LA TIA LAURA
Mi tía Laura era la menor de cuatro hermanos y también era la diferente. Fue la única que pudo concurrir al colegio de monjas y, además, aprender piano. Desarrolló su estética entre bordados, lecturas y romanticismo. La famila era Villaguay, un pueblo enclavado en el centro de Entre Ríos. Vivían en una casa grande, con un jardín pequeño al frente y otro mayor al fondo, reducto de diamelas y glicinas que aromaban el ambiente a la hora del crepúsculo.
A temprana edad los hermanos, incluida mi madre, se casaron felizmente y partieron con dispares destinos. También para Laura hubo un momento, pero su suerte fue otra.
Durante un viaje fugaz a Buenos Aires, conoció a un joven de origen inglés, Ronald Taylor, poco tiempo antes llegado al país como agregado a la embajada. El gringo se enamoró enseguida de aquella morochita ingenua de sonrisa amplia y ojos soñadores. Y Laura no resultó, a su vez, inmune a los encantos varoniles del muchacho.
No pasó mucho tiempo y mis criollos abuelos recibieron -al principio a regañadientes- a Ronnie como prometido oficial. El candidato visitó no pocas veces la mesopotamia en pos de su amada. Los paseos vespertinos por las callecitas del pueblo, las caminatas a la luz de la luna y la espléndida calidad de la cocina de mi abuela, terminaron cimentando una relación que tuvo fecha formal de enlace.
Un día del año 1947, Ronnie se presentó de improviso, fuera de los días usuales. Su premura tenía justificación; debía viajar con urgencia a Chile y desde allí a la India, donde la situación política era crítica. La partida se hallaba prevista en pocos días y su ausencia tal vez resultara indefinida, tal vez un año, ó más. Propuso, entonces, anticipar el matrimonio y partir juntos, adelantando en varios meses la decisión ya tomada.
Pero Laura no aceptó.
Las razones entran en el terreno de las conjeturas. ¿Miedo? ¿No se atrevió a abandonar a sus padres, de precaria salud?. Acaso no se hallaba aún madura para el matrimonio. Lo cierto es que el hombre partió en soledad.
Esta negativa, por lo ocurrido luego, sería tema de discusión durante años, en la intimidad de reuniones y sobremesas familiares, cuando la conversación convocaba el recuerdo de aquella tía misteriosa y ausente.
El alejamiento fue definitivo.
Un silencio selló lo acontecido y sus causas parecían evidentes para la mayoría; desairado, con su orgullo lastimado, el inglés habría renunciado a ella y elegido otra vida, lejos de la Argentina. Los hermanos varones fueron críticos severos, acusando a Laura de estupidez y cobardía. Mi madre, más piadosa, justificaba a su hermana. En el fondo, sospechaba de un abandono traidor que Laura, sumida en la negación, no podía percibir. Alguien mencionó también la noticia de cierto avión perdido, posiblemente el que se llevó para siempre a Ronnie, pero la inconsistencia de los datos y la necesidad de creer que mostraba Laura dieron por tierra con esta posibilidad.
-El me juró que volverá- eran sus palabras.
Lo esperaría el resto de su vida.
Sobrevinieron años de sobresaltarse al oír el llamado del timbre de calle ó la llegada del cartero. Tiempo marchitado en labores de bordado, clases de piano y envejecimiento solitario, de contemplación resignada ante la llegada al espejo de las canas prematuras y las arrugas elocuentes. Un vivir en el silencio y recogimiento, con las puertas cerradas a nuevos visitantes.
Laura sobrevivió a sus padres y, cuando quedó sola y única habitante de la vieja casona, se le ofreció un lugar con la familia, en Buenos Aires. Prefirió permanecer allí, entre aquellas paredes confidentes, con su jardín de glicinas como compañía.
Murió hace pocos años, sorpresivamente, un domingo triste de invierno y a causa de una pulmonía artera. Una vecina dijo haberla visto, muchas veces, salir desabrigada con un tiempo inclemente creyendo oír que habían golpeado a la puerta. Tras su partida, la casa se cerró y fue vendida más tarde.
Pero hoy tengo ante mí una noticia en el diario. Unas cuantas líneas atravesando sesenta años de misterio.
Mis ojos, incansables, recorren una y otra vez esa crónica que me conecta con una leyenda permanente de mi vida. Hoy yo, Laura, tengo el tardío privilegio de conocer la única verdad. Podría ahora otorgar la razón a unos y sacar de su error a otros: tal es la potestad que la realidad y el tiempo me han conferido.
La noticia informa del hallazgo de los restos de un avión inglés en el Cerro Tupungato, desaparecido en 1947. Transportaba seis pasajeros, entre ellos un funcionario de la Corona Británica, portador de información clasificada.
Pero ya es tarde. Ya no son de este mundo los protagonistas.
Especialmente vos, tía Laura.
Y mientras releo una y otra vez la nota, entrecerrando los ojos percibo un lejano perfume de diamelas y una suave, muy suave y lánguida melodía de Chopin, sonando en el atardecer de un otoño entrerriano.
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