LA LECHE QUE NO HE DE BEBER (no soy el personaje de este relato)
Si hay algo que realmente aborrezco en la vida, es sin dudas, el tener que ir una vez por semana, a hacer las compras al hipermercado. Cuando vivía en la casa de mis padres, había un pobre mártir que se ocupaba fielmente de esa engorrosa tarea: mamá. Sin embargo, ahora que lo pienso mejor, creo que mamá llegó a encontrarle un gusto maniático a esos quehaceres autómatas; aunque necesarios para subsistir, pues, durante la cena (y entre las tandas comerciales que interrumpían sus telenovelas) se esmeraba hasta con histriónicos gestos en contarle a papá, sus épicas aventuras vividas día a día, en el monstruoso mercado.
¡Ay, mamá! Si supieras que mientras te gastabas hablando, papá sólo prestaba atención minuciosa, a los recibos de las compras frívolas que realizabas y que aún hoy sigues haciendo; mientras que yo te oía como quien escucha el argumento de una aburrida película de ciencia ficción, como algo que jamás me tocaría vivir a mí. Qué equivocado estuve.
Ahora que vivo solo y emancipado (y a falta de esposa mártir) me veo en la imperiosa y ¡Odiosa! necesidad de acudir los domingos, a ese gigantesco circo comercial, llamado: hipermercado "TOTTUS TUUS"; donde mi fe por la humanidad se devalúa cada vez más y más, tan irreversiblemente como el valor que hoy tiene el matrimonio, el pudor, el comunismo, el habla culta o la ropa de invierno en verano.
Bueno, ya estoy aquí. Aparqué mi auto lo mejor que pude, en una esquinita del estacionamiento y, ahora me dispongo a coger uno de esos ridículos "carritos de las compras", que están apretujados uno detrás del otro en la fachada del hipermercado. Avanzo luego por la acera señalizada, rumbo a la entrada, y me paro en seco a mirar de abajo a arriba, al grotesco edificio y, cual Quijote me lanzo a la carga, decidido a batirme en contra de ese horrendo Briareo, de paredes abigarradas con colores chillones y al que sus aspas no mueve el viento, sino el dinero de los miles de compradores compulsivos (como mi pobrecita madre), que se dejan sugestionar fanáticamente, con cartelones seductores anunciantes de ofertas y rebajas ilusorias; tales como:
"DONDE COMPRAR ES UN PLACER" "LIQUIDACIÓN DE TEMPORADA"
"APROVECHE SÓLO POR HOY" "HASTA AGOTAR STOCK"
"TEMPORAL DE PRECIOS BAJOS" "LAS 24 HORAS MÁS BARATAS"
"LLEVA MÁS PAGA MENOS" "EL OFERTÓN DEL MES"
"SIEMPRE CONVENIENTE" "LLEVA AHORA Y PAGA DESPUÉS"
...¡Canallas! Pura basura de micro mercadotecnia.
El ingreso es un atolladero de carritos y proletariado. A paso de procesión (entre los miasmas de la multitud) voy introduciéndome lentamente, en el intríngulis de éste relato. ¡Dios, hacinamiento dominical! ¿Por qué a todo el mundo se le ocurre hacer sus compras los domingos? Yo no tengo mayor opción. Trabajo de lunes a sábado con el único tipo de gente que me agrada: la muerta. ¡¿Y qué quieren?! Si trabajo en un parque cementerio. Sólo imagínense un lugar lleno de verdor, paz, tranquilidad, silencio; un lugar donde las familias se reúnen para visitar (por el momento) a sus difuntos; mostrando su lado más digno y humano: el dolor. En cambio aquí... toda esta variopinta fauna terrícola, no hace otra cosa que enarbolar y blandir, con absurda vanidad, sus defectos más abyectos. Por ejemplo: esta esférica mujer que acaba de encajarme su carrito por la espalda, y que con total descaro pasa por mi lado sin postular disculpa alguna (repeliendo incluso, la mirada indignada que le arrojo), es una perfecta representante de la mezquindad y vulgaridad que converge en este elefantiásico local. Antes de perderla entre el gentío, la sigo con la vista muy de cerca, y alcanzo a ver se estaciona junto a una publicitada "ánfora" (urna). Sin demora, la mujer empieza a depositar más de cien etiquetas de una reconocida marca de lácteos; ansiosa de participar en el sorteo de: "3 AUTOS, 50 TELEVISORES, 2 DEPARTAMENTOS AMUEBLADOS, 100 BICICLETAS Y 50,000 DÓLARES".
En ese mismo instante; a su lado, una menuda y entusiasta anciana llenaba sus datos personales, en la única etiqueta que trajo para el sorteo, la cuál acabó deslizándola por la ranura de el ánfora (no sin antes persignarse, ante la sonrisa cáustica de la rolliza mujer). ¡Maldita, vaca gorda! -pensé. Ese gesto arrogante no se le dibujaba únicamente por sus mayores posibilidades de ganarse los premios, sino que además, comparaba su opíparo y voraz consumo de leche, con el de su humilde y devota competidora.
Dejo atrás aquellas execrables escenas y continúo mi forzoso itinerario por este artificioso ecosistema de relucientes pisos cerámicos, estantes abarrotados, maniquíes a la moda, carteles encantadores de serpientes, colosales bombillas esplendorosas, irrefrenables escaleras mecánicas y amplios pasillos flanqueados por industriosas murallas de comestibles, bebidas y enseres para el hogar; los que voy tomando al vuelo, para satisfacer las frugales apetencias de mi soltería.
Reviso la hora en mi celular y me espanto al comprobar que he perdido casi toda la tarde metido aquí, dando vueltas por demás. Agarro entonces el manubrio del carrito y lo conduzco, ya sin hacer más escalas en el camino, hacia las cajas registradoras; mientras pienso que, no hace falta ser un Einstein para entender que aquí, el tiempo transcurre más lento (o al menos en apariencia). La ausencia de relojes de pared, la fresca y controlada temperatura primaveral del aire acondicionado y, la potente iluminación; confabulan para crear una inigualable, pero irreal atmósfera, de un perpetuo e inmutable día, en el que las horas parecen pasar sin ser advertidas por los hipnotizados clientes, que sólo se ocupan de seguir acopiando más y más mercadería en sus famélicos carritos... ¡VAMPIROS DE LA MICROMERCADOTECNIA!
Yo siempre elijo pagar en la caja número 27, porque allí despacha Susanita, la cajera más guapa del hipermercado. Vivo enamorado de su belleza. Siempre he creído que Susanita, sería la novia perfecta para mí: se entendería bien con mamá (ya saben, por eso de las épicas aventuras...), además, trabajando ella aquí; aprovecharía para pedirle que me haga las compras.
Bueno, al fin me encuentro formando la castigada fila de clientes; aguardando con suma impaciencia mi turno de pagar para conversar un rato con Susanita, y rogarle que me dé la satisfacción de una soñada cita. Mientras más avanza la fila, más avanzo yo también, en mis secretas pretensiones y una idea absurda, cual mariposa embriagada, comienza a polinizar el campo de rosas que es ahora mi cabeza: y ¿Qué tal si de una vez, le pido que se case conmigo...?
Ese tren de simulacros fantasiosos, en el que viajo feliz junto a Susanita, fue trágicamente descarrilado, por la persona que se hallaba detrás de mí, en la fila; quién no tuvo mejor idea que chocarme repetidas veces (con su endemoniado carrito, repleto de productos lácteos), para apurar mi paso.
¡Maldición!, es la vaca gorda -masculló irritado- ¿Quién dijo que un rayo no cae dos veces en el mismo sitio? Intento en vano hacer que se disculpe, pero es inútil.
- ¡Grosera! -le grito.
- ¡Imbécil! -replica.
Por suerte ya me encuentro encabezando la fila. Susanita me recibe con su sonrisa virginal y yo ensayo una mirada conquistadora. Ella termina de facturar mis compras y me regresa la tarjeta de crédito... yo alcanzo a rozar su fina mano, suspiro y me armo de valor; pero justo cuando le iba a pedir la añorada cita, su boquita santa pronunció dos palabras espeluznantes:
- ¡Hola, mamita! -exclamó contenta, dirigiéndose a la vaca gorda que bufaba a mis espaldas.
- ¡Hola, hijita linda! Espera a que te cuente del desagradable encuentro que acabo de tener con un imbécil.
Espantado, cogí a prisa mis bolsas y salí corriendo repitiéndome la frase: "La leche que no he de beber". |