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Inicio / Cuenteros Locales / vaerjuma / Heriberto y \"La Chulona\" (a Habloconlapared)
HERIBERTO Y “LA CHULONA”
(al grande poeta salvadoreño Heriberto Montano con admiración y profundo respeto)
Vos a un extremo de la cama
Yo al otro
Y nuestras almas fundiéndose desesperadamente
Tras la aparente indiferencia de nuestras espaldas.
“Absurdo”
Raquel Cañas
Fue una noche cualquiera, una de ésas, de las tantas iguales que han ido pasando una y otra vez, quietas y silenciosas en El Salvador… Pongamos (no estoy seguro) que fue una madrugada de martes de luciérnagas poco entusiastas y de árboles de hojas quietas, no mucho más que eso. Una noche sin nada que la hiciera especial, ni distinta. Una madrugada más…
Heriberto, el poeta, caminaba por San Antonio Abad, como viniendo desde la universidad, aturdido de soledad, triste, melancólico, huérfano esa vez de amigos y de esperanzas, con los ojos idos y el alma ida, como si él fuera sin él, vaya Dios a saber por qué cosas que le habían pasado.
Ella, la estatua de mujer más bella de San Salvador, no sabía todavía que ese hombre se llamaba Heriberto y, además, que era poeta… Pero lo vio venir (con sus ojos perpetuamente cerrados lo vio venir), y en ésa, su primera vez de ver y de verlo, supo que su vida, su estar de tiesura, cambiaría para siempre.
Como otros tantos guanacos apenados y borrachos de malos gobiernos y de licores baratos, Heriberto, buscando consuelo o desahogo, queriendo justicia, como muchos, llegó al fin hasta el gran redondel, subió hasta la peana y se puso a llorar en silencio, con la cara pegada al áspero concreto, desesperadamente y con hipos un poco cómicos que hacían estremecer su cuerpo.
Ella, mirándolo con toda la ternura posible de su alma de durezas y metal, lo amó desde ese mismo momento. Y desde ese mismo momento, también, con un estremecimiento que nunca había sentido en su cuerpo de bronce, supo que era para siempre, para toda la eternidad…
-¿Por qué llorás? –le dijo antes de dar el primer paso hacia él, y bajándose del pedestal, todavía con los brazos abiertos.
-Porque me da la gana –dijo el poeta con rabia y con alguna vergüenza, sin mirar, sin saber que era “La Chulona” quien le hablaba, a pesar de haber escuchado la voz de una mujer.
-… ¿Nada puedo hacer yo por aliviar ese naufragio que te hunde y te fatiga? –insistió ella, bajando los brazos y dejando apoyada a un lado su larga espada, y en el suelo a la balanza.
Él se volvió hacia la proximidad inquietante que presentía, y abrió los ojos tan grandes como nunca en su vida pensó que podía abrirlos…
-¿De verdad, nada puedo hacer? –insistió la desnuda (su voz arrullaba y era suave como una mano sabia), y se arrodilló apoyando sus duras y hermosas nalgas en los talones, y lo abrazó sin pudor y sin importarle el pudor ciertamente, porque el amor de las hembras es capaz de hacer esas cosas, de mover estatuas, de hacer que las estatuas de mujer se conmuevan como mujeres. Él no supo qué decir y siguió mirándola con ojos desmesurados.
El silencio se hizo espeso y se hizo íntimo, el tiempo se hizo difuso y después solo nada; la ciudad entera fue ninguna parte, otra parte, lejos… No hubo otro hacer entre el poeta y la escultura que un mirarse hasta dolerse, que un mirarse hasta cuajarse la carne y el bronce en un solo amasijo de fuego; ella con los párpados apretados, él con los ojos desmedidos… “La Chulona”, entonces, le tomó la mano y, sin decir más, comenzó a llevarlo por la avenida como a un niño. Y él se dejó acompañar de la mano, simplemente… A los pocos pasos, ya la esfinge era apenas del tamaño de una mujer, y era como todas.
En la buhardilla del hotel barato y destartalado que consiguieron por unos pocos dólares no muy lejos de allí, ella (que siempre estuvo desnuda, como siempre que alguno no la viste, pudorosamente, celoso de los ojos de los otros) lo desvistió con mansedumbre y sin ningún apuro. Él se dejó despojar de ropas y se dejó ir hasta la cama que parecía esperar desde siempre ese momento de ellos dos.
Al amanecer estaban exhaustos…
Así se amaron durante cuatro días y cinco largas noches. Y durante esos días y esas noches todo el mundo en El Salvador habló de “La Chulona”, de su ausencia… La policía hizo razzias donde se apiñan las “maras”, la pobreza y el rencor, el ejército y la guardia nacional patrullaron allí, donde la policía no se atrevía, brigadas de miles de voluntarios recorrieron todos los rincones del país buscando, preguntando, exigiendo… Hasta el presidente, con una cara que inclusive parecía sincera, pronunció discursos, y amenazó enfáticamente y con el castigo más grande jamás visto en el país a quienes hubieran robado, desaparecido o arruinado a uno de los monumentos más valiosos y amados de la república.
Heriberto y “La Chulona” ni se enteraron: él estaba husmeando en toda oquedad, recorriendo con lentitud y disfrute cada pliegue bruñido y dorado, frotándose, bebiendo en cada humedad, en cada mata de pelo, entrando y saliendo del metal, de la hembra; ella gemía, oliendo, arañando, mordiendo suavemente, apretando el abrazo y las piernas alrededor del poeta, chupando, lamiendo la dura hombría del varón, dejándose socavar.
En cada amanecer terminaban exhaustos, locos, desvastados, nuevos…
La última noche de estar juntos, casi al amanecer, los dos estaban tendidos de lado, dándose la espalda, reponiendo fuerzas otra vez, cuando Heriberto habló con la voz quebrada.
-No podemos…
-¿No podemos qué? ¿Estás cansado mi hombre?...
-Seguir así…
-¿Así? ¿Cómo?...
-Vos no sos mía…
-Sí, soy tuya. Para siempre…
-Vos sos de todos…
-¡Tuya!...
-Y yo no puedo quedarme con vos, traicionando a todos…
Se levantó una pared de silencio entre los dos y muy lentamente fueron corriéndose a cada extremo del fatigado colchón. Y se quedaron así, quietos, cada uno en sí mismo, con sus contradictorios pensamientos.
-Yo te amo hasta el fin de la eternidad –dijo ella por fin, después de un largo rato.
-Yo también –dijo él-. Por eso mismo…
-Gracias…
Otra vez el silencio fue una pared invisible pero impenetrable que los hizo conmover… Ella lloró lágrimas doradas. Él lloró con lágrimas de hombre. Se levantaron y, como habían llegado, salieron y desanudaron el camino.
Nadie los vio llegar al gran redondel (recordemos que estaban en ninguna parte, lejos), nadie vio a “La Chulona” besar largamente al poeta, retomar su estatura, agarrar la espada y la balanza y abrir los brazos y quedarse quieta, como siempre, para siempre. Nadie vio al poeta irse como quien va a Colonia Escalón, arrastrando los pies con una tristeza nueva y un hueco en el pecho, pero así pasó. Amanecía.
Los diarios, la televisión, las estaciones de radio dieron la noticia una y otra vez. El presidente se atribuyó el crédito de la aparición y se hizo un gran festejo por la vuelta a casa de “La Chulona”. Hubo homenajes, discursos, desfiles, fuegos de artificio… Fue por algunos pocos días. Después volvió la normalidad, como si nada hubiera pasado…
Pasó un poco más el tiempo, y fue una siesta de sol intenso y agobiante. Las casas de San Salvador parecían derretirse lentamente sobre las calles, y no se veía a nadie que tratara de atreverse a desafiar ese infierno. Nadie… Ni personas, ni perros, ni lagartijas. Solo Heriberto Montano, el poeta, vestido con sus mejores galas, recién bañado, afeitado y perfumado, caminaba despacio hacia el pedestal de “La Chulona”, llevando como si lo acunara, un ramo grande de flores rojas, amarillas y blancas… La noche anterior había escrito un poema que decía: “Gracias por el fuego".
"Pedí lo que querrás mi amor
Pedilo sin tardanza que te lo doy
Dijiste
Y yo tomé suavemente tu pezón derecho
Y pedí exactamente lo que querías
Porque como una serpiente deslizaste tu cuerpo
Bajo las sábanas sin pudor
Un beso dos besos una mordida
Una mano tocando la pierna que se entreabre
Un cielo sin tiempo ni angustia
Me miraste con ojos de ciega
Y me dijiste
Tomame
Y yo tomé aquello
De sabor un poco acre y marino
Y vos tomaste aquello con un beso
Suavemente y dijiste
Es grande
Y suavemente la lengua húmeda
Y movediza
Y después lo que transcurre sofocando
La oreja el pie la lucha a fondo
Mientras la luz le abre paso
Al amanecer
Después nos miramos agradecidos y otro beso
De ternura
Gracias dijiste
Y yo no sé por qué”…
Eso fue, como ya he dicho, una siesta de sol intenso y agobiante… Heriberto recitó sus versos a la estatua y después le puso las flores a sus pies. “La Chulona” lloraba, y cualquiera, si hubiera pasado por ahí, hubiera podido ver que lloraba. Pero nadie, nunca, hubiera podido sospechar por qué.
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Texto agregado el 20-04-2007, y leído por 578
visitantes. (25 votos)
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Lectores Opinan |
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2008-08-03 03:47:09 |
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Salomone le cuento algo...cuando voy a mis clases paso cerca de una estatua de Venutiano Carranza pero...nada,lo miro,de reojo,de cerquita,con ojosentrecerrados,guiñandole un ojo,y no,ni el se mueve, ni yo quiero que se mueva,ni mueve nada.Mejor seguire leyendelo.Un encanto tu cuento.*****
anablaumr |
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2007-10-19 23:36:57 |
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aquel día pasé por ahí y recordé este cuento. Y volví a casa con un nudo en la garganta, "y yo no sé por qué". Habloconlapared |
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2007-10-14 17:14:29 |
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siempre adentrarse en lo maravilloso cuando de leerte se trata. qué lindo que estés tan cerca. Beso grande, Pablito. taxi |
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2007-09-02 03:40:42 |
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Profundidad en lo insoslayable del ser humano. El misterio diàlectico que no fenece. Muy buen relato. Jazzista |
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2007-08-27 06:36:21 |
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OOps, quise decir "NOS embarga un profundo dolor...." mariposasi wapil |
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2007-08-27 06:35:27 |
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Mi querido Pablo, sabés que no embarga un profundo dolor de pérdida. Se nos fue Heriberto Montano...Ah pero "yo no le digo adiós" estará presente siempre, y seguro vendrá a releer este tu cuento. Que bueno fue que tuvo la oportunidad de leerlo!
Nos estamos abrazando. Karla mariposasi wapil |
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2007-08-24 21:29:03 |
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Pablo, te debo un montón de lecturas!
Hoy las retomo, y justo con este cuento!
Emocionante de entrada, y de repente un "Gracias por el fuego", que casi no recordaba,me termina de estrangular en un gran abrazo!
Mis estrellas.
"Ella baila como si el cielo sangrante se detuviera para ella
Y las estrellas de su vientre parpadearan
Vientre un poco saliente bajo sus costillas
Serpiente embarazada
Ojo que la mira vicioso lujurioso sol moribundo"
montevideana< /a> |
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2007-08-05 05:50:19 |
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que bueno estuvo esto, ya sabes lo que pienso mi querido compatriota.... ah por cierto Felicidades por el día del Guanaco, que ya va ser! Abrazos, ah el Heriberto, que gran hombre, que bueno que existe en este cuento también.
Abrazos y besos mariposasi wapil |
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2007-06-20 14:33:50 |
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Desde mi postura de simple lector, me siento conmovido. Como amigo, me siento gratificado por tu despojada actitud de compartir tu obra conmigo y con los que la leyeron anteriormente. Pero si analizo el texto y pretendo husmear en su laberíntica concepción, donde todo parece ser lo que no es y nadie deja de ser lo que proyecta. Descubro mensajes en botellas, poesías grabadas en metal, mármol y cemento acompañando la creación, el pensamiento y la relación de dos seres humanos. Tan distintos estructuralmente como idénticos en sus necesidades, dos seres humanos en lucha constante por dejar de pertenecerles al destino, un destino que se muestra impenetrable para quienes creen en él. Como siempre mi amigo, lo tuyo, insuperable. juanromero |
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2007-06-15 05:45:15 |
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"Vos no sos mía…
-Sí, soy tuya. Para siempre…" a veces es real... chepe08 |
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2007-05-08 16:56:32 |
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uff y sí claro que lo releí; en la primera lectura me hizo evocar un cuento de Oscar Wilde que de chica me encantaba, "El príncipe feliz"; en la segunda lectura me fui a releer un poema de la Pola que bene, ud ya sabe y ahora en la tercera, vengo a dejarle no estrellas que esas las dejan todos o no; vengo a dejarle sencillamente mi profunda admiración - que ya le expreso en otros textos - a su gran calidad literaria y por sobretodo, su inmensa calidad humana. Se complementan ambas, maravillosamente
piq piq!!!!!!!!!! gaviotap atagonica |
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2007-05-08 02:04:09 |
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"entrando y saliendo del metal" "porque el amor de las hembras es capaz de hacer esas cosas, de mover estatuas, de hacer que las estatuas de mujer se conmuevan como mujeres". Me gustó mucho, es buenísimo. DiegoRomero |
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2007-04-28 06:06:07 |
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y se llama "Heriberto y La Chulona"....¿por qué siempre sos TAN PERFECTO para encontrar el nombre? ¿eh? taxi |
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2007-04-26 06:02:51 |
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Pablo... ¡qué manera de ver el mundo, la vida, el amor! y sobre todo, que capacidad para describirla con palabras... No tengo manera de expresar las emociones surgidas a través de la lectura de esta maravillosa historia. La maestría, como siempre, está presente... Quisiera poder decir muchas cosas. Lo único que puedo asegurarte es que hoy, cada vez que mira La Diana Cazadora de Paseo de la Reforma, acá en mi Méxtitl, desearé que baje de su pedestal y me ame de esa manera... Un millón no, todas las estrellas del universo compadrito... *************************************************************************** *************************************************************************** ********************************... y aún más tobegio |
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2007-04-25 14:45:31 |
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Un canto a la justicia con amor de poeta. Una visión pura de las utopías relatada desde lo absurdo. Un maestro de la imaginación nos muestra otros caminos, otras formas de expresión.
ergo (5*) ergozsoft |
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2007-04-24 23:32:44 |
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Espero con ansia ese relato del Cali ¿Se animará? Aquí llueve ternura, Pablo, en "un cielo sin tiempo ni angustía" a fuego lento, bruñendo el deseo... ¡Me ha encantado! maravillas |
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2007-04-24 22:31:43 |
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"Gracias..." ¡qué te parió, Pablo!. Vos sí que entendés. Vos sabés. Beso grande. taxi |
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2007-04-23 17:28:40 |
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Magistral sueño nos has contado, ya verás, se nos dará por amar estatuas..., yo seguro hoy intentaré hablarle a una que en el muelle de Patagones espera un barco hace como 50 años...
Un abrazo. CalideJaco bacci |
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2007-04-22 14:45:32 |
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de mi tierra tenías que ser!. Todos los verdes te acompañen siempre.Maravilloso texto.Mis estrellas. gringuis_ |
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2007-04-21 21:49:15 |
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Me encantó, Pablo. Recién cuando se despiden caigo en la cuenta de que ella es ciega, y hasta creo que si se pensó a la figura de justicia con esa característica, en algún tiempo remoto, fue sólo para tu cuento. Solamente sacaría la información final; la creo prescindible. Por lo demás, un maravilla. Un abrazo! polaroid |
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2007-04-20 23:37:27 |
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Me dieron ganas de viajar a El Salvador y conocer a la Chulona y a Heriberto Montano. Maravilloso amigo es para leerlo más de una vez. Mis ***** lesu |
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2007-04-20 22:13:31 |
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Narración excelente. Creo que no debe cambiarse nada. Ni siquiera la informacion del significado de algunas palabras,
Muy bueno***** zumm |
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2007-04-20 17:36:48 |
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Es interesante, me recuerda en algunos pedazos a algunos personajes de Castellanos Moya, no sé si el salvadoreño sea un personaje arquetipico o castellanos retrata muy bien, el texto creo que tiene defectos más en lo coloquial y su tono, hay cosas innesesarias como las comillas o dar información que o que no es, si el lector gusta que busque por el mismo. El texto mejoraria si fuera más descarnado linguisticamente, la lengua popular guanaca es tan basta que sorprende a veces. Madrobyo |
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2007-04-20 16:52:40 |
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Lo leí dos veces. No me canso de leerlo. Eres sin duda un buen autor (lo sabes), pero jugaste con las palabras haciendo participe al lector del equívoco. Enhorabuena, hay gente soberbia en esta página, por su talento. Casualmente la mayoria como ustesd, argentinos.
Mis estrellas***** 5552201 |
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