El Lobo Ansiolítico / José Julio Llanas
La luz de la noche golpea el rostro de Camila después de rebotar sobre la superficie del cuchillo. Intenta tranquilizarse. Toma el vaso de agua y traga la pastilla ansiolítica: Afuera, un manto de nubarrones negros se tiende sobre las calles. Camila no deja de revisar su piel, desesperada busca en sus brazos, toca su cutis una y otra vez, así lo ha estadio haciendo desde que vio la luna llena. Teme que en cualquier momento su dermis se torne dura, que comience a brotarle pelo. Corre al espejo para revisarse. No está segura si sus facciones siguen en su lugar. Revisa que sus manos finas sean las de siempre y no garras de pezuñas ennegrecidas. Se comprueba un tanto desaliñada, pero inmutable… y sola. Lanza el espejo contra la ventana así como sus pensamientos. El estallido hace trizas su imagen de mujer cuyos pedazos parecen atarse a la oscuridad. Así se siente: con los criterios rotos. La ausencia de Flora su hermana comenzó a desmoronarla, a convertirla en el centro del delirio. Ve fragmentos de sí misma atrapados en la noche, en los rincones, entre los pliegues de las sábanas.
Con una incomodidad en el estómago Camila se aproxima a la puerta, expectante. La luna llena amplifica el contraste de los grises nocturnos, entre los que supone, él ya debe venir en camino agazapándose entre las sombras. Ha determinado no ceder más. Oculta el cuchillo sobre el pretil de la ventana, tras la cortina. Es el lugar óptimo. Camina de un lado a otro con la respiración agitada, sus ojos revolotean, se posan a intervalos sobre los rayos de la luna, la envuelven en una especie de vibración, ella tiembla, de seguro ya está contaminada. Esos síntomas extraños le preocupan. La molestia de hace un rato se convierte en dolor, encorvada se lleva las manos al vientre. Con la visión borrosa capta las penumbras correr furtivas tras el follaje, allá en el jardín, por donde él sale.
Las visitas del engendro comenzaron hace tres meses coincidiendo con la desaparición de Flora. Camila piensa que su hermana no pudo haberse ido por voluntad propia en ese estado tan deplorable, con tantos golpes en el cuerpo, con aquellas heridas. Cree escuchar las risas del aire –burlas fantasmales- viajar en segundos largas distancias para atormentarla. Camila Gilosdaz es un hazmerreír debido a ese sentimiento ambiguo: Por un lado, la repugnancia que el ser malévolo le provoca… por el otro, el deseo de satisfacer el morbo admirando las enormes dimensiones de su musculatura, su cuero rugoso poblado por largos vellos, negros y brillantes, su fisonomía descrita como la de un horripilante lobo rabioso. Mas a pesar de que una parte de ella lo desea, necesita odiarlo. Acabar con él.
Un ardor la incendia por dentro desde los intestinos, tiene nauseas, mareos. Le aterra la posibilidad de flaquear. Se enoja contra sí misma, no traicionará sus principios, sino que deberá resistir, retomar fuerzas para darle fin a la asfixiante pesadilla de su conciencia. No abandonará la esperanza de recuperar a Flora, aún y peligre su vida.
Camila toma otra pastilla e intenta sosegarse recostándose sobre la cama. Boca-abajo. Trata de reproducir los masajes que Flora le administraba por las noches para aliviarla de los ataques de angustia. Se frota la nuca, fricciona sus glúteos, acaricia uno y otro seno con fruición, se restrega el cuerpo invocando las manos de su hermana, todo es inútil. Nadie como ella para aliviarle las ansias. La echa de menos. Profundamente. Deberá redimirla.
Debido a la distancia en el tiempo, tiene la sensación de haber entrado a un cruel espejismo, la noche del origen, cuando Flora se demoró más de la cuenta y ante su preocupación que la orilló a telefonear a todos los hospitales, apareció malherida. Ya no conseguía caminar. Le destrozaron la ropa… pero sobre todo con el pecho y el rostro marcados con lesiones como de zarpazos. A pesar de que Flora insistió en culpar a su exmarido, Camila argumentó con sorna: “Por más bruto que sea un hombre, aunque quisiera, siempre estaría muy lejos de tener las agallas de una fiera salvaje. Las mujeres sí valemos la pena”. Después Camila la curó y la protegió religiosamente. Le dolía el alma cada vez que la alimentaba en la boca, también al bañarla. Debía proceder con sumo cuidado sobre las heridas de la piel amoratada. En ese tiempo los ansiolíticos le fueron de gran ayuda para soportarlo todo.
A la siguiente noche de luna llena, mientras se duchaba, Camila oyó por primera vez los gruñidos que luego le serían tan excitantes. Procedían del cuarto de Flora junto con sus gritos, golpes y estrépito. Salió del baño todavía con jabón en la piel. Corrió escaleras arriba presagiando lo peor. Por más prisa que se dio, sólo pudo encontrar pelos de animal sobre la cama, la ventana abierta y las cortinas atizadas por el viento. En su mente no cupo ninguna explicación lógica. Luego estuvo segura: Él se la había llevado.
Las hermanas Gilosdaz llevaban tres años de vivir juntas de nuevo después del divorcio de Flora. Cuyo matrimonio había sido más o menos estable hasta que gracias a su hermana, logró ver los terribles defectos de su marido: Hombre hipócrita, débil… y sobre todo, un depravado que lo único que quería era sexo. Comenzaron los maltratos, el engaño y la infidelidad. Además Flora se sentía frustrada sexualmente, extrañaba la vida en común con Camila, quien a su vez participaba de ese sentir. Entonces se acrecentó el hostigamiento hacia él por parte de ambas hasta conseguir la separación.
El retorno de Flora interrumpió las sesiones semanales con el psiquiatra, Camila ya no tenía necesidad de entrevistarse con ese médico, siendo hombre siempre fue tan inepto, a menudo hablaba disparates. ¡Mira que diagnosticarle síndrome esquizoide-depresivo! ¡Y recomendarle separarse de Flora! Ella no admitía gravedad en su problema, pues si Flora regresaba a casa… ¡Adiós a las ideas de suicidio! Mas ahora vacila. ¿Y si la prescripción del médico fuera cierta? Todo sería una fantasía. Y ella no debe esperarlo a él, al monstruo, porque no existe, ni tiene sentido el cuchillo oculto sobre el pretil de la ventana… pero los pelos del animal encontrados sobre la cama, las heridas de Flora, su misteriosa desaparición y los ataques del espantajo… ¡Tan reales! Más aún: ¿Si realmente estuviera enferma de la mente? ¿Y por inexplicables razones humanas hubiera adquirido la facultad de somatizar sus deseos hasta materializarlos?
En las siguientes semanas, Camila se encontró en una casa desolada y tuvo la impresión de que el divorcio de Flora y su estancia habían sido una ilusión producto de sus choques de ansiedad. Después, la ingesta de tranquilizantes le ayudaban a ser ecuánime y a tener una seguridad: Los acontecimientos eran reales. Su hermana sí había sido atacada por un monstruo, la misma bestia que después se la llevó por la ventana.
Llegó la noche donde Camila confirmó sus sospechas: Ella sería la siguiente víctima. Sin ver el cielo supo que éste presumía una luna llena… de sorpresas desagradables. Los gruñidos surgieron en la profundidad de la espesura, de los arbustos perturbados por los ventarrones, desde ahí saltó el engendro y entró a la habitación inexplicablemente por la ventana. Ella casi estaba segura haberlo visto traspasar los gruesos barrotes de hierro forjado. Entonces entendió. Nada podía detenerlo. En cada noche de luna llena las visitas serían inevitables. En ese instante, ella se sacudió sin control al verlo de frente, debía descifrar su presencia como si él fuera parte de viejos delirios. La vista se le desbordó cuando la horrenda figura se enderezaba hasta el techo. Con patadas en el pecho, su corazón le pedía correr, mas su organismo estaba adherido a las penumbras. No lograba moverse, desmayarse ni gritar. No despertó de la pesadilla porque estaba despierta. Aquella repugnancia fue aproximando sus garras hasta posarlas sobre sus hombros. Las uñas le hirieron la piel. El terror hizo hincapié en su rostro que se infiltraba desde la altura de aquel ser hasta aplastarla y de unos tirones le quitó la bata para contemplarla desnuda. El monstruo respiraba expresándose con gruñidos estremecedores, excitado. Su cuero arrugado comenzó a secretar un líquido pegajoso de un olor a guano. Ella captó el miembro del ente dilatarse inconmesurable y adivinó su destino. Lo demás ha querido olvidarlo… recordándolo. En la memoria se ve una vez más aplastada bajo aquella entidad babeante, con los poros impregnados de las hediondeces masculinas de la fiera, soportando sus embestidas durante horas como si le estuvieran propinando un castigo por su postura ante este despreciable mundo de hombres. Cuando ella estaba ya desfallecida, él se iba dejándola semi-inconsciente. Sólo el ansiolítico seguido de una ducha le ayudaba un poco, la extraía de ese estado de sonambulismo. Al día siguiente, permaneció con un sentimiento de irrealidad. Todo era producto de una macabra fantasía maquinada por su cerebro.
Camila decidió no permitir más trampas de su memoria. Toma el cuchillo del pretil de la ventana y lo lanza fuera. Aspira profundamente. Mira sobre el buró un cúmulo de cajas de tranquilizantes, en un arranque también los arroja lejos. Ya no revisa su cuerpo. Va hacia la cocina. Un dolor agudo bajo los pies la estremece al pisar trozos de espejo, de inmediato huellas de sangre la siguen hasta la cama. La luna llena llega a su clímax. El viento se revela contra la calma de los tejados y los azota con las ramas de los árboles, libera ecos de alarma, hilos de miedo que se tejen y envuelven a Camila, traen consigo esas voces secretas. Los murmullos que desde las nubes acompasan un concierto macabro. Unos gruñidos se aproximan. Ella observa el cuchillo en el exterior, muy lejos. Un esperpento salta hacia la recámara. Es él.
Camila es atrapada por un magnetismo no experimentado jamás, hay algo en aquella fiera que antes no había visto, una especie de familiaridad, quizá debido a las anteriores visitas. El animalejo jadea y la contempla complacido. Entonces vibra una sacudida dentro del cuarto. Ella se retuerce, una corriente de dolor recorre sus nervios. Su piel tirita y se arruga tras un dolor en el vientre. Comienzan a aparecer por los poros gruesos pelos. Sus ojos se modifican y lo ve, con calor, excitada, él la atrae y chupa sus pezones. Se besan lamiendo sus lenguas grumosas, las manos acarician la peluda superficie de sus músculos mientras la luna los cobija en su embrujo de sexo. Ella atrapa aquel falo enorme, poderoso, el de siempre, el suyo. Y lo disfruta, lo envidia, lo aprovecha, hasta exprimirle una esencia que debería pertenecerle, mas no posee. Al verse conectada a él percibe su realidad femenina. En medio del interminable vaivén del ritmo de los vientres, Camila grita con todas sus fuerzas. El llanto la hace explotar y con los puños cerrados, histérica, golpea a la odiosa criatura. Intenta safarse, sacudírselo. El monstruo se enfurece y de un manotazo la arroja contra la pared. Se levanta rugiendo hacia ella, arrinconada lo ve impregnado de hostilidad, la toma de un brazo estrujándola, gruñendo. Camila ha tomado un puntiagudo fragmento de espejo y en un rápido movimiento hunde el cristal en la espalda de la bestia que se desploma sobre la cama.
En el cielo, la luna se esconde con vergüenza: El ser va perdiendo estatura. Lentamente el pelaje se retrae, disminuye, la piel se alisa, las facciones vuelven a su estado original. El gigantesco pene y los testículos se encogen hasta desaparecer y dar paso a una hendidura. Camila respira profundamente y sonríe aliviada. Se sienta en la cama. Ve el cuchillo sobre el pretil. Las pastillas sobre el buró. Con una mano acaricia la piel tersa, delicada de ella y con la otra se toca el vientre para sentir entre nauseas, las primeras pataditas.
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