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Inicio / Cuenteros Locales / FENIXABSOLUTO / MÁS ALLÁ DE LO APARENTE: TRIBUTO AL EXISTENCIALISMO

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MÁS ALLÁ DE LO APARENTE

Un infortunado piloto británico perdía el control de su avión caza, luego que el eficaz fuego de la artillería antiaérea nazi alcanzara a dañar severamente la cola del aparato, que de inmediato comenzó a perder altura haciendo llamas y dejando tras de sí, una larga estela de humo negro. Su desventurado ocupante se resistía a usar el paracaídas y salvar la vida, convencido de que era preferible morir con sabor a gloria y honor, antes de caer prisionero por el enemigo; mas un instante de duda y miedo, lo hicieron cambiar de parecer, arrojándose tardíamente al vacío, cuando apenas quedaban pocos metros para besar el suelo.

Debido al rápido y brusco descenso en paracaídas, el hombre no pudo evitar golpearse duramente la cabeza al desplomarse a tierra, perdiendo de este modo el conocimiento, por largo rato. Al abrir los ojos, el piloto británico se encontraba tendido de costado, sobre un desolado terreno eriazo y, se quedó así; inerte, sin mover un sólo músculo, tumbado en el suelo, observando fijamente el ultramontano horizonte prístino.

Ningún sonido llegaba ya a sus oídos sordos; ninguna idea ni pensamiento pasaba por su cabeza; ningún recuerdo ni desasosiego perturbaba su mente. El momento era todo lo que poseía y, ni siquiera de eso era consciente. Aquél amnésico individuo no era más el intrépido capitán Smith de la Real Fuerza Aérea Británica, tampoco el ejemplar esposo y amado padre de dos pequeños niños, mucho menos era más, el aliado ni enemigo de nadie. Si al menos tuviera la noción de saberse hombre... animal humano; entonces podría levantarse, sacudirse el polvo, echar a andar, vagar por el mundo para hacerse de preguntas que lo lleven a buscar respuestas sobre su origen y, que puedan éstas finalmente, conducirlo a un feliz reencuentro consigo mismo. Pero no; se quedó allí, mineralizado como una piedra más, contemplando su asombro en la agonía de un atardecer que incendiaba con vivos matices rojos las laderas de los montes distantes, mientras la hierba silvestre cosechaba hojarasca con el cómplice favor del viento. Conforme los minutos transcurrían, su asombro empezó a darle paso al pánico, al ver con impotencia cómo todo su mundo de formas y colores era devorado lenta e inevitablemente, por las fauces negras de la noche; y temiendo ser borrado también por ese manto insondable de obscuridad, cerró presuroso los ojos, sumiéndose en una ceguera absoluta.

Lo que ahora ignoraba el piloto era que se hallaba ciego por su libre voluntad e ingenuamente, éste creyó estar dentro de las entrañas de alguna inmensa bestia negra que lo engulló junto con el único pequeño mundo visual que había aprendido a reconocer. Su cuerpo anquilosado se abrigaba penosamente con la delgada tela del uniforme que llevaba puesto, resignándose a soportar el frío de la ingrata visita de los gélidos vientos soplados desde el norte y que cada noche dejaban muy presente lo inhóspito de pasarla a la intemperie en aquél estepario paraje.

Incapaz de recordar ningún episodio de su pasado, de acordarse cómo mover su cuerpo o de al menos recordar que tenía uno, de hablar, de escuchar, de volver siquiera a abrir sus ojos; el aviador fue sin proponérselo poco a poco despertando en un nuevo mundo de sensaciones nuevas: Frío que calaba hasta sus huesos, que estremecía su piel como un cosquilleo lacerante; la marea oculta, el flujo infatigable de la sangre bañando cada orilla de su ser; el céntrico tamborileo de un corazón que agitaba en todo momento la maquinaria interna de un cuerpo que, a pesar de éstas manifestaciones, desconocía aún poseer. Fatigado por tan extrañas sensaciones, se quedó dormido, destapando la entrada a otro mundo; el de los sueños.

Inmerso en un fantástico sueño, reprodujo la escena del mismo atardecer que tanto asombro le causara, sólo que esta vez lo observaba todo, ya no inactivo en el suelo, sino más bien, con libre movilidad desde el aire, imitando aquellas hojas secas que el viento hacía volar. Sintiéndose en libertad incorpórea, voló sin tregua sobre el erial, desesperado por intentar alcanzar ése intrigante horizonte lejano, y poder posar su mirada en aquello que se escondía más allá; pero cada vez que estaba a punto de llegar a su meta, inexplicablemente retornaba, una y otra vez al lugar de donde partía. En uno de esos tantos intentos frustrados, su sueño se vio súbitamente interrumpido, despertándose al albor de un nuevo día.

¿Cómo pudo recordar abrir los ojos nuevamente? Quizás porque no lo pensó... o sería que sus ojos sencillamente acataron el mandato de ese fuego que iluminaba el firmamento, y que de seguro también mató a la bestia negra. No lo sabía. Lo más misterioso fue el haberse despertado en otro sitio distinto al que se encontraba inicialmente; cómo si durante la noche hubiera podido caminar para trasladarse hasta ese nuevo lugar del erial.

Una abeja se posó serena en su pálida mejilla. La molesta comezón que la abejilla le provocaba fue motivo suficiente para que moviera la mano y la llevara a su rostro, buscando espantar a la indeseable zumbadora, que ofendida hincó su ponzoñoso aguijón en el dedo del piloto; desencadenándole una violenta convulsión en todo el cuerpo, y debido al agudo dolor, sin quererlo ni imaginarlo, se halló en pie por vez primera. Esa nueva experiencia le resultó tan sobrecogedora que, presa del nerviosismo empapó de orines el pantalón. El estómago se le descompuso, sintió desvanecerse; el olor de su propio cuerpo lo hacía sentir mal, le provocaba náuseas. Inevitablemente vomitó.

¿Qué estaba pasando? ¿Por qué de pronto tenía que cargar con el peso de dos piernas, de dos brazos? ¿Por qué, ahora observar cansaba, por qué dolía?

Despiadadamente solo contra la nada, convertido en la víctima reincidente de la incertidumbre y de su ignorancia; se increpó ese desconcierto lanzando enloquecidos gritos que se estrellaban en el muro de sus oídos sordos. Con la garganta y con las ganas derrotadas, sólo le quedó volcar sus esperanzas en el enigmático horizonte, y hacia allá apostó todo su empeño, emprendiendo sin demora el difícil camino. Después de haber atravesado el erial y empezado a escalar la alta montaña que lo separaba de su destino, el piloto británico se decía así mismo, muy emocionado que al conquistar la cumbre apagaría esa angustia que lo enfermaba al encontrar las respuestas a todas las interrogantes sobre su existencia.

El uniforme raído, las manos ampolladas, el sudor resbalando por la frente; un último esfuerzo y la cima junto con el horizonte serían suyos. Pero una vez arriba, el hombre miró confuso y desfallecido un nuevo horizonte, más allá en la distancia. Resignado, reanudó la marcha rumbo al confín, buscando revelar la verdad sobre su existencia; pero en el trayecto, cruzó por campo enemigo y una bala certera acabó con sus intenciones. Allí, en medio de su agonía y, la sangre llevándose la vida, pudo al fin ver qué era lo que ocultaba el prístino horizonte y saber qué había más allá de lo aparente.

Texto agregado el 31-03-2007, y leído por 69 visitantes. (12 votos)


Lectores Opinan
2007-08-05 06:46:19 Sencillamente genial, describes de manera brutal lo que nos puede pasar cuando nos deshacemos de todas las ataduras socio-culturales, algo fascinante y aterrador al mismo tiempo: que y quien somos... Elector
2007-05-09 05:25:05 Me mantuvo pegado a mi sillòn, sì. Saludos. Jazzista
2007-04-30 23:26:57 Ciertamente , una curiosidad muy humana. naiviv
2007-04-27 09:09:17 Lo he vuelto a leer, y aun me pareció mejor. margarit a-zamudio
2007-04-14 20:15:45 Un cuento excelente sin duda. Estuve pendiente y metido en él todo el tiempo pues te mantiene en trance. Genial!***** josef
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