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OJOS POR FLOR / José Julio Llanas



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Ustedes, Rebeca uno y Rebeca dos (o también Rebeca antes y Rebeca después) sonríen al depositar al bebé en su cuna. Después sacan la navaja y aún pueden verla rebosante de sangre, de gritos, de miedo, de miradas. TIENE LOS MISMOS OJOS. Ustedes, ambas, son idénticas, producen exactamente pensamientos iguales, siempre están juntas en un lugar y se mueven como si una fuera la sombra de la otra. TUVO SUS MISMOS OJOS.
Con frecuencia, su vista (la de ustedes) es atrapada por ese remolino de la memoria que se repite una y otra vez dentro de sus cabezas, han perdido el habla después de todo aquello y no hacen otra cosa más que tomar al niño entre sus brazos, mecerlo en la cuna y mirar sus ojos. TENDRÁ SUS MISMOS OJOS. Los ojos del pequeño guardan a sus percepciones una proporción mayor que el resto de las partes del cuerpecito, de hecho la mirada infantil les infunde miedo y furia. ESOS OJOS. A ustedes las han sorprendido viendo hasta el cansancio las pupilas del niño mientras ambas tiemblan envueltas en una expresión de coraje. Es inevitable. Ahora están siendo arrastradas por el torbellino de recuerdos, entran al círculo, giran y se sitúan en el inicio cuando ustedes dos... ENORMES OJOS... todavía eran una sola Rebeca... PESADOS OJOS... la de antes... EXCITADOS OJOS... la inocente Rebeca… ETERNOS OJOS... la que todavía tenía... integridad.

Rebeca no pudo más, decidió contarle todo a Marina a pesar de haberse jurado controlar su miedo y no darle importancia al asunto, de creer que sus nervios -afectados por el divorcio de sus padres- la hacían imaginarse cosas.

- Eso no es para tomarlo a la ligera, debes tener tus precauciones. Tú y mamá solas en esta casa atraen la atención de ladrones... de enfermos. Tengo que hablar con papá para que les dé sus vueltas, el hecho de que se haya divorciado de mamá no significa descuidar a su hija menor.

La conversación con su hermana la hizo sentirse aliviada, pero de su cabeza no se borró el temor experimentado cuando aquella noche al regresar de la escuela, le pareció ver la sombra de un hombre que la seguía al cruzar los terrenos baldíos aledaños a su colonia, también el de los ruidos y pasos escuchados una madrugada provenientes del primer piso, era indudable que alguien se había metido a la vivienda. Impulsada por el pánico, Rebeca hubiera querido pedirle a Marina y a su esposo se mudaran con ellas por un tiempo, sin embargo no se atrevió a hacerlo.

Ambas hermanas sabían que las cosas entre sus padres no iban bien y conociendo a su mamá, no la creyeron nunca capaz de exigir el divorcio con tanto apremio. Rebeca sospechó. Algo grave había acontecido, tenía la seguridad que de su madre no obtendría la verdad, por eso planeó exigir a su papá le dijera la razón real de la separación.

Mientras tanto, dados los últimos acontecimientos, debía cuidarse mucho.

- Marina, hay algo que no te he dicho: allá en el monte, cuando vi la sombra, escuché un susurro apenas audible, me dijo: "No te me vas a escapar chiquita".
-Rebeca estalló en miedo- ¿Qué voy a hacer si me sucede algo peor?
- Mira, por lo pronto, te voy a dar esto. Úsala sin remordimientos, defiéndete con ella, si alguien quiere atacarte... No tengas consideración… ¡Córtasela!

Ustedes dos, a partir de aquella charla con Marina, ya no soltaron la navaja, la guardaban dentro de una bolsita negra entre sus ropas confiándole su seguridad. LOS MISMOS OJOS. Ustedes ven a lo lejos a su madre, preocupada, enferma, triste, gracias a él. ESOS OJOS. Su mirada observándolas, con deseo, mucho deseo. Ustedes solas, es de noche en ese llano plagado de ecos. El aire desenvuelve el sonido de su voz acechadora y la esparce. Serpentea en tus oídos una voz que revive y te habla y se repite y te traslada.

Caminas a toda prisa. Para llegar a tu casa debes cruzar cuatro cuadras después de atravesar el monte. Oyes pisadas próximas aplastando la hierba seca. Miras a tu alrededor muy rápido y ves que estás sola en ese oscuro campo. Intuyes mi presencia tras unos matorrales. Desearías la multiplicación del resplandor de la luna para poder ver bien el camino. Leve temblor, crece, aceleras tu andar. Falta aún buen tramo para salir de ese enorme territorio. Comienzo a silbar, me oyes, tensionas el rostro. Sientes los pies pesados, tu ser se afloja. Palpas algo bajo el vestido, de seguro es dinero y crees que se tratará de un asalto. ¡Qué tonta! La sangre se te congela bajo esos pezones excitantes que me aclaman. Por eso no aguanto más y salgo. Un escalofrío choca contra ti cuando mi figura salta de entre estos arbustos. Te tomo de los hombros con violencia, de un jalón ya estás tendida sobre el terrenal y tu peinado se alborota. Mi miembro se alborota también. Tus pechos suben y desciende sobrecogidos bajo mis manos. Mi pene está muy en guardia. Desesperada sacas de entre la ropa, torpemente, esa bolsita negra, pero el nerviosismo la hace caer junto a tu cabello."Si alguien quiere atacarte... ¡Córtasela!” Mas ya estoy encima de ti.

Sin intuir lo que realmente les acontece a ustedes, las han dejado solas con el niño suponiendo que el contacto con él pudiera recuperarlas, sin embargo lo único que ven son ESOS MISMOS OJOS. Ahora ustedes llegan al punto del círculo en que se proyectan hacia adelante y se detienen en la cumbre de la excitación y la culpabilidad, ahí donde el ansiado pretérito está -una vez más- a punto de suceder y se convierte en un viejo futuro.

Con un suéter me cubrirá el rostro, lucharé con todas mis fuerzas, a través de un agujero en la tela podré verle los ojos destellando ansias, detonando deseos frustrados. Hará lo imposible por someterme, desvestirme y bajarse pantalón y calzoncillo, todo muy rápido pero muy torpe. Entonces intentará penetrarme hasta conseguirlo muchas veces pues mis sacudidas y gritos dificultarán la empresa, sí, pero aumentarán su excitación. Experimentará un odio placentero para castigarme. Sentiré fluir sangre por entre mis piernas, dolor intenso, golpes al azar, casi muerte. No tendré tiempo de pensar que a partir de ese instante todo cambiará, pero si que las cosas no serán tan fáciles como parecían cuando Marina me dio la navaja. El chupará mis pezones con avidez. Al sentir que entra y sale, baja y sube, jadeando, no resistirá no dirigirme la palabra. Ahí me dirá lo que yo quería saber. Seré invadida por la ambivalencia del placer y del dolor, del amor y del odio. Con dificultad tomaré la bolsita negra situada a un lado de mi cabeza porque accidentalmente me dejará libre un brazo, sacaré la navaja de su estuche, él mugirá, gritará, se revolcará impulsado por la violencia de su delicioso derrame, y yo, con la daga en la mano haré tajadas de aire, atinando el objetivo, apagando permanentemente las ansias de su mirada, balbuceando los recuerdos.

Las luces rojo-azules de ambulancia y patrullas trataban inútilmente de espantar las sombras, en cambio, arrimaron un círculo informe de curiosos. Rebeca, semilúcida, traumatizada, aún podía medio pensar: "Trago sangre, respiro sangre”. Ambos consiguieron su objetivo: Ella supo lo que deseaba saber... "Rebeca, tu mamá se divorció de mí porque mientras dormías, me encontró encuerado en tu cuarto". Y él la ultrajó con rabia. "Cómo chingaos me iba a evitar este deleite tu pinche madre". Las ambulancias parten. Por el estado en que la vio, Marina sólo piensa la segunda desgracia… "Rebeca, a mamá le acaba de dar un infarto". Los recuerdos, el único espacio donde se ancló su mirada de maniático. "Marina, no insistas, no me lo voy a sacar, debo tenerlo, quiero tenerlo". La cuchilla de Martha no pudo evitar el ataque. "No pude cortársela... pero le vacié las cuencas".

Ustedes, Rebeca uno y Rebeca dos, DEBO TENERLO. se alejan lentamente de la cuna, desgajándose rompen el círculo, desprendiendo de su pecho, al fin, el incómodo pesar. QUISE TENERLO. Por fin la paz. PORQUE AQUEL CASTIGO NO FUE SUFICIENTE. Dejando caer en el piso. LOS OJOS. La navaja. UNA VEZ MÁS. Bañada en. SANGRE, Bañada en. OJOS. lavada en el desgarrador llanto. IMPOSIBLE LLANTO. Del niño.





Texto agregado el 12-04-2007, y leído por 41 visitantes. (2 votos)


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