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Amor de Padre



Amor de Padre
José Julio Llanas




Un trago más, el último de esa botella. Al arrojarla hacia un lado y escuchar el golpe contra la pared caes en la cuenta de que el exceso de cerveza no es perjudicial, sino al contrario. Definitivamente, Emili se equivoca al criticar tu afición por el alcohol. Si. Ahora mismo lo compruebas pues conforme bebes botella tras botella, tu mente se aclara y terminas por comprenderlo todo. Para empezar, ya consigues llamar a tu retoño “Emili”, sin sentir incomodidad.

Hoy sábado es para ti un día magnífico, un día que parte en dos la historia de tu vida: A.E. y D.E. “Antes de Emili” es un tiempo perdido tras el pasado para no volverse a recordar nunca, a partir de esta noche tu aceptación de que tienes una hija da inicio al “Después de Emili”. Hace un rato ella llegó exhausta y tú –ya convencido de admitirla- al verla, sentiste profunda compasión, lástima, entonces te invadió la ternura. Desde ese momento y hasta el último trago has entendido que ella siempre tenía la razón, claro, por eso se defendía de ti a gritos, lo oyes como si fuera ahora mismo.

- ¡Ya déjame ser yo! Soy una mujer profunda...! ¡Y qué!

Justo hoy, la cheve tiene para ti un benéfico efecto potenciado por el chemo. Es la primera ocasión que experimentas esto. Crees haber adquirido un poder superior de inteligencia gracias a la perseverancia y –lo que sea de cada quién- a Corina, tu madrastra, ella siempre procuró desde el principio, cuando todavía era la mujer del viejo Ramón, tu padre, guardarte chelas en el refri y bolsitas con cinco mil bien ordenaditas dentro del gabinete.


“Soy una mujer...” Un eco, la voz de Emili rebota, reverbera: “Soy una mujer... profunda... atrapada...” Esa cantaleta, fastidio cotidiano, brinca contra tu voluntad en los huecos de la memoria.

- ¡Compréndeme, estoy atrapada!

Tu mente se desencaja del cerebro y por momentos sientes que se ausenta, pero es normal, crees que se trata de un período de adaptabilidad a una nueva inteligencia. Muchas imágenes sin sentido pasan por dentro de ti a la misma velocidad que pedaleas, también has recibido gran cantidad de vigor y energía. Montaste la rila para recorrer la ciudad y así gritarles a todos que por fin has comprendido y ayudado a Emili, producto de tu amor con Corina. La buena Corina. ¡No entiendes cómo el viejo Ramón no supo valorarla! Porque ella es –siempre lo has dicho- a todo dar. Realmente nunca la viste como madrastra, tenía casi los mismos años que tú cuando se fue a vivir con Ramón y además... te gustaba un chingo.

La mayoría de las veces te consideraste medio tonto, pero es ahora que tu mente se abre al entendimiento de esa manera tan espectacular. De emoción, sietes ganas de llorar. Pedaleas más y más de prisa como si con eso fueras a escapar por el camino del olvido. Pero los recuerdos te rebasan... y dentro de ellos, inevitables, Emili llora también.

- Soy una mujer... trátame como lo que soy, ¡toda una mujer!

Tu hija histérica, profundamente resentida, sobre el piso, su cuerpo violentado por una ola de puñetazos. Tienes mucho miedo, más no sabes ni por qué. De inmediato una valentía sin precedentes te asalta y a carcajadas espantas el temor.

Se seca el llanto, deshidratas los recuerdos, caen como polvo sobre la hediondez de tu pelo mientras montas esa bicicleta, y pedaleas pero no avanzas. Te reprochas el haberle dado la espalda a tu hija durante tanto tiempo. Cuando llegaba de la calle, muy de madrugada, tacón alto, maquillaje excesivo, con dinero recién ganado dentro de su bolso, molida por el cansancio sin otro ánimo que el de tirarse en la cama. Entonces la humillabas a golpes, con palabras que escupían odio y que le dolían más que tus mismos puños. Por eso tratas de abandonar esas escenas. Y te arrepientes mil veces, y pedaleas, y lloras otra vez, pero de modo distinto porque ahora tu llanto ríe. Orinas en los pantalones. Las paredes que se echan sobre ti sin moverse de su sitio confirman lo tonto de la naturaleza, sus equivocaciones, como decía ella repetidamente: “Soy un error”. Desde tu deseo de olvidar brotan como resortes aquellas esquinas de noches apestadas por esos “errores”, te los topabas a diario ofreciendo sus servicios por las calles, y tú gritabas como si tus “¡chinguenasumadre!” fueran a exterminar la plaga.

Los cargos de conciencia por negarte a aceptar que lo que tenías era una hija se va derrumbando junto con esa negación. Desde sus días infantiles lo presagiabas un mariquita, todo un joto, te era imposible soportar un hijo así. La memoria se enfurece. Recuerdas lo mal que te cayó su voz afeminada, sus delicados movimientos, su gusto por los juegos de viejas, cuando lo sorprendiste poniéndose los calzones de Corina, aquella ocasión a los quince años en que lo obligaste a tener sexo con una puta, según tú para corregirlo, y tu lluvia de chingazos porque no pudo cogérsela y su llanto quejumbroso, amargo, devastador. Desde entonces tu odio arreció, ya han pasado tres años.

No soportabas ver a Emilio salir por las noches a trabajar disfrazado de mujer bajo el nombre artístico de “Emili”. Eso no era para ti un trabajo, sino una pinche joteadera encabronable. Corina te cuestionó: Si no fuera por tu hija “Emilita” –como ella le decía- no comían y luego qué iban a hacer. Continuaba la cancioncilla:

- Con el dinero de Emili se paga la renta, la luz, el gas, el agua... y hasta alcanza para cheve y resistolito.

Los lujos que nunca pudiste dejar. Después de tan sólidos argumentos hubo un silencio por fuera, pero en tu interior los gritos continuaron, te convencieron de esta idea: Corina hizo afeminado y luego putito a tu hijo y éste a su vez le había lavado el coco a tu amante-madrastra para convencerla de unas pendejadas en serie: Que la naturaleza se había equivocado con él, que no era varón, no sexo masculino, nada de machito, sino mujer, sí, una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre, frase que él-ella (?) había repetido hasta el cansancio para convertirlo en su eslogan, su lema, su estribillo, la razón de su existir. Entonces Corina se aproximaba a ti y te hacía el amor sabrosamente mientras trataba de demostrar la feminidad de Emili contándote de un dinero ahorrado, propiedad del hijo, con el fin de costearse una operación y así resolver su dilema de una vez por todas. Respondiste a eso con violencia, si él se operaba para quitarse el pito, nunca iba a ser la ansiada hembra, sino que seguiría siendo el mismo homosexual pero ya operado.

Todo esto fue durante el tiempo A.E. (Antes de Emili). Hoy la cosa ha cambiado, la has cambiado porque ya te cayó el veinte, ¡pero si todo el tiempo estuviste bien fuera de onda! ¡Claro! La naturaleza echa malas, la riega, mete la patota... Y la inteligencia superior que acabas de adquirir indica que lo hace adrede, desea vernos sufrir. Pero nosotros estamos ahí para contrarrestarla. Emili no padecerá nunca más por tu rechazo, por tu egoísmo, por tu falta de empatía. Has decidido que él... bueno, él ya no, que ella tiene derecho a rezalizarse como lo que es. Hoy, estás tan orgulloso que la noche te sabe más chida que ninguna, se escribe una nueva época para la historia de tu familia, es un borrón y no más cuentas, es el arreglo definitivo.

La solución al problema no es la pinche operación tan anhelada por tu hija, sí, TU HIJA. Eso es un sueño inalcanzable, una ilusión vana y no otra cosa. El remedio se halla en la lucidez, la sabiduría adquirida, la sobriedad, efecto saludable, producto del consumo tenaz, leal a esa combinación de resistol cinco mil y alcohol. Además, por si lo anterior fuera poco, posees un poder extrasensorial formidable que haría temblar hasta a Kalimán. Si no, ¿cómo explicas esa visión fantasmal de hace un momento? Percibiste, proyectada en el techo, la figura de Emili-mujer, desesperada, queriendo escapar de su cárcel de dolor y sus alaridos aplastaban tus sienes. Un poco más y tu cabeza hubiera reventado.

A pesar de tener buen rato pedaleando no has salido del cuarto. Irritado bajas los pies y tratas de mover la bicicleta al presionar sobre el piso. Unos pasos estiran tu mirada hacia la puerta. Corina aparece y se aproxima a ti apresurada para reclamarte.

- ¿Qué haces en la bici estacionaria de Emilita? ¡Se la vas a desmadrar y ella la usa para sus ejercicios?

Al ver tu rostro Corina intuye un horror, voltea hacia el catre, sus ojos se desorbitan, el alma le estalla. Incrédula te ve descompuesto de risa chorreando sudor y sangre y grita con todas sus fuerzas, pero no consigue verla a ella, a Emili, sonriente, feliz, realizada, dándote las gracias por haber tomado el cuchillo y haberla liberado de ese detestable cuerpo masculino.


















Texto de jjllg agregado el 12-04-2007.
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