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Trío de bolos, trío felino Dormía el domingo por la mañana, cuando una serie de maullidos lastimeros de la gata me forzaron a levantarme antes de lo previsto para abrirle la puerta, pues quería ingresar a la casa. Ella suele pasear todas las noches por los tejados, y entiendo que tenía hambre y además necesitaba ir al baño, a su baño. Así es la cosa: se acostumbró a hacer sus necesidades en un sitio preciso, en esas piedritas adsorbentes, y no utiliza otro lugar para ello. Bravo por la felina. Bueno, luego de abrirle y acompañarla hasta el lavadero, encontré música clásica en la radio, y busqué regresar al sueño. Antes fui al baño, pero ni siquiera me lavé la cara, sólo oriné. Es más, casi ni abrí los ojos. Todo el trajín lo hice mirando por una pequeña rendija entre los párpados. Recuperé la modorra, relajé las piernas, estirándolas juntas, apuntando las rodillas hacia un costado; me abracé a la almohada, y comencé a respirar profunda y acompasadamente. El trío en Mi bemol mayor de Mozart me acompañaba con simples y a la vez prodigiosos sonidos en el retorno al mundo onírico. Buscaba el violín detrás del piano, pues había llegado tarde a la presentación; no reconocía la viola, y me circunscribía sólo al evidente juego entre el clarinete y el piano. “¿Qué es lo que se escucha en el fondo?”, me preguntaba, ya desde una playa soleada, o más allá, desde un paisaje de montaña, o desde un jardín dieciochesco, presenciando una partida de bolos... Y de pronto recibí sobre mis piernas la súbita presión de las cuatro patas de mi gata negro azabache que, luego de hacer sus necesidades, venía a reclamar algo. Rehice con el pensamiento el trayecto anterior, como si fuera una cámara móvil de vídeo, y recordé-y-certifiqué que el recipiente de su comida estaba vacío. Había olvidado agregarle sus granitos concentrados de pescado más leche más carne más vitaminas más etcétera (de un olor intolerable, sobre todo antes del desayuno), con que se alimenta diariamente (como todos los pequeños felinos domésticos en la actualidad). Le di un ligero empujón con una pierna (una patada) que la elevó por el aire, y cayo al piso sin hacer ruido, con suavidad y gracia, emitiendo un lastimero maullido en señal de protesta. El trío avanzaba con el andante cuando volví a buscar el violín dentro de la asombrosa combinación entre el clarinete y el piano. Recordé súbitamente la escena de la película Amadeus, cuando Salieri hablaba con admiración de la música de Mozart, y mostraba cómo el oboe, en la Serenata para vientos, le pasaba con delicada gracia una nota al clarinete, y éste la tomaba para jugar con ella, y el dedo del viejo músico hacía firuletes en el aire... Y desde el aire volvió a caer encima de mis piernas ella, con sus cuatro patas acolchadas, sin emitir sonido alguno, sin revelar las uñas tampoco... todavía. Caminó sobre mi cuerpo como sólo ellos saben hacerlo, comprimiendo suavemente mis exasperantes protrusiones, engañosos resaltes, molestas depresiones. Todo lo salvaba con su habitual parsimonia, y acercó una oscura y vellosa cabeza a mi hombro, que encogí cuando sentí el contacto de su aterciopelada piel. Yo intentaba proteger la oreja, apretando el acolchado contra el cuello. Como quien se prueba una prenda muy fina y delicada, la minina hundió entonces la cabeza por debajo de mi brazo; cuando me volví, ya irritado pues me impedía dormir, y la miré con furia, sus ojos brillantes, redonditos, de pupila vertical se clavaron en los míos, suplicantes. Movió apenas el bigote izquierdo, canoso, largo y asimétrico, y maulló quedamente. Quería comer, pero sin fastidiarme demasiado. Apoyó sus manos en mi pecho, y acercó la cara a la mía, ronroneando como un motor bien calibrado. Vibraba toda desde su garganta, y transmitía un murmullo suave, que iba transformándose en un grave ronquido. Cuando abrió otra vez la boca, un gruñido sordo se confundió con el trío que promediaba un menuetto angélico, donde la viola se percibía uniendo a los otros dos instrumentos; parecía una madre tomando de la mano a sus hijos traviesos; por momentos hasta jugaba con ellos, participando de una ronda infantil. Pero el clarinete y el piano escapaban nuevamente con dos saltos al finalizar el movimiento, para alejarse haciendo pequeñas piruetas en el rondo. La viola los llamaba con insistencia, y ellos respondían con evasivas, preparándose para el allegretto final; viajaban juntos a otros ámbitos, a otras esferas, unidos por un hilo de plata de sutil armonía a las cuerdas de la viola, que los acogía y preservaba con un equilibrado ritmo de fondo... Y otra vez debí sacudir a la miza, empujándola con el hombro hacia un costado; mejor dicho, intenté removerla, pues con los compases finales del trío y la suavidad felina, no percibí que ella había crecido considerablemente; que ya no parecía doméstica. Que su peso merecía un tratamiento diferente, o por lo menos ameritaba algo de respeto, o quizá, un mayor cuidado al intentar alejarla. El trío emitió sus notas finales, con tres o cuatro acordes sucesivos de todos los instrumentos juntos, y simultáneamente sentí algo mojado, ¿áspero? y cálido debajo de mi oreja. Recordé en ese momento un relato en el que un gatito doméstico crecía hasta transformarse en una enorme pantera o en un tigre de Bengala; sentía las patas muy densas sobre mi cuerpo, una boca tibia y húmeda buscaba mi cuello, y cuando la música se ocultó detrás del silencio, la angustia estalló en mi garganta, con un grito aterrado... La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net |