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LA CARRETERA.




La nombraban “la ocho vías”. Y se había construido bajo el dictamen del Gobierno Revolucionario. Corría casi en línea recta desde La Habana hacia el oriente del país, a lo largo de más de cuatrocientos kilómetros, entre sabanas baldías que hincaban el cielo con sus palmas reales. No pasaba por pueblo alguno ni tenía iluminación o sendas bien marcadas, pero sí muchos baches y remiendos. El transporte público por ella era casi inexistente y las garitas de control se repetían con sus policías mal encarados que vigilaban todo lo que circulase frente a ellos. Requisaban carros y personas sin contemplación alguna, pidiendo documentos, abriendo las maletas y las bolsas y cuestionando cuanto se les ocurriese. Pero ya ella estaba acostumbrada y se conocía aquellos tramos y procedimientos más que de memoria. Cuando le tocaba el turno de ser una víctima de aquel atropello tan sólo se callaba y los miraba sin demostrar emoción alguna y los dejaba registrar frente a su mudez. A veces se le insinuaban con miradas que huían de lo que llevase para descaradamente revisar su cuerpo entero. Tampoco le importaba, sólo le producían asco. Ahora iba en el camión, parada entre un grupo de personas que anteriormente también fueron recogidas en la carretera. Cuando pudo subir al vehículo soviético de cama metálica, escalando por los neumáticos y jalada por los que estaban arriba, ya tenía más de dos horas caminando por aquella vía de asfalto hirviente. Llevaba colgando de las manos dos bolsas con papas y cebollas, y plátanos, que pesaban mucho. No había podido conseguir nada más. Otro camión, también abarrotado, la había dejado en la misma vía en un entronque por donde tuvo que desviarse para seguir su camino por otra ruta, de granzón, internándose hacia lo invisible, dando brincos en los campos y dejando tras sí una nube de polvo. Y desde aquella parada ella había emprendido un nuevo andar, mirando con su angustia siempre hacia atrás al escuchar cualquier ruido de motor aproximándose, esperando una ayuda, la mayor parte del tiempo viendo seguir los carros en su carrera cargados de gente o con algún privilegiado solitario al timón. Al subir a este último camión, después de entregar las bolsas a los que la ayudaron a encaramarse, el viento le levantó la falda para dejar sus muslos al desnudo. Siempre era igual. Aquí viajaban también algunos ancianos y niños, todos de pie, aplastados por el Sol. No cabía nadie más. Las niñas, delgaditas, apenadas, escondiéndose a medias tras las faldas de sus madres, la observaban con ojos muy vivos tras sus profundas ojeras violáceas. Casi ninguno de los más viejos que la miraban tenía dientes, pero la contemplaban con ojos pícaros y deseosos sobre sus leves risas vacías. Era una mujer hermosa y joven, de cabellera negra e insólitamente brillante recogida por una cinta roja tras el cuello. Su cuerpo, delgado pero firme de carnes y formas, resaltaba entre la humilde ropa. Viajaban apretujados y extenuados, la mayoría en silencio, examinándose unos a otros, contactando sus sudores al padecer los movimientos bruscos del camión. Después de examinar la apretazón, queriendo hacerse insensible a tanta incomodidad, no quiso seguir viendo a nadie. Se quedó contemplando en su mutismo hacia las llanuras que se alargaban con sus hierbazales y sus palmas por ambos lados de la carretera. Tan sólo mirando, triste, acalorada bajo el fuego de aquel sol de las tres de la tarde, más lejana aún en su interior que los horizontes de aquellos llanos. Apenas podía sujetarse ni recostarse buscando un alivio a su cansancio por lo caliente del metal de la carrocería que la quemaba al menor contacto. Los saltos y frenazos del camión le maltrataban las piernas y la cintura en su lucha por alcanzar un equilibrio, casi sin tener sostén en medio de aquel desplazamiento caótico. Inevitablemente se apoyaban unos en otros ante tanto movimiento. El humo de los residuos de combustible que salía del tubo de escape, a un lado de la caseta del chofer, le irritaba la piel y le ardía en los ojos. Los tenía que entrecerrar para protegerse del viento y la suciedad. El olor del petróleo la mareaba. Y tenía mucha sed. Y hambre. Sentía un vacío de angustia que le dolía en la boca del estómago. No había comido casi nada en más de día y medio de estar viajando y resolviendo absurdas gestiones. Ya casi no sabía qué hacer. Después de una hora de avanzar sin paradas, dejando atrás a decenas de personas que caminaban por la absurda carretera haciendo señas para que las socorrieran en aquella caravana interminable, se acercó como pudo a la cabina y dio unos golpes en el cristal. A gritos contra el viento y haciéndole señas pidió al chofer que la dejara en el sendero que pronto se vería a la derecha. El camión se detuvo poco después con chirridos de oxidados metales en los frenos. Los hombres la ayudaron a bajarse y le alcanzaron las bolsas que cada vez pesaban mucho más. Desde arriba le miraban con codicia el nacimiento de los senos. Sola en la carretera, se quedó viendo hacia el camión que se alejaba con su maltratada carga y emprendió su paso por aquel camino que parecía no conducir a parte alguna. Estaba desguarnecida en medio de la nada. En una distancia de más de un kilómetros no se veía ni una sola casa. Allá a lo lejos, donde ella sabía que estaba, al final del sendero de tierra y gravilla, entre unos chaparrales, apenas se adivinaba un borroso bohío. Había salido de allí cuatro días antes, de la misma manera que regresaba, andando y recorriendo pedazos de caminos en los intervalos de agonías que eran aquellos transportes abusivos. Se había ido a la Capital para resolver un papeleo insignificante pero exigido por un Comité de Defensa vecino. Para cualquier asunto había que superar montones de trámites. Por tercera vez le sucedía, pero era una falta grave no cumplir con la citación que le habían hecho. Y cada ida y regreso sólo dejaban como resultado una muerte más. Una muerte que caía hacia el pozo del cansancio y la inutilidad. Y siguió caminando. Avanzaba lentamente, por inercia. Pero ya no quería llegar a parte alguna. Y mucho menos quería pensar en todo aquello. Tan sólo deseaba desaparecer. Estaba bañada en sudor y sentía las piernas y los brazos adormecidos. Aquel desvivir de torturas parecía no tener final. Sabía que más allá de toda posibilidad de sueño y solución estaba el arribo a la casa destartalada, a los niños mal alimentados y a su marido que se consumía trabajando en el campo sin aliviar aquella aplastante necesidad. Su hombre parecía un anciano que sin llegar a los cuarenta años no era otra cosa más que hastío, arrugas en la piel curtida y debilidad. Después de andar un corto tramo, se detuvo, los brazos no le daban para más. Dejó caer las bolsas y levantó la mirada al cielo radiante y sin techo. Nunca como en ese momento deseó que empezara a caer una lluvia sin final y purificadora. Cerró los ojos y la pidió en silencio, como si fuese posible, para empaparse y limpiarse de las amarguras empozadas. No soportaba más tantos engaños y humillaciones. Sí, que cayese el mayor aguacero imaginable, para que en un baño en pleno campo se enjugasen sus lágrimas con el agua fresca de la lluvia. Pero no, el Sol se mantenía implacable. Y en su alma no quedaban esperanzas, ni deseos, ni salidas. Miró a su alrededor y sólo vio los herbazales y el espacio abierto bajo la radiación hiriente que caía a plomo del cielo azul blanquecino. Aún le quedaba un largo trecho por recorrer. Recogió las bolsas y emprendió de nuevo su camino, lentamente, encorvada, destruida por el desaliento y el desamparo. Los hombros le dolían hasta la debilidad de no poder más. Sabía que tendría que detenerse varias veces a descansar antes de llegar a su destino. Pero seguía andando. Caminaba con los ojos entrecerrados y la vista baja para protegerse de la radiación. Por momentos, cuando se detenía, miraba hacia atrás, hacia la carretera que había abandonado. Y se dolía de los que por ella caminaban a un lado y otro esperanzados en alcanzar cualquier ayuda que los adelantase. Y se dolía también de los que parados a un lado de la carretera durante horas, bajo el inclemente sol, ofrecían en venta sus exiguas cosechas de papas y ajos y cebollas y plátanos a los privilegiados que pasaban como flechas en sus carros. Pero se negaba a sí misma, y renegaba de sus preocupaciones, no tenía que pensar en nada de eso. No quería. Ya no creía en ninguna solución. Ni la esperaba. Seguiría caminando, con su dolor de espalda, con su cansancio, con sus desalientos, con el peso de las bolsas. Siempre igual. Sólo deseaba desaparecer.







Texto agregado el 23-04-2007, y leído por 31 visitantes. (1 voto)


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