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Ponchito




PONCHITO / José Julio Llanas




Un rayo de miedo la sacude cuando aquellos rostros de odio se clavan en su mente. A pesar de la lejanía puede sentir el dolor de los gritos restregándose en su interior. Desvía los ojos para confortarse con la figura de su esposo. ¿Dónde estás? Él aún no aparece, fue a cambiarse de ropa, le había dicho: "en esta ocasión es imprescindible para enfrentar a la enardecida muchedumbre". Por fin llega. Ella lo mira meditabunda. Eres un fanático de la limpieza, esa maldita pulcritud que te acompaña siempre. Apenas encuentras una mancha en la ropa y te cambias de inmediato. Mira a su esposo aproximarse a la ventana como intentando calmar su alma, el clamor de la gente desvirtúa el sosiego, tantas personas fuera de palacio escupiendo condenas. Es cuando el título de la política pareciera estar atado a él con sus propios nervios. Entre la resignación y un mal presentimiento, ella corre a abrazarlo.

- Ponchito, querido. Ya sabes mi sueño, toma en cuenta mis temores.
- ¡ Va! Tonterías. Tú y tus supersticiones.
Se retira de ella molesto, titubeante.
- Hace mucho que dejé de creer en los augurios.

¿Y si ella tuviera razón? No, ni pensarlo. Para no contagiarse de miedo se resume en las páginas anteriores de su vida. Afuera los gritos se elevan y ella echa un vistazo para martirizar su fe y lo único que logra es reafirmar el mensaje de su sueño.

- Mi amor, Ponchito ¡Esa gente está loca!

Él ya no se encuentra ahí, su mirada se ha perdido en la búsqueda de su niñez. Pudo comprobar que su memoria conserva todavía las dimensiones de siempre. En aquel espacio enorme y sin tiempo, aún se encuentra el palacio de hace pocos años, con todo y aquel último cuarto, y dentro de él su madre, enclaustrada, con el mismo rostro incoherente, reflejo de una paz fantasmal que aparecía únicamente cuando ella bordaba mantos. Una tranquilidad que le servía sólo para hacer regalos a la servidumbre. Las escenas palpitan con amargura en sus recuerdos, con nostalgia, como las veces que aprovechaba el atareamiento para escurrirse de la vigilia maternal. Corría a sumergir toda su infancia en las divertidas aguas del río. Después la competencia de los monumentos de lodo. Primero ponía tierra en un hueco con agua que él mismo habría en el suelo y batía para formar la pasta. Luego la diversión crecía cuando empezaban a lanzarse bolas fabricadas con aquella mezcla. Días inolvidables. Aunque después, su madre, percatada de que su hijito ya no estaba en su aposento, se despojaba de la paz tejedora de mantillas y rompía el encanto a gritos y golpes.

- ¡Ponchito! ¡Ponchito! ¡Mira nadamás cómo estás!... Anda, corre a lavarte las manos.

Era el grito de su madre, "lávate las manos", siempre lo fue. De día, de noche, "lávate las manos", debía hacerlo como una obligación impostergable que se convirtió en un ritual sagrado. "Las manos limpias o no hay cena". Si lo olvidaba venían los azotes, innumerables, terribles. Recordó su llanto de niño, la voz interna casi imperceptible, pero que le refrescaba la memoria para acudir al agua, donde sumergía las manos temblorosas. Las fuertes voces lo absorben, librándolo de sus pensamientos, pero no de la huella plasmada en él por su madre. Su esposa se aproxima.

- Ponchito, amor mío, quieren que salgas.

Ella se estremece al recordar su sueño, tan vivo, tan presente. Y él, su esposo, tan delicado, tan limpio en extremo... pero lo ama, no puede abandonarlo. ¿Y si es verdad? ¿Si ese hombre es un enviado de los dioses? Sale y el estruendo de los gritos parece tragárselo. Las voces crecen y golpean sus oídos, le parecen un rugido del infierno.

- Gobernador Poncio Pilatos... ¡Crucifícalo!







Texto de jjllg agregado el 12-04-2007.
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