Extendí mi brazo sobre la cama y palpé, desconcertada, tu ausencia. No estabas, y apenas comenzando a despertar, intenté atrapar en un pensamiento la comprensión de ese lado vacío de la cama.
No estabas. Con la mente embotada, quise intentar explicármelo. Seguramente era una de aquellas noches, la mayoría para ser honesta, en que no habías podido quedarte a dormir conmigo. Me aferré más fuerte a la almohada sintiendo tu falta como una especie de traición en aquella noche fría donde tanta falta hacían tus brazos. Te extrañé y quise soñarte un rato, hasta que poco a poco, se me fue haciendo más cómoda la idea de que sí estabas. Tu presencia era tan fuerte, casi tangible, en mi habitación, que llegué pronto a la simple conclusión de que sólo habías ido a la cocina, de seguro, por un vaso con agua.
Sonreí un poco ante esa idea; se me hacía más dulce pensar que en un breve instante regresarías a mi lado, a rodearme con tus brazos y resguardarme de mis pesadillas, a dormir conmigo, compartiendo un solo sueño.
Me fui quedando dormida con la tranquilidad de sentirte regresar de un momento a otro. Abrazando la almohada, me sumergí en la certeza de saberte cerca, y me dejé llevar poco a poco por la paz que me daba creer que cuidabas mis sueños.
Y cuando aún estaba apenas cabeceando de sueño, desperté de pronto, y mi propia lucidez me golpeó en la cara. No estabas, ni cerca ni lejos, ni en la cocina de mi casa ni en ningún lugar de mi vida. Hacía ya un año que te habías ido. Y cada noche desde entonces, yo soñaba tu ausencia en mi cama vacía.
|