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El asedio ( III parte y último capítulo)

El asedio ( III parte)



Los fusileros se mueven dentro del perímetro defensivo como un puñado de hormigas enloquecidas. Las voces de mando, los gritos, el tintineo de las armas, los jadeos, los pasos atropellados en la arena, toda una sinfonía caótica de ruidos que se alzan sobre los aullidos de los guerreros aún distantes. Los soldados forman una línea de combate, un muro de fusiles que sea capaz de resistir la marea que se acerca. La ametralladora comienza a disparar y su tableteo aclara las primeras filas; pero otros les siguen, son demasiados. Los zulúes atacan por varios puntos y los fusileros corren a ocupar nuevas posiciones. Una compañía permanece en reserva para taponar posibles brechas, o expulsar a los africanos que logren adentrarse en el oasis. Una salva cerrada de fusilería los recibe a bocajarro, y no obstante, no logran evitar que se acerquen y salten por los parapetos. Aúllan como posesos mientras se arrojan sobre las barricadas con los escudos y las lanzas por delante. Los defensores intentan repelerlos a culatazos y a golpes de bayoneta. Comienza un sangriento cuerpo a cuerpo.



En un sector del perímetro los zulúes han rebasado las defensas y penetran en el oasis. Se tropiezan con la compañía de Jenkins que ha salido a su encuentro. Deben arrojarlos del oasis, sino están perdidos. Pelean entre los troncos de las palmeras al borde de la charca. Jenkins hinca su bayoneta en el vientre de un guerrero y de un disparo libera su arma del moribundo. Se agacha cuando un machete surca el aire a escasos centímetros de su cabeza y tumba a su atacante de un culatazo en el pecho. A continuación lo golpea en el rostro. No se detiene hasta que su culata se hunde en una masa sanguinolenta. A otro guerrero lo ahoga en las aguas de la laguna. La superficie de la charca, repleta de cadáveres, ha dejado de ser parda para teñirse de rojo oscuro. Los soldados continúan combatiendo hasta que reciben refuerzos de otros sectores después de haber rechazado el ataque general y logran abatir a los últimos agresores. Más de la mitad de la compañía yace aniquilada entre las palmeras y las primeras defensas.


Jenkins ha tenido suerte, aparte de unos cuantos rasguños y contusiones no ha sufrido herida alguna. Le arde la sien y el olor dulzón de la sangre se le queda trabado en la garganta. En una orilla de la charca descubre el cuerpo de Willians. El agua le cubre hasta la cintura. Jenkins lo agarra por los sobacos y lo deposita en la arena. Moribundo aún respira. La sangre le mana a borbotones de un tremendo tajo en el cuello, justo debajo de la yugular. El joven soldado tiene los ojos bien abiertos, fijos en el cielo. Jenkins le acaricia en silencio la sien y aguarda a que su mano se pierda flácida en la suya. Una brisa inesperada, más bien un susurro, mece las ramas de las palmeras y Jenkins le cierra los ojos, ya vidriosos y sin vida.
Algo más calmado se echa al hombro el cuerpo de su compañero y se dirige al improvisado cementerio en las cercanías de la misión. Por el camino se tropieza con el sargento mayor Davis, que hecho un ovillo llora como un niño en un hueco de la trinchera. Sostiene en sus manos el bastón de mando, roto y quebrado. Su uniforme, antes inmaculado, es un pingajo sucio de sangre y polvo.



La tarde declina y las sombras se cobijan entre las dunas. El oasis ha vuelto a la normalidad, al letargo, al silencio de la espera. Las lagartijas se atreven de nuevo a exhibirse y corretean entre los sacos terrenos. Jenkins ha finalizado casi su trabajo. Cava una fosa justo junto a un muro en ruinas. Debe ser lo suficiente profundo para que las hienas no pueden desenterrar el cadáver. Cuando el agujero está listo toma el cuerpo en sus brazos y lo coloca suavemente en el fondo. Al salir de la fosa cree vislumbrar un brillo, un resplandor, en una grieta que descubre en el suelo a los pies del muro. Despacio deja la pala y coge su fusil, se acerca lento a la hendidura. Con el cañón de su arma aparta los arbustos para descubrir la entrada a una pequeña cueva. Estupefacto se tropieza con unos ojos que relucen fieros en la oscuridad. Escucha también un jadeo y llega a distinguir el hocico de un animal que se perfila en la penumbra. El perro lo fija con la mirada. Jenkins piensa en pegarle un tiro, pero algo lo detiene. Echa un último vistazo a esos ojos que vigilan cada uno de sus movimientos y se desentiende del perro. La cabeza del animal desaparece en las sombras y Jenkins se da la vuelta , vuelve a tomar la pala y comienza a lanzar arena sobre la fosa.
A sus espaldas percibe un griterío inesperado. En un principio especula con un nuevo ataque; pero no puede ser, los africanos nunca atacan al atardecer. Contempla cómo los soldados agitan sus salacotts mientras gritan y sonríen excitados. Sobre el horizonte percibe una nube de polvo que se eleva y ensucia el sol del crepúsculo. El sol se hunde como un globo rojizo y macizo entre las dunas. Logra distinguir unos uniformes colorados. Deben ser los escoceses que vienen en su ayuda.... Por fin los han encontrado. Jenkins, a diferencia de sus camaradas, no se alegra. Únicamente se deja caer junto a la tumba de su amigo. Un vacío insondable lo reconforta y lo fatiga al mismo tiempo. Una sombra, una duda se le cruza por el rostro....No oye en la lejanía el inconfundible sonido de las gaitas.



*****



A cinco kilómetros del oasis, sobre una duna, Gabarone contempla su entorno. Algunos guerreros juegan divertidos con unos curiosos artefactos que semejan el buche rojizo de un pavo. Intentan obtener alguna nota perdida de los ridículos instrumentos que suenan desafinados y estridentes en medio del desierto. A sus pies yacen los restos del regimiento escocés. El ataque fue tan repentino que los blancos ni siquiera llegaron a poder defenderse de una forma coherente. Los heridos son rematados sin contemplaciones y con saña. El tiempo apura, antes de que anochezca habrá finalizado el asedio. Aún quedan guerreros blancos por matar. Estos son más fieros y aguerridos. Resisten desde hace muchos soles en en el oasis.



Hoy es un gran día, un día de fiesta para los guerreros zulúes. Su decisión de seguir el sendero de la guerra ha sido premiada. En esta ocasión no han calmado su furia con indefensos colonos o granjas aisladas... No, por primera vez han conseguido derrotar al poderoso ejército de los blancos. La tierra africana se ha empapado con su sangre....
¡ Malditos sean! Llegaron a sus tierras sin permiso...Ultrajaron la memoria de sus antepasados y comenzaron a establecer normas y reglas sobre territorios que no les pertenecían. Idearon tratados inteligibles para quebrantarlos después. Los han condenado al hambre y la miseria en su insaciable avaricia por acaparar riquezas y han inquietado el sueño del león africano, al que despertaron, con una hambre voraz.



Gabarone añora su hogar, una entrañable aldea en los recodos del Limpopo en un valle fértil, donde nació y se hizo hombre entre la caza y a la sombra de su tribu, hasta que el demonio blanco se percató de su existencia. Una tarde en que él y otros guerreros regresaban después de haberse ocupado del ganado, encontraron el poblado en ruinas. Su aldea era un mancha oscura y las chozas humeaban todavía; se recortaban al igual que muñones negros sobre el cielo azulado de la noche. Sepultaron a los suyos en silencio, niños, mujeres y ancianos; secaron sus lágrimas y juraron venganza.
Sabe que su familia estaría orgullosa; pero ya no lo esperan; ya no lo aguardan junto al fuego al atardecer, y un dolor agudo y profundo aviva su cólera, que como un fuego comienza a devorarle las entrañas....Sí, hoy es un gran día piensa, mientras acaricia su cinto repleto de orejas, blancas.



Contempla cómo sus hermanos guerreros se visten a toda prisa con los atuendos de los enemigos abatidos. Avanzan con el sol a sus espaldas en formaciones cerradas, como suelen hacerlo los blancos, para seguidamente dirigirse al oasis. La luz menguada del crepúsculo y el polvo los confunde, los camufla. Muchos se han teñido el rostro con cal. Y sin embargo su corazón es oscuro, negro, teñido por la ira; como su piel, bien negra, como la de un guerrero zulú.



*****



Diez días más tarde, acontecida la masacre, el alto mando arroja toda la carne en el asador. Todas las reservas disponibles son enviadas a la zona. Tres divisiones de infantería, un regimiento de caballería, dos secciones de ametralladoras y más de cien cañones se ponen en camino. Cuando logran alcanzar el oasis los guerreros zulúes han desaparecido, se han vuelto a confundir con el terreno. Los británicos hallan lo que queda del quinto regimiento: un montón de deshechos en una montaña coronada de buitres. De las ramas de las raquíticas palmeras cuelgan algunos cadáveres despanzurrados. Un oficial reconoce los despojos del médico escocés, con quien tantas veladas se ha emborrachado entre charla y silencios.
Dos pioneros de la segunda compañía hacen un descubrimiento excepcional. Lo sucedido raya lo imposible y los pormenores del incidente se extienden veloces por las filas del ejército. En una gruta oculta, junto a las tapias en ruinas de la iglesia, los dos soldados se han tropezado con dos supervivientes. Uno de ellos es un perro, de mirada fiera y ojos brillantes; el otro es un fusilero, demacrado y de aspecto deplorable, con una oreja mutilada en la sien izquierda. En su escondrijo hallan un pozo subterráneo y un montón de huesos roídos.



Churruka, 01.04.2007


Texto de churruka agregado el 03-04-2007.
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