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Inicio / Cuenteros Locales / robosar / El colorado

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Cuando mis papás salen a comprar, subo corriendo a mi pieza, tomo una silla, y afirmándome del borde de la ventana me quedo mirando hacia la calle: me quedo largo rato esperando a ver si asoma el Colorado.
Como sucede siempre después que mis padres se van, aparece por debajo de las matas que están enfrente de la casa y arrastrándose despacito se queda mirando hacia donde estoy. Es divertido verlo así todo estiradito pero su carita desganada me dice que al parecer está pasando hambre y esto ya no me parece tan divertido.
Me acuerdo una vez que el Colorado llegó hasta la puerta y era un día de fin de semana, así que no sabía que mis papás estaban en casa; pero cuando estaba a punto de llegar, mi papá abrió la puerta y lo vio. Yo escuchaba desde mi pieza los gritos y los garabatos que mi papá le decía. Me dio mucha pena y harta rabia escucharlo. Luego oí cómo cerraba la puerta con un golpe tan fuerte que a mí me llegó a saltar el corazón. Tengo que confesarlo: me dio una rabia, que ni sabía qué hacer.
Estuve como enojado con mi papá hartos días y él trataba de ponerse en la buena conmigo o yo no sé qué cosa porque me invitó al cine a ver una película más buena, que se me quitó al tiro todo el enojo que le tenía.
Desde aquel día me preocupé que mis papás no se dieran ninguna cuenta de que yo espiaba desde mi ventana. A veces cuando estaba haciendo las tareas de matemáticas -que son las que me gustan menos-, me aburría tanto que dejaba mi cuaderno, tomaba la silla y la dejaba frente a la ventana. Después me subía y me quedaba como varios minutos viendo a ver si aparecía el Colorado. Y cuando creía que no iba a llegar, justo en ese momento asomaba entre las matas y deslizándose por la vereda del frente se quedaba de pronto como inmóvil mirándome con sus grandes ojos negros de pena.
Cuando eso pasaba se me llenaban los ojos de lágrimas porque lo veía tan desamparado que me daban ganas de puro decirle a mi papá que lo trajera, aunque fuera al patio porque es bien grande y allí se podría quedar más mejor. Pero luego me acordaba de la manera en que mi papá lo había tratado aquella vez, así que más pena y más rabia me daba porque yo sabía que eso era re difícil. Así que lo único que podía hacer era puro mirarlo, no más.
A veces, por la noche, cuando mis papás estaban durmiendo, yo me levantaba despacito de mi cama y me iba caminando de puntillas hasta la ventana. Claro, la sillita la ponía justo antes de irme a la cama, y después, fingía como que estaba durmiendo; y me daba risa porque me hacía el dormido a la fuerza y lanzaba unos ronquiditos para que mi papá y mi mamá pensaran que yo estaba bien dormido. Pero era todo mentira y cuando me terminaba de reír, de un puro salto salía de mi cama calientita y me iba hasta la silla y me paraba a mirar.
La calle, por suerte, estaba bien iluminada y con hartos postes de luz, así que podía mirar clarito. Me quedaba harto rato pegado a la ventana bien atento por si asomaba el Colorado. Pero pasaban los minutos y no se veía por ninguna parte, por más que estiraba el cuello para ver más lejos. A veces ni cuenta me daba y mi mamá, que era la que primero entraba a la pieza, se horrorizaba entera porque varias veces me encontró durmiendo en el piso y me retaba, y yo despertaba súper asustado; pero luego ella me abrazaba y me acurrucaba en sus brazos y después de decirme algo así como “chiquillo malcriado, mira dónde estás”, me llenaba de besos y después me llevaba a la ducha y luego con mi papá me llevaban a la escuela en el auto.
En el colegio yo no le contaba nada a mis compañeros ni a mi profesora, y a veces cuando ella me pillaba distraído en clases, se acercaba a mí y me preguntaba qué es lo que yo tenía y siempre le respondía que nada me pasaba. Pero eran puras mentiras, en parte porque me caía más mal (tiene la cara llena de espinillas y es re fea), y en parte porque no quería compartir mi secreto con nadie. Lo único que quería era llegar lo más luego y escuchar la campana para saltar de mi banco e ir a esperar a mis papás a que me recogieran y me llevaran lo más rápido a mi casa.
Cuando llegaba, lo primero que hacía era subirme por la escalera y entrar a la pieza corriendo; cerraba la puerta y me iba de inmediato a la ventana a ver si podía ver al Colorado.
En una ocasión me acuerdo que mi papá entró sin avisar a la pieza y me vio parado en la silla pegado a la ventana y me preguntó qué era lo que estaba haciendo. Por puro miedoso no quise decirle que estaba esperando ver al Colorado; pero no le dije nada, así que mi papá me volvió a preguntar y yo no le dije nada de nuevo; como que presentía que si le decía la verdad no le iba a gustar nada, por lo que preferí quedarme calladito.
Tan callado me porté que mi papá pensó que estaba enfermo o algo así y me ordenó que me acostara. Pero esto me gustó menos y me puse a refunfuñar y luego me puse a llorar, de pesado con él, no más. Parece que resultó, porque mi papá se fue al tiro de la pieza y ahí sí que pude hacer lo que quise.
Me puse a mirar otra vez para afuera y luego de unos cinco o diez minutos, apareció el Colorado. ¡Upa!, desde mi ventana observé cuando asomó su cabecita entre los matorrales y se quedó en medio de la calle mirando para donde yo estaba. Le hice unos saludos con mi manito y él me respondió. De todo el tiempo que había esperado verlo era la primera vez que me respondía el saludo. Estaba súper contento y yo casi me caí de la silla del tremendo salto que di. Me puse a aplaudir a rabiar y a reírme solito, pero cuando lo estaba haciendo no me di ni cuenta cuando mi papá entró despacito y se quedó parado detrás de mí. Supongo que vio todo lo que el Colorado y yo hacíamos porque lo único que alcancé a escuchar fue su voz fuerte que me retaba por detrás y cuando me di vuelta, allí estaba mi papá con sus brazos cruzados mirándome serio.
Se puso a decirme puras cosas que yo ni le entendía. Parece que me estaba previniendo, dándome consejos o algo así; pero yo no quería hacerle ningún caso. Lo único que me importaba en ese momento era el Colorado…
De tanto hablar y hablar y del puro cariño que le tengo a mi papá porque es tan bueno conmigo y se porta rebién, lo empecé a escuchar y no me di ni cuenta cuando empecé a escucharlo más y lo que me decía me dio mucho miedo porque nadie en el mundo me había hablado como él lo hacía, ni nadie jamás me había dicho lo que me estaba diciendo mi papá.
Después de un rato, yo ya estaba casi convencido de las cosas que me estaba diciendo mi papá y al final terminé por convencerme más todavía…
Por eso, ahora ese tal Colorado no me importa más. De ahora en adelante no quiero saber nada, ni mucho menos verlo a través de mi ventana, ni saber siquiera que está rondando la casa porque es re peligroso y nadie sabe lo que puede pasar, por más que de vez en cuando yo me asome de puro curioso y lo vea arrastrarse allá abajo como lo que es: un pobre perdido, un ser que no merece ni la más pequeña lástima. Total, lo que dice mi papá es tan verdad que a veces hasta me da rabia haber tenido que llorar por El Colorado…
Y por último, si llegó arrastrándose entre los matorrales, bien puede irse a otro lugar arrastrándose también, lejos…, muy lejos, a donde no pueda ni saber de él, porque ya no lo quiero más y ya no quiero ni escucharlo tampoco, a pesar de los sollozos que a veces entran a través de la ventana cerrada de mi cuarto…










Texto agregado el 22-04-2007, y leído por 35 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2007-08-01 06:21:52 no creo que este sitio se un lugar para,traspasar tu diario¡¡cual es la moraleja?muchas repeticiones..matorral..mata edgarsantos
2007-04-22 12:55:35 Me ha gustado mucho la forma en que la voz del protagonista te deja ver la condición, edad y demás. Un buen cuento que mantiene siempre en la espera (como en la ventana). Buen trabajo. Ysobelt
2007-04-22 02:29:52 este me gusto, tiene mi bendicion, felicidades! urulandes
 
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