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De Horóscopos y Pelones
DE HORÓSCOPOS Y PELONES / José Julio Llanas
Tengo un amigo que nunca sale de su casa si antes no ha leído su horóscopo. Desde que lo conozco no deja de buscar en cuanta revista cruza su camino, lo que le tiene predicho su signo zodiacal. Incluso hace poco compró un librito especializado en esos temas. La publicación contenía un tratado completo sobre astrología, desde su historia hasta los rasgos propios de cada signo y la suerte diaria del año en curso. Mi amigo leía todo esto como para aprenderlo de memoria, lo cual comprobé después al ver que ya se sabía su número de suerte, su color, el planeta que lo dominaba, su piedra, flor y órgano débil, sus gustos y tendencias, pero sobre todo, sus signos compatibles e incompatibles.Un día llegó a mi casa con el mentado libro y me mostró la parte donde decía que Tauro y Acuario eran signos incompatibles. Me dijo muy serio:
-Tú y yo tenemos signos que no se llevan.
A pesar de sus boberas me caía bien, por eso le dije que estaba loco.
-Pero así es. Lo dice el horóscopo, -me contestó.
Dejé ir una carcajada, él estaba tomando muy en serio el juego del zodiaco, se lo hice ver, guardó silencio y sentenció:
-Desde el momento en que no me entiendes, se afirma la incompatibilidad prevista por mi horóscopo.
Se marchó y yo me quedé con la boca abierta.
El, en lo posible, evitó todo trato conmigo, cuando lo buscaba en su casa, se negaba a salir. Lo veía pasar y a donde fuera, su librito astrológico lo seguía. Era su manual de consulta para decir, caminar, jugar, estudiar, tomar el autobús, respirar y todo. A cualquier persona con la que hablaba, le hacía la pregunta de rigor: -¿Cuál es tu signo? La otra vez su horóscopo le recomendó dedicarse a vender terrenos funerales, cosa que hizo inmediatamente, y para efectuar una venta, los posibles clientes debían tener un signo zodiacal compatible al suyo. Una noche tuvo una fuerte discusión con sus padres porque no los había dejado entrar a la casa cuando llegaban del trabajo. El se hallaba encerrado con candado y tranca al leer que Acuario predecía: "Una visita inesperada te hará pasar momentos muy desagradables". El papá le gritaba que se estaba volviendo demente, después mi amigo se convenció que la profecía de Acuario había resultado cierta.
Recomendé a su madre llevarlo con un sacerdote, a lo que él accedió, pues ese día las estrellas le deparaban una entrevista espiritual. El cura, con biblia en mano, le mostró cómo Dios condenaba las prácticas astrológicas. Después le llevé una revista científica donde se mencionaba que la astrología era una pseudo-ciencia de la antigüedad, originaria de Babilonia, además sin fundamentos, resultado de la ignorancia reinante en aquella época. Le dejé la revista y me fui.
Al día siguiente lo encontré más dispuesto a escucharme. Con estadísticas y números, le mostré mis apuntes: "Al mes nacen en promedio alrededor de 83,333 personas, todas ellas bajo el mismo signo zodiacal, y por ende, con destino común marcado, lo cual es absurdo. Igualmente ridículo sería aceptar lo que la astrología propone, que sólo hay doce destinos para la humanidad, doce personalidades, doce gustos, doce metas".
Mi amigo se quedó callado, su rostro emitía destellos de confusión; más, cuando le mencioné que el creer en supercherías y no en uno mismo, podría significar un serio problema de desajuste interno. Pasó el tiempo. Lo que me dijo su mamá afirmó que el esfuerzo no había sido inútil; él ya no creía en los horóscopos. Había quemado el librito aquel y ya éramos amigos como antes.
Una tarde me invitó a su casa para darme las gracias por todo lo que había hecho por él. Al llegar pude percibir un fuerte olor a flores quemadas, sobre la estufa una olla humeante me hizo agua la boca, si era chocolate, implicaba sus respectivos penecillos o galletas. Mientras ponía las tazas sobre la mesa me decía que los horóscopos eran un fraude y que en realidad él nunca los tomó en serio. Cuando sirvió el líquido, me di cuenta que no era chocolate, sino una infusión de laurel con amaranto, según dijo, que por cierto ni tomé.
Se la pasó hable y hable frases extrañas. Cuando se distraía, yo ocultaba en mi bolsillo una galleta de soya, pues me iba a dar vergüenza dejárselas todas en el platito. Y cuando me retiraba no me quedó más que decir que las galletas habían estado deliciosas. Me fui de ahí con los bolsillos mantecosos y con una caja de galletas de soya como regalo para mi mamá.
La última vez que lo vi fue en el camión entre una bola de chiflados. Aunque al principio no lo reconocía, su boba mirada lo delató. No supe si morirme de risa o hacer coraje. Con la cabeza a rape se veía más orejón, portaba un chongo arriba de la nuca y su túnica rosa lo hacía verse un tanto chistoso. Se aproximó a mí y me saludó, le hice ver que su calva a manera de pista de patinaje, le permitiría a sus piojos practicar dicho deporte, me respondió que todos ellos ya habían resbalado trágicamente al precipicio. Inmediatamente puso en mis manos un ejemplar del Bhagavadgita y una barra de incienso de sándalo, luego se reincorporó al grupo de pelones con cara de foca que repartían libros. Bajé del camión, que se alejó por la avenida esparciendo cánticos desafinados: "Haré Krisna, Haré Rama, Haré, Haré..."
Texto de jjllg agregado el 12-04-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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