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Ajedrez

AJEDREZ

Esta historia, tal como voy a contarla y según la versión que supe de boca del “Polaco” Drewanz, sucedió en Paraná hacia mediados o fines de los años ’70, no lo sé bien. El protagonista fue el “Gallego” Estévez.
Verdulero de profesión y dormilón ambulante por costumbre, nunca se supo que tuviera nombre alguno; siempre fue para todos el “Gallego”.
Cada mañana, antes del alba, rumbeaba para el Mercado de Abasto a buscar mercadería fresca en un carro verde de cuatro ruedas tirado por un caballo tordillo, cabezón, huesudo y sucio, que ostentaba el excéntrico nombre de “Iron”, ya que el “Gallego”, además de ser fanático del insigne Sportivo Urquiza y, a diferencia de sus colegas, que agobiaban los oídos de los vecinos con unas cumbias de dudoso gusto por altoparlantes destartalados y atados con alambre a sus transportes, era un inefable cultor del heavy metal. Así, solía mantener altisonantes y acaloradas discusiones con “Iron” (quien, según el “Polaco” prefería el rock clásico) sobre Deep Purpple, AC/DC, Led Zeppelín, Rolling Stones, Pink Floyd y otros grupos parecidos, mientras hacía el reparto y voceaba su mercadería transitando las populosas calles del barrio La Floresta. Ineludiblemente iban, acompañándolo sobre el carro, dos termos para el mate, uno blanco (bastante mugriento por el manoseo) y otro azul; los colores del club de sus amores…
El “Gallego”, tal vez por su profesión, odiaba comer verduras y de ningún modo las incluía en su dieta. Se alimentaba exclusivamente con carne de vaca (ni siquiera de cordero o de pollo: de vaca), que acompañaba con un vino rosado carlón, barato, de dudosa marca y calidad, que tomaba en unas cantidades abrumadoras para enojo de Elsa, su tenaz novia… Todos sus amigos y conocidos, incluida su clientela, estaban convencido que eran ese brebaje y la dieta exclusiva de carne de vaca lo que le había alterado el seso al “Gallego” y por eso era así, como era.
Para mayor reseña y a los fines de ilustrar un poco más a los lectores, permítaseme un dato circunstancial… Elsa Ingrid Wagner, la novia de Estévez, era una alemana aventurera y lesbiana que un día cualquiera llegó a Paraná desde su Berlín natal y se quedó para siempre. Nadie pudo entender nunca su relación con el “Gallego”, no sólo por sus preferencias sexuales, sino sobre todo porque él no entendía ni una sola palabra en alemán y a ella le pasaba lo mismo con el castellano de por sí dudoso del hombre… Cuando pasó lo que pasó y él ya no fue el mismo, ella lo abandonó por un marica de calle 25 de junio al final con el que tuvieron dos nenas y un varoncito, pero esa historia no es ésta…
Sigamos con lo nuestro.
Otra característica de Estévez era su afición al ajedrez. Terminado su día de trabajo, cerca del mediodía (a la tarde no hacía reparto porque se quedaba en la casa escribiendo una novela de ciencia ficción policial), la última parada la hacía en el bar Diez puntos; recargaba allí los termos con agua caliente mientras tomaba un carlón, “ensillaba” el mate y se iba a jugar al ajedrez con algún muerto en el Cementerio Municipal que queda justo enfrente. Con cierta preferencia buscaba a los finados que tuvieran apellido italiano, seguramente debido a esa rivalidad migratoria que existe entre “tanos” y “gallegos” en Argentina… Llegaba, elegía la tumba, apoyaba el tablero sobre la loza, disponía los trebejos y comenzaba la partida, siempre jugando con las piezas negras y cebando los primeros mates con el termo blanco. Esa era su cábala.
Un día de neblina espesa que era casi una llovizna, sobre la zona de los panteones que dan sobre calle España, la más antigua del cementerio, encontró la lápida de Enrico Pastorella (1885-1972), y allí dispuso el juego, cuando escuchó que le decían…
-Yo juego, pero si es por algo… –dice Drewanz que dijo el difunto, aunque nunca explicó cómo pudo saberlo él.
-¿Por algo?... –preguntó Estévez.
-Ajá… Yo no voy a ponerme a pensar así por nada… Si jugamos por algo, juego; de lo contrario junte sus chirimbolos y búsquese otro nicho.
El “Gallego” no se dejó achicar por el extinto y aceptó el desafío, confiando en que un “tano” bruto, y sobre todo hecho despojos, no podría jamás con un recio descendiente de asturianos de pura cepa y, además, estando vivo… Esa fue su perdición.
-Muy bien, estoy de acuerdo “tanito”… ¿Y por qué jugamos?
-No sé… Vos dirás, “galleguito”… (Ya se tuteaban malamente).
-Vamos a hacer así, entonces… Elegí lo que quieras y no me lo digás y yo hago lo mismo. Cuando termine la partida sabremos recién lo que hemos perdido, ¿te parece, cocoliche?
-Dale, no hay problemas…
El entrevero duró algo más de tres horas y perdió el “Gallego”, que se dejó tentar con una torre que Pastorella le había dejado como regalada y no vio que el caballo del otro, traicionero, estaba a un salto del casillero justo. Un descuido muy caro.
-Jaque mate, verdulerito…
-Sí, ya veo… ¿Vamos con la revancha?
-No.
-Vos dirás, entonces…

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Esa misma noche Elsa se fue de la casa y ya no volvió más. Al otro día, antes del alba, “Iron” notó raro a su amo y anduvo nervioso todo el recorrido que, además, no fue el de todos los días, y ni siquiera por el barrio La Floresta… No hubo heavy metal, ni discusiones sobre rock. No hubo mates con los termos blanco y azul. No hubo parada en el bar Diez puntos, ni partida de ajedrez en el cementerio… Al mediodía el almuerzo fue una tortilla de acelga, y a la noche en la cena también hubo verduras. Todo sin una sola gota de carlón rosado… Estévez nunca volvió a mencionar ni a trabajar en su novela. Así hasta el día de hoy.
El “Polaco” Drewanz dice que lo que nadie sabe es que el “Gallego” es en realidad Pastorella, porque el pago de la apuesta fue cambiar de lugares. Los demás no saben qué decir, pero sospechan que el rosado carlón finalmente terminó haciendo estragos en el pobre tipo…
Lo cierto es que la clientela reconoce desde lejos que viene el verdulero porque por los parlantes de su carro suena, incansablemente y a todo volumen, música de tarantela.


Texto de vaerjuma agregado el 23-04-2007.
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