La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - MABV - 'Talleres'
Talleres
Aquel era el quinto taller al que me invitaban, y al que iba. Nunca me gustaron los talleres. No podía negarme, sin embargo. La mayoría de las cosas aparentemente prácticas y con sentido que hacía —elegir determinado tipo de ropa, loción o institución bancaria; seleccionar marcas, lugares, actitudes; ser antediluviano, totalmente Palacio o totalmente posmoderno— eran dictadas no por mí, sino por los que me rodeaban.
—Debes ir. Será interesante —dijo Lucy.
Lucy y yo vivíamos juntos. La conocí en una fiesta a la que Tomás me invitó. “Ven, estará Carlita”, dijo Tomás. En realidad, la que me gustó siempre fue Carla, pero se apareció Marina en la fiesta. “Te presentaré a una amiga. Se llama Lucy. Te encantará”, dijo Marina, la hermana de Genaro. “Carlita no es para ti”, decía Genaro. Terminó embarazándola. En esa fiesta. Tienen dos hijos, fui a la boda. “Cómo puedes no querer ir a mi boda, después de conocernos tanto tiempo”, dijo una vez Carla, dando fin al asunto.
—Dije que debes ir —repitió Lucy esa noche, sirviendo las quesadillas. A mí no me gustan las quesadillas. —Y que si no te las comes —señaló con el índice derecho el amasijo humeante de queso y tortilla— se te van a enfriar.
—Sí —dije a todo, engullendo mi cena, dando fin al asunto.
Fui al taller días después. Era viernes y era invierno, y sonaba extraño aunque bien, de todos modos.
—Deberías llevar el suéter de cuello de tortuga que te regalé —dijo Lucy. Yo odiaba los cuellos de tortuga. Demostré quién era el hombre.
—Claro que sí, nena.
Y me fui esa misma tarde al taller, bien abrigado.
—Hola a todos —dijo el coordinador.
Hubo un “hoooola”.
—Les presento a nuestro nuevo compañero, Julio.
Se escucho un uniforme y largo “hoooola Juuuulio”
—Hola —dije, mirando a los demás miembros del taller (indudablemente yo era ya uno de ellos) que eran cinco o seis, no recuerdo exactamente, y que iban del maestro jubilado al adolescente de cabellera larga y grasienta con playera estampada de María Sabina, pasando por el destinado a escribir La Gran Obra de Nuestro Tiempo: el repertorio habitual, la fauna de siempre.
El tallerista destinado a escribir La Gran Obra de Nuestro Tiempo leyó un cuento. Una tortura: “Sus manos, lánguidas, níveas, etéreas, acariciaban su sexo, ardiente como una caldera a punto de estallar”.
—Qué opinan. ¿Nadie quiere decir algo? ¿Algo que decir, Julio? Puedes dar tu opinión libremente.
—¿Sí?
—Opina, por favor.
—Es que yo…
—Por favor, opina libremente. Opina, di algo, habla.
—¿De verdad?
—Claro —dijo sonriendo nervioso. Una vena le cruzaba la frente.
—Un asco.
Aquel fue mi quinto taller. Recuerdo los otros. El primero fue de poesía: todos querían cambiar el mundo y llenarse de chicas; el segundo fue de cuento; el tercero nuevamente de poesía: ahora querían mujeres … y becas, muchas, muchas, pero muchas becas.
Creo que el taller más interesante al que fui era el cuarto. Había muchas mujeres, y eran agradables y educadas. Limpias. Lo que hacíamos era divertido y práctico y, para variar, llegué ahí por sugerencia de Lucy, a quien le regalé un bolso que hice con mis propias manos: era un taller de macramé.
Texto de MABV agregado el 15-04-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
|