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Inicio / Cuenteros Locales / daywaskya / Agua

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AGUA.








Estaba en la cocina, sintiendo en cada poro la violencia del verano y la pesadez de esa hora en que al ir muriendo la tarde la luz se va agotando sin que arribe la noche definitiva. Ya los grillos se hacían presentes con sus clamores incesantes. Los podía escuchar a través de las paredes, adivinándolos en los matorrales. Parada allí, por momentos en un abandono de aparente descanso, hacía conciencia del tiempo que llevaba de pie y de su peso sobre las piernas. Le dolía la espalda hasta la cintura. Y pensaba en la posibilidad tan necesaria de un alivio que la pudiese refrescar. La lluvia sería lo mejor. Sí, un buen aguacero la haría sentir mil veces mejor. Sentía en su piel el resumen del calor de aquel día que no había sido otra cosa que pasar de un sopor a otro. Le sudaban las manos y durante horas había intentado secarlas en el delantal una y otra vez, no lográndolo, como si fuese un esfuerzo inútil. Allí, recostada al fregadero y a su preocupación, hizo conciencia también de que venían las horas de la noche, las peores de cada día, sin algo que hacer, sin entretenimiento de ningún tipo. Era una espera vacía porque no conducía a nada. Esto la llevó a recordar que nunca había podido tener su televisor y que ya ni siquiera pensaba en ello. Sonrió con un tinte de amargura y aceptación mientras levantaba la vista hacia el reloj que estaba sobre una repisa en la pared. Volvió a sonreír, esta vez con cierta simpatía, porque no se explicaba cómo era que ese viejo reloj de cuerda aún funcionaba. Pero rápidamente se puso de nuevo en acción. Seguramente su marido llegaría del trabajo en unos minutos, también cansado, con aquella resignación que a ella tanto le dolía. Él vivía así, como si lo externo no lo tocase, sin un reclamo, sin una queja, siempre pendiente de ella. Y se dolió un instante más de aquella letanía diaria de necesidad sistemática y fracasada que no había dado un respiro en tantos años. Oservó de un vistazo toda la cocina. Después que cenaran no podría ni preparar un poco de café. Tan sólo quedaba un residuo que se asentaba por más de tres días en la cafetera, cada segundo más oscuro y espeso. No podía ni aclararlo un poco antes de volverlo a calentar. Se fijó en el rincón de la cocina que daba al patio y vio junto a la puerta la ropa sucia abarrotando el cesto de mimbre. Otras cuatro piezas, sucias también, se regaban en el piso alrededor de la base del cesto. Los cacharros de aluminio, amontonados, estaban al alcance de sus manos en el abandono del fregadero. En una hornilla de carbón se calentaba un poco de arroz que igualmente había cocinado días atrás. Pasó los dedos entre el cabello negro y lo sintió grasoso y pesado. Su piel también estaba así, pegajosa y caliente. El ambiente y el malestar que sentía eran sofocantes. Y peor aún, se reconocía de aspecto horrible en aquellas condiciones en que vivía casi sin feminidad ni verdadero atractivo. Se imaginaba viéndose en un espejo al pensar en todo esto. Pero se empujó a sí misma al levantar los hombros para respirar profundamente. Buscaba un nuevo ánimo. Tenía que seguir aguantando, sin quejas ni debilidades de espíritu, firme y enfrentada a su realidad para no acrecentar las cargas que se acumulaban en su vivir sin salida. Quiso sentirse llena de energía. Con un paño seco limpió de residuos dos tenedores y dos platos que luego sirvió con el arroz, un poco de frijoles negros y unas piezas de cochino que había freído un rato antes. Los colocó en la mesita que estaba recostada a la pared y los cubrió con otros platos para conservarles el calor. El olor de la grasa de la comida recalentada y del carbón reinaban en el aire. Hizo un último intento por arreglarse el peinado con los dedos y quitándose el delantal abandonó la cocina dirigiéndose al dormitorio. Sudaba demasiado. Ya en el cuarto se quitó la blusa y se vio en el espejo de la peinadora. Se sentía un verdadero desastre. La piel le brillaba por el sudor. Ahora se secaba las manos en la falda. Después de secarse el torso y el cuello con una toalla se puso una blusa blanca y limpia. Fue hasta la ventana que daba a la calle, corrió la tela de la cortina improvisada y se apoyó inclinada con los brazos sobre el marco. Aquel estar allí, aunque fuese esperando, dejando correr los segundos al observar la calma en derredor, era su preferido antídoto contra la ansiedad y las preocupaciones. Y contra el cansancio también. Por un instante cerró los ojos cuando una suave brisa le aligeró la piel al acariciarle fríamente el sudor de la cara y el cuello. Sintió el aire fresco al atravesarle la blusa para erizarle momentáneamente los pezones. Cerró por un instante los ojos. Este contacto le regaló un ligero alivio. Aún con los ojos cerrados Le llegó el olor de los azahares del limonero que apenas se dibujaba en la esquina del portal. Y escuchó los ladridos de varios perros que se contestaban en la oscuridad. Abrió los ojos y repasó el espacio que tenía enfrente. Un radio sonaba cercano y entre su música volaban los cocuyos. Quería estar tranquila. Después, más animada en su interior, permaneció pensativa, mirando lo negro de la noche. Normalmente, siempre que se quedaba así, observando los alrededores a esas horas, pensaba en cómo pudo haber sido la vida en aquellos otros tiempos que le habían contado sus padres desde que era una niña. Le dijeron que todo había sido distinto. Ante muchos eventos que se presentaban en su vivir diario ellos le comentaban “antes no era así”. Sus padres habían sido lo mejor de su vida y habían muerto en la tristeza y la nostalgia de haber vivido un mundo desaparecido. Por un momento pensó en ellos con el mayor cariño. Pero, como siempre hacía, rechazó esos pensamientos que la contactaban con un pasado lleno de recuerdos agradables pero que también la deprimían más de lo acostumbrado. Las luces débiles de los bombillos de las casas vecinas apenas salían amarillentas por las ventanas y rendijas de las paredes de tablas y remiendos. Las dos esquinas que podía divisar estaban totalmente a oscuras. Los faros adivinados en los postes llevaban muchos años descompuestos, sin bombillos y en cientos de ocasiones sin electricidad. Y pensó que aquél entorno pueblerino y sencillo había sido casi todo su mundo desde la niñez. Su hermosa juventud se había deslucido en aquellas calles donde sólo reinaban la temporada de lluvia, el polvo de la sequía y el aburrimiento de las horas más lentas que se pudiesen imaginar. Muy poco conocía de los pueblos vecinos y a la Capital había ido sólo dos veces en sus casi treinta años de edad. Pero, poco ya importaba, no tenía esperanzas ni sueños, y peor aún, casi nada que esperar. Pero las estrellas brillaban en las alturas como si todas fuesen luceros. Aquel cielo era un regalo que nadie le podría quitar jamás y con su padre había aprendido a disfrutarlo desde la infancia. Allí estaba el espacio y la mayor libertad. Ahora se sentía un poco mejor. Ya no le sudaban las manos. El instante de ese placer de contemplación quedó interrumpido cuando vio en la penumbra de la esquina que su marido, con su andar sin apuro de pantalones anchos, doblaba la esquina y se acercaba por el medio de la calle. Lo observó con cariño y comprensión. Salió del cuarto. Ya en la pequeña sala abrió la puerta un momento antes de que él llegase al portal. Lo miró con ternura, siempre ocultando su inquietud y preocupación. El hombre tenía muy mal aspecto. La barba naciente de varios días le hacía lucir peor y el uniforme que usaba estaba gastado y sucio al mostrar manchas de aceite. Pero lo recibió inclusive esforzando un poco de alegría. Cruzaron un ligero abrazo mientras ella le daba un beso muy cercano a la boca. El hombre sonrió y le acarició suavemente la mejilla cuando entraban a la sala. Después, él colocó sobre una mesita su maletín de trabajo. Se ocupaba como mecánico de equipos pesados en una planta alejada del pueblo a la que siempre acudía caminando. Diariamente andaba más de ocho kilómetros al ir y regresar porque la bicicleta se la habían robado hacía más de dos años y le era casi imposible conseguir transporte. Uno que otro día algún camión le daba unos kilómetros de auxilio. Inmediatamente se dirigieron a la cocina. Estuvieron cenando por no más de diez minutos, mirando la comida acostumbrada y expresando con la mirada que comprendían y aceptaban aquel compartir de escasez. Al terminar, sin levantarse, él estuvo leyendo muy por encima las ocho páginas del único y esquelético periódico que circulaba en el país. Las noticias eran de igual cariz todos los días. Decían que pronto se daría por terminado aquel nuevo período especial. Puras mentiras. Cada vez que había una crisis de cualquier tipo salían con la misma historia del período especial. La falta de agua era la más frecuente. Las tuberías secas y los grifos muertos. Cuando más tarde fueron al dormitorio y se acostaron, ella cerró los ojos y a pesar del calor se cubrió con la sábana. Se sentía amarrada a su vergüenza. Él pretendió un juego amoroso observándola y acariciándola en las caderas, por encima de la sábana primero y luego metiendo las manos bajo la tela hasta tocarla directamente sobre la piel. Pero ella no podía. Le mintió avergonzada que se sentía mal, que le dolía la cabeza, que la perdonara, que estaba muy cansada. Le dijo cualquier cosa. No podía resolverse en otra acción que no fuese rechazarlo, aunque también lo deseaba. Cuando él renunció, ella hundió sus penas hacia lo oscuro de su interior. Sentía los senos nuevamente sudados y se sabía tan sucia como en los días anteriores. El llanto se acumulaba en la boca apretada y en el pecho reducido. Y se dominó para no deshacerse en el grito de sus ojos, hasta cerrarlos con la amargura de un grueso nudo en la garganta y el no poder contener dos lágrimas brotando lentamente. En esa encrucijada era cuando aquel mundo se tornaba más intolerable. Sí, estaba sucia. Y él también. Y el vecindario entero era una inmundicia de abandono. Giró sobre sus caderas y le dio la espalda a su hombre. Habían transcurrido cuatro largos días sin que hubiese agua en el pueblo. Cuatro días sin una gota de agua. Y para colmo, no llovía. Cuatro días sin agua. Cuatro días. No había duda alguna: se vivía otro período especial. Demasiado especial.

Texto agregado el 14-04-2007, y leído por 80 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2008-07-09 20:22:09 Me parece una verdadera gambgerrada. Juegas durante todo el texto con nuestra angustia y al final te ríes de nosotros con una resolución inesperada. 4* (Y no suelo dar tantos puntos) poirot
2008-03-05 16:16:01 Excelente. La desesperación y la esperanza en el fondo, el placer en la forma y la pureza y el decoro en el estílo. goruzedri
2008-01-20 03:45:58 Es un texto intenso,cada palabra te lleva a la escena descrita.Coincido con el texto anterior un placer leerte. anablaum
2007-04-23 06:11:13 Fascinante, están tan bien hechas las descripciones, que se siente el agobio del calor, de la vida, del momento. Fue un verdadero placer leer este texto. Te felicito. tiresias
 
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