Ha pasado mucho tiempo pero lo recuerdo como si fuera ayer. Guardo en mi memoria aquellas reuniones, los sábados por la mañana, en casa del tío Carmelo. Mi padre y yo nos despertábamos temprano y una vez desayunados íbamos a la casa del “Tito”, así llamaba yo al tío Carmelo.
Su casa era muy grande, me gustaba correr por el jardín y caer a conciencia sobre el mullido césped donde se erguían unos arbustos que cubrían la casa y le daban cobijo. El color blanco de la fachada contrastaba con el verde de sus ventanas, los techos eran muy altos y una amplia escalera unía las dos plantas. Arriba se unían cuatro pasillos formando un cuadrado cuyos lados daban a un patio acristalado.
Papá y el Tito no eran los únicos hombres que se reunían, había muchos más. Mi padre siempre me decía que jugara al balón en el jardín y que no molestara. No quería que los demás señores no me vieran merodear por las salas.
Yo era obediente, pero también curioso y despierto, así que entre balonazo y portería me acercaba a la casa para observarlos.
A la derecha de la cocina había una sala que llamó mi atención. Sus paredes y techo eran de color rojo y en medio de la sala había un ataúd abierto con un símbolo parecido a una estrella. A derecha e izquierda se alineaban una docena de sillas y en el respaldo de las mismas descansaban unas espadas.
Una tarde subí a la planta alta, mi altura sólo permitía asomar la cabeza a la ventana, y observé algo muy curioso. En el patio colocaron unas sillas formando un círculo y en su extremo una tarima con tres asientos de terciopelo rojo. Mi padre estaba en el círculo y como el resto de señores, lucía una capa negra y blandía su espada hacia un punto central. Por debajo de ese punto pasó un señor que al llegar a la tarima se arrodilló, mi tío le colocó su espada en el hombro y pronunció unas palabras que no logré entender.
Yo quería ser como ellos, le dije a mi padre que quería una capa negra como la suya y me respondió que no podía ser. Fue entonces cuando me habló de la conveniencia de no decirles a mis amigos nada de lo que supiera sobre aquellas reuniones.
- ¿Decirles que voy a casa de mi tío a jugar al fútbol?
Mi padre sonrió de buena gana y me levantó por los aires.
- Este es mi chico - dijo-
Realmente me gustaba todo lo que iba descubriendo, salvo una cosa; las habitaciones oscuras. Un día entré en una de ellas y me dio mucho miedo, eran habitáculos del tamaño de un aseo, las paredes el techo y el suelo estaba pintado de negro y no había ningún punto de luz. Algunos hombres entraban y se cerraban con llave desde dentro.
Me moría de ganas por decirles a mis amigos del colegio lo que hacía los sábados con mi padre, y aunque le hice una promesa a mi padre no pude resistir la tentación de fardarme con mi mejor amigo, Luis.
Lo malo fue que Luis se lo dijo a su madre, que a su vez habló con la mía y ésta con mi padre. Primero mi madre se enfadó con papá, le decía que no debía contarme esas cosas y mi padre negaba que lo hubiera hecho. Me dio miedo admitir que les había espiado, esa noche preferí callar y esperar que las aguas volvieran a su cauce. A los días le dije a mi madre que mi padre no me había dicho nada, me negó con la cabeza diciendo que no quería saber más del asunto, así que lo dejamos pasar. Todo siguió como antes y ya nadie estaba enfadado con nadie, ni siquiera la madre de Luis, que ya dejaba a su hijo volver a dormir en mi casa.
También pasó mucho tiempo hasta que mi padre me dejara ir con él a casa del Tito, luego pasaron los años, me fui haciendo mayor y ya no tenía gracia jugar sólo al fútbol o espiar a los amigos de mi tío, así que dejé de ir con mi padre aunque investigué y quise saber más cosas sobre aquellos rituales que tanto llamaban mi atención.
Ya tenía veinticuatro años cuando saqué el número uno de unas oposiciones laborales, podría elegir el equipo dentro de la empresa. Mi novia me organizó una fiesta para celebrarlo donde acudió la familia, los amigos y algunos compañeros del trabajo.
No era fiesta para recibir regalos pero sin esperarlo mi padre me hizo uno muy especial, estaba envuelto en papel plateado con una cinta roja que ocultaba un libro de masonería. Por mis manos pasaron muchos libros sobre ese tema, me los compraba yo mismo queriendo despejar dudas y saciar mi curiosidad.
- Este no es un libro cualquiera - dijo - .Este es el libro del masón.
Aquel detalle me emocionó.
- Gracias padre- contesté- mientras nos fundíamos en un abrazo.
- Verás- prosiguió mientras cogía el libro en sus manos-, como puedes ver no ha sido publicado por ninguna editorial. Libros de masonería hay muchos que en menor o mayor medida se ajustan a la realidad, pero este que te entrego es el único libro de los masones, fue escrito hace siglos y ha pasado de unos a otros.
- Bueno, hay muchas cosas que conozco
- Lo sé - respondió sonriendo-. Por eso quiero pasarte el relevo y que ocupes mi puesto.
- Pero también hay otras muchas que desconozco. Además ¿Seré bienvenido?
- Un sucesor elegido por uno de los miembros siempre lo es.
Mi padre sintió mi contrariedad en esos momentos y poniendo una mano sobre mi hombro me dijo:
“Eres parecido a mi, desde pequeño te ha gustado acompañarme a mis reuniones y además has respetado mi decisión. Tienes alma de masón”.
Mi sorpresa fue mayúscula, estaba muy emocionado. Había encontrado la horma de mi zapato en esos ratos libres que todos buscamos para uno mismo, aprendí muchas cosas nuevas y puse en práctica otras conocidas. Decidí que compartía su filosofía y no había nada malo que ocultar en la masonería, como en todos los campos hay gente de todo tipo.
En verdad no sé si esto se lleva en los genes ni siquiera si mi padre llevaba razón cuando dijo que tengo alma de masón, pero ahora cuando voy a casa del Tito me acompaña mi hijo el menor. Se queda jugando en el jardín y piensa que no me doy cuenta, pero sé que a escondidas nos observa y que sus pequeños ojos no pierden detalle de lo que acontece.
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