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Inicio / Cuenteros Locales / josef / El renacer de Alweka.

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Barriada vieja, calles estrechas, puertas menguantes, sin quicio y astilladas. Casas de barro desmenuzado y ladrillo se abren a descampados oscuros como grietas de un infierno disoluto.

Y en medio, cual naves sin rumbo, farolas... Cuando no se hallan quebradas sus haces iluminan epidermis amarillentas, bajo las cuales, se esconden residuos de seres humanos de apariencia mortecina y excitable.

En el ángulo que forma el muro de dos casas derruidas, una hoguera. Cajas de madera inservible sacian lascivas lenguas disfrazadas de matices, cuyo delirio ilusorio, presta calor pasajero a unas adolescentes tendidas en el suelo. Cubren sus cuerpos con una gruesa manta de tejido; descansan el par de días que llevan sin cesar de coito en coito.
De pie, otra chica más joven, cubre mediante una chaquetilla desgastada su volumen resuelto y delgado. Su cabello trenzado cae por su espalda y roza la abultada curvatura de unas nalgas apretadas, ceñidas por una minifalda elástica, de talla ínfima, como su insolente atrevimiento trece añero. Estira sus manos largas, con dedos como remembranzas de raíces quebradizas; trata de robar un soplo de aliento al calor. Una cartera beige pende de su hombro, calzado de tacón de quince centímetros, medias oscuras y a cuadros, cadenas de oro, crucifijos al cuello, anillos en los dedos y aretes en las orejas…

Es Alweka casi mujer pero niña, de senos generosos, pezones dilatados, piernas pulidas, cadera quebrada, cutis ataviado cual arlequín policromo de lujo y una mirada de ébano.

Una noche cualquiera, un día cualquiera, de un mes invernal de su primer año en un país que se dice civilizado.
Aguarda a un cliente. No conoce otro trabajo, sus dientes de leche castañetean como los de una calavera sonriente, y ante cada coche que se detiene, canturrea la misma melodía:

– “Alweka guapa. Buena haciendo amor. ¿Pasar rato feliz?”

Desfile de conciencias bañadas en alcohol, despojadas de toda vergüenza. Carcajeantes, ordenan se aproxime y muestre su perfil. Obedece. Le soban el cuerpo. Algún viejo amargado se detiene y la recoge. Alweka soporta con estoicismo las ávidas manos transpiradas sobre su piel, e inútiles forcejeos del babeante borracho por gozar lo que nunca logrará...

No sabe qué es el cariño, en realidad nunca lo supo, jamás tuvo tal oportunidad. No diferencia entre un mimo y un guantazo, nadie se lo enseñó. No conoce lo que es un beso bien entregado, porque las mayores le aseguran que sólo podrá besar al hombre que la ame, si alguna vez se diera el caso. Por lo cual tampoco sabe, y jamás supo, qué es el amor verdadero.

De su pasado conserva tres ajadas fotos. Supone que son de sus padres, alguien se lo dijo una vez. Es todo cuanto tiene. Con insólita devoción las contempla a todas horas.

Nadie la enseñó a soñar y sin embargo ninguno se explica como es que un día aprendió a anhelar su tierra. Aunque tampoco supiera cómo hacer para volver a un lugar del que tan sólo evoca una designación que a ella misma le resulta extraña. Pero por una vez en su vida, decidió improvisar. ¿Estaba haciéndose mayor?

Una noche cualquiera, de un día cualquiera, de un mes invernal, dicen que hizo auto stop.

Transcurrieron varios meses y un día cualquiera, de un mes en pleno verano y a pleno sol, la encontraron en la garganta de “Despeñaperros.”

La hallaron en cuclillas, abrazada a sus rodillas, en posición fetal. Tenía los ojos cerrados, la boca apretada, los labios cortados y el cuerpo cubierto de sangre, sudor y moratones. Estaba allí, petrificada, mientras aguardaba su suerte sin emitir el más leve lamento de lástima.

La llevaron a comisaría y la interrogaron con traductor. No tenía papeles dinero ni pasaporte. No abrió la boca más que para pedir agua y comida. Dos meses estuvo en la misma situación hasta que averiguaron su procedencia. Entonces hicieron lo que deseaban: La embarcaron en un avión de carga y la enviaron de vuelta a su país.

Al recibir la noticia sus amigas no se entristecieron, sino al contrario. Se reunieron y alborozadas – lloraban de alegría – comenzaron a entonar una bella canción en al cual proclamaban que su alma había vuelto a renacer pues tuvo la suerte de ser de nuevo niña.

Despojada, eso sí, de las riquezas materialistas del mundo supuestamente civilizado, pero inmensamente dichosa en felicidad, hoy Alweka retoza en libertad su sencillez por los verdes paisajes de su patria…


José Fernández del Vallado. Josef. 11 Abril 2007.

Texto agregado el 12-04-2007, y leído por 126 visitantes. (20 votos)


Lectores Opinan
2007-06-02 23:34:33 Crónica de una realidad "en los países civilizados". Me impresionaron los hechos, pero tu maestría al narrar, desgranar la descripción de las muchachas que anhelan "un mundo mejor". Alweka es la protagonista, tristemente hay muchas como ella. Mis estrellas***** nekane_25
2007-04-21 18:40:40 Muy bueno, me gustó- RocioNoboa
2007-04-21 09:44:40 !Dios mío! Hay tanta Alwekas por ahí... Una historia muy bien contada. Lo que más me gusta es la forma en que describes las situaciones, el climax y cosas así. margarit a-zamudio
2007-04-21 06:40:13 Un cuento bastante fiel de la realidad que hoy vivimos. Es un gran trabajo el tuyo. FENIXABSOLUT O
2007-04-20 18:16:57 Que decir...Muy buen texto. Tristes realidades. Narración impecable, felicidades. Un saludo de SOL-O-LUNA
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