuados soldados un permanente estado de nerviosismo que raya la demencia; pero que sin embargo les ayuda a superar el miedo.
Al atardecer, con el sol henchido y pulposo a sus espaldas, los zulúes desafían al destino. En solitario o por parejas agitan sus lanzas y escudos en el aire antes de lanzarse a la carrera al alcance de los fusiles y arrojar sus lanzas dentro del oasis. Con frecuencia son abatidos por los francotiradores, pero en algunas ocasiones sus dardos consiguen dar en el blanco.
Con el crepúsculo el cielo se deshace en ocres y violetas y la temperatura disminuye. Es la hora en donde el horror se alía con el silencio y la quietud. Los centinelas permanecen en grupos, jamás en solitario, mientras sondean atemorizados las sombras cercanas. Hace dos noches un soldado cayó mal herido no lejos en la tierra de nadie. Dos camaradas suyos se ofrecieron a auxiliarlo y traerlo de regreso al oasis. Los dos soldados desaparecieron engullidos por la noche. La naciente claridad reveló a los defensores una visión espeluznante. Los tres soldados habían sido crucificados boca abajo sobre lanzas incrustadas en la arena. Donde se habían hallado sus lenguas tenían incrustados los testículos cercenados. Uno de ellos aún agonizaba. Un tirador de la cuarta compañía puso fin a su sufrimiento.
El abastecimiento escasea, aunque con cada fusilero que cae, aumenta la munición de los supervivientes. Las mulas tuvieron que ser sacrificadas, lo mismo sucedió con los caballos de los oficiales, incluso el hermoso corcel del teniente coronel corrió la misma suerte. Únicamente la mascota del regimiento, un dogo africano, logró escapar a la escabechina. Ha desaparecido. Durante la noche, en la oscuridad hermética, se le escucha aullar por las proximidades. Algunos afirman haber vislumbrado la silueta de una alimaña que se acerca a los cadáveres. Dicen haber percibido también unos gruñidos, cómo el animal hunde ávido sus fauces en la carne.
Cada día que transcurre disminuye la esperanza de los supervivientes. Es muy improbable que los refuerzos lleguen a tiempo, si logran encontrarlos. El médico del regimiento, McQueen, no enloquece gracias al alcohol. Realiza numerosas amputaciones y ya no le queda ni morfina ni anestésicos, sólo alcohol. A menudo se escucha un tiro aislado. Suele ser uno de los heridos graves, que prefiere la muerte súbita a la lenta agonía de la gangrena.
A lo sumo en tres días se habrá agotado toda la munición. Y aunque nadie hable de ello o lo mencione, saben que no deben caer en manos de los rebeldes... Se reservan la última bala. Resisten, esperan a que todo se acabe; o a la remota posibilidad de que aún lleguen los refuerzos y de que se trate tan sólo de una amarga pesadilla, al menos para los supervivientes.
*****
El fusilero Jenkins examina los bordes de la hondonada. Le han asignado la primera guardia, antes de que el resplandor del mediodía haga vibrar el aire en la distancia y dificulte la visibilidad. Se ha habituado a no perder los nervios cuando una masa oscura y estridente se derrama por los márgenes que limitan su campo visual.
Sus ojos son dos astillas de cielo azul que resaltan en un rostro rugoso y quemado por el sol. A sus treinta años las canas se han volcado sobre su cabello ensortijado. Minero, galés, no muy alto pero robusto, le falta un pedazo de oreja en la sien izquierda. No fue la guerra la causa de su mutilación, sino un altercado en las cuencas mineras de su tierra, cuando se enfrentaba a los Bobbys británicos o a los perros de presa de la patronal que tumbaban las huelgas. A raíz de su militancia fue finalmente detenido y encarcelado. Le obligaron a enrolarse en el ejército si deseaba eludir los cinco años de condena. Lo enviaron bien lejos, para evitar más molestias a la corona. Hay muchos como él en el regimiento y por ironía del destino combate por una causa que no es la suya y que además detesta; ni siquiera se considera británico.
Jenkins se quita el salacott y se refresca la nuca con un pañuelo húmedo. Su guerrera, su uniforme, sobre todo la espalda, está empapada de sudor. No le está permitido fumar durante la guardia pero a estas alturas le trae sin cuidado el reglamento. Intuye que en breves días será pasto de los buitres y las hienas. Fuma con placer, saborea el tabaco. El humo se escapa lento en filigranas azules por la comisura de sus labios. A su lado, Willians, su compañero de guardia, un mozalbete pelirrojo y delgado como un palo, que apenas ha cumplido los veinte años, sujeta su fusil como si le fuera la vida en ello. El miedo le sube y baja por la garganta mientras otea el horizonte. Jenkins lo mira entre risueño y compasivo. Le ha tomado afecto a este torpe jovenzuelo londinense, alegre e inocente, con esa mata de pelo cobrizo que resalta aún más su juventud. Detesta a los ingleses, pero no es su culpa que Willians lo sea; además, se ha acostumbrado a la compañía del joven. El muchacho se ha convertido en su sombra desde que se iniciaran los combates.
-- ¿ Nervioso Willians?...Te van a salir ampollas en las manos si sigues agarrando el fusil de esa manera.
-- No..es sólo...
Tranquilízate, aquí estamos a salvo...Y si a esos le da por atacar no nos pueden ver dentro del parapeto... -- y añade con una sonrisa, viendo que sus palabras no producen el efecto deseado, --No te preocupes, tenemos tiempo más que suficiente para reaccionar y freírlos a tiros, por si acaso se acercan.
-- No, no es eso...--Willians responde después de una pausa, -- ¿ Crees que saldremos de esta? El regimiento escocés tendría que haber llegado hace días...
-- ! Mira, Willians! te voy a ser sincero, esto no es Londres, sino el Kalahari , y es posible que necesiten más de lo necesario para dar con nosotros, -- responde sin dejar de fumar y sin mirar al joven a los ojos.
-- Sí...Tal vez tengas razón...-- contesta Willians poco convencido.
-- Pues claro que tengo razón...Y que te sirva de lección...¿ Por qué narices tuviste que alistarte voluntario en el ejército? -- Jenkins alza la voz malhumorado. -- ¡ Habrá qué ser imbecil! -- añade con un chasquido.
Willians, afligido, no sabe que responder. Únicamente dirige la mirada hacia el suelo y antes de que pueda responder aparece el sargento mayor Davis por un recodo del parapeto. Cuartelero, enclenque, de piernas arqueadas, con un bigotito color paja que camufla una constante mueca de hastío, camina con las manos pegadas a la espalda mientras sus dedos manosean su bastón de mando. Descubre el cigarrillo de Jenkins y se aproxima agresivo. Incluso en tales circunstancias disfruta del poder que emana de su rango.
-- ¿ Fumando Jenkins? -- pregunta el suboficial con aire ausente.
-- Sí ¿ Alguna novedad mi sargento? -- responde Jenkins sin inmutarse.
-- ¡ Daré parte inmediatamente! – Afirma Davis enérgico alzándose sobre su talones. A continuación se coloca el bastón en el sobaco, extrae una libretita con un lápiz diminuto de su guerrera y comienza a escribir.
--¿ A quién ?...¿ Al teniente coronel Scott? ... Imposible, ayer se pegó un tiro, se voló la tapa de los sesos, después que nos zampásemos a su caballito.. ¡ No, espere!...¿ Por qué no habla con el mayor Fitzgerald?... Aunque no creo que le haga caso...Anda tan borracho como el doctor. -- responde Jenkins socarrón.
-- ¡ Espera a que regresemos a Monrovia...Entonces nos veremos las caras!
Jenkins se limita a sonreír.
-- Regresar...¿ A dónde? Como no sea a una fosa común, con la boca bien llena de gusanos y arena.
--¡ Lamentarás tus palabras maldito galés! -- grita el suboficial fuera de sí con el rostro enrojecido.
Jenkins le da la espalda y vuelve a examinar los perfiles de las dunas en busca de un posible ataque. Siente la mirada angustiada de Willians clavada en su espalda. Davis se aleja por los límites del parapeto mientras masculla entre dientes. Jenkins no llega a escuchar sus palabras porque en ese mismo instante un griterío ensordecedor despierta al mediodía de su letargo. Los zulúes atacan de nuevo.
(Continuará)
Churruka, 29.03.2007 |