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María del Diablo




MARÍA DEL DIABLO / José Julio Llanas




Ahí estaba Candy, con la boca abierta, mirando de un lado a otro como para encontrar un lugar donde no estuviera presente el Miedo. En su pupitre ya había mucho, por eso quería moverse de ahí, salirse del aula, correr... Pero tenía un presentimiento: a donde fuera, el Miedo -que ya había invadido esa zona del salón- la seguiría.

En realidad Candy se engañaba a sí misma, más bien el Miedo era como una sombra expansiva que se iba posesionando de todas las alumnas [en contra de su voluntad consciente (de las alumnas)], se les metía por cualquier lado, las ultrajaba sin compasión, era una violación colectiva que en el fondo les agradaba, todas eran cómplices pues pese a la incomodidad de sentir sus agresivas sacudidas, les resultaba placentero, ellas querían ser apoderadas y estaban dispuestas a que el Miedo las hiciera suyas. Su voluntad inconsciente. Si no fuera así... ¿Por qué estaban tan atentas oyendo el relato de Sor Emelia? Se erizaban con cada frase que la monja saboreaba macabramente entre sus labios. Para ella, era preferible que sus niñas fueran las amantes del Miedo que las amantes del Diablo y con cada palabra procuraba personificar en sus almas el terror que las protegería de Satán.

-Muchachitas... el demonio existe y está presente en cada rincón, en cada centímetro cúbico del espacio en el que se mueven.

La monja permitía ver una sonrisa descompuesta mientras miraba al frente sin ver nada, sus ojos se internaban en la historia para resucitarla frente a sus alumnas.

-Esa noche, la noche más horrenda para María, su madre no pudo evitar que ella fuera al baile. La perversa chamaca desobedeció a Dios y a sus padres porque estaba cegada por el demonio de la lujuria.

Sor Emelia asentaba las palabras con sus manos y los gestos del rostro lanzaban a lo más profundo las tinieblas de la culpa.

-La madre de María sabía que las discos son las antesalas del infierno, que los bailes en esos lugares están llenos de hombre pecaminosos con mil vicios y bajas pasiones.

Candy veía salir de ese relato, hilos escalofriantes que la enredaban, que la hacían parte de la narración, era como vivirla. Y en cada pausa, Sor Emelia añadía un nuevo ingrediente que sazonaba el cuento.

-Ya en la disco, María bailaba con cuanto hombre se cruzaba frente a ella. Completamente ebria se dejó seducir por un extranjero. Un hombre tan bien parecido como estrella de cine, tan elegante... inmediatamente deslumbró a Maria, bailó con él toda de la noche.

La parte romántica no podía faltar, igual a las novelas semieróticas que las muchachas acostumbraban leer a escondidas.

-El hombre la acogía entre sus cálidos brazos y la acariciaba con frases maravillosas que ningún otro hombre le había dicho. Cuando el desconocido comunicó a María que era millonario, ella experimentó un alocado enamoramiento. El extranjero inflamaba de lujuria el corazón de ella con cada caricia, con cada beso.

Las jovencitas abrían mucho los ojos, pretendían ver entre las palabras de Sor Emelia las escenas del relato dibujadas en el viento, tan reales como las veía la religiosa.

-El extranjero condujo a María hacia el exterior de aquel asqueroso antro, se instalaron en el jardín, ahí donde se escondían los espíritus malignos. Ambos se tiraron en el pasto entregados a lascivia. Frente a los ojos de los ángeles malos, aquel desconocido la poseyó con agresividad, violentándole su virginidad y la poca decencia que le quedaba. María sintió la piel ardiente del muchacho quemarle las entrañas.

Sor Emelia estaba satisfecha, su historia había llegado al clímax, podía sentir la excitación de las muchachas. Era necesario que ellas llegaran a ese estado, en seguida daría un golpe certero, el golpe final.

-Después de haber disfrutado los placeres prohibidos, María y su hombre regresaron al baile. Dentro de la disco, el extranjero se quitó la máscara y manifestó frente a todos su verdadera identidad.

La monja intensificaba su discurso, masticaba con fuerza las frases una a una. Las exprimía para dejar un bagazo de palabras con el cual había enredado a las jovencitas como en una telaraña.

-La música fue acompañada por una estridencia demoníaca. Todos bailaban. María se aferraba con fuerza al cuerpo de su compañero. El efecto de las luces policromas comenzó a doler en las retinas. Entonces María percibió un aroma extraño que incomodó a todos. El extranjero, el desconocido soltó una fuerte carcajada. María completamente desconcertada, quiso soltarse de él, mas no pudo, sentía su espalda como pegada a la mano de aquel hombre, una mano tan dura como el acero. Para este momento ella ya estaba aturdida.

-La gente dentro del local, vio en el hombre de María algo que les llamó la atención: su cara, sus ojos, se transformaban. Un hedor a azufre contaminó el lugar, el terror los ahogó cuando vieron en ese sujeto el rostro del averno. Ojos que destellaban sangre. María fue violentada por el pánico. La mano del mismo Satanás en su espalda se puso caliente, un calor que aumentaba. Ella luchaba, lo golpeaba, quería sacudírselo, salir. La multitud gritaba y corría entre la oscuridad, el nauseabundo ser se transfiguró, inflamó su cuerpo, su mano se incendió y quemó la piel de María que se desmayó de dolor en medio de la pista de baile, mientras muchos morían pisoteados, aplastados por su propia perversidad.

-Entre el caos, María escuchó la voz de él antes de desaparecer, sólo una frase pequeña, pero que bastó para marcarla por siempre, «Tú eres mi María, mi amante. Eres María del Diablo hasta la muerte eterna».

Con las últimas palabras, Sor Emelia lanzó un escalofrío a los cuerpos de las muchachas, ellas lo sintieron entrar por la cabeza y erizarles la piel plácidamente.

-Nuestra protagonista, María, desde entonces, carga la marca de Belcebú. Ella tiene que ocultarla siempre con vergüenza, con dolor. Sabe que es de él, es la amante de Satanás.

Sor Emelia termina su historia. Las alumnas han quedado hipnotizadas, sin moverse. Con dificultad Candy logra ponerse de pie y sin dejar de acariciar su pelo pide permiso para ir al baño. Su tersa piel deslumbra mientras sale del salón con pasos torpes. Sor Emelia sale también después de despedirse de su grupo. Su amplia sonrisa de satisfacción va oscureciendo los iluminados pasillos del colegio. Por fin llega a su aposento. Ha cumplido una vez más. Se quita los zapatos para liberar sus pies cansados. Frente al espejo, desabotona su hábito, la misma rutina de siempre. Ahora le toca el turno a la blusa, se la quita despacio, sin ánimo. El paso siguiente es abandonar el sostén en cualquier lugar del cuarto. Con sus ojos acaricia su imagen: de frente, de perfil, de nuevo, su busto caído le recuerda que se ha ido el tiempo. Da la espalda al espejo y se encamina hacia la cama donde la esperan.

-Vamos, Sor Emelia, la necesito.

Sor Emelia sube a la cama, sonriente, mientras Candy la recibe con caricias, la chica, desesperada, ávida, lame la espalda de la monja, como queriendo contagiarse de aquella horrible mancha negra con forma de mano.




Texto de jjllg agregado el 12-04-2007.
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