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Inicio / Cuenteros Locales / daywaskya / Haciendo cola

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HACIENDO COLA.




A las diez de la mañana escuchó sin alterarse el conocido griterío y alarma de la vecina y sus tres hijos. Un segundo después escuchó que había llegado el pan. La vecina se lo gritó por encima del muro que separaba las terrazas de los apartamentos en que vivían en aquel segundo piso. La agitación de la señora vociferadora, al escucharla correr dentro de la casa mientras le gritaba a los niños que se quedasen tranquilos porque tendría que salir a la calle, anunciaba sin lugar a dudas su prisa por llegar a tiempo a la cola. La escuchó cerrar la puerta de un tirón y bajar las escaleras a todo dar, golpeando las chancletas de madera contra los escalones de cemento. La única panadería del vecindario quedaba a tres cuadras de distancia. Y hacia allá se dirigía la vecina a todo dar, arrastrando tras sí toda la agitación que le originaba la llegada del pan y toda la que con mucho era normal en su ánimo. Pero ella no se apuró, ni tan siquiera se agitó, permaneció muy tranquila en la butaca en que estaba sentada. Iría a buscar el pan, sí, pero sin enloquecerse. Y si no quedaba cuando llegase, se regresaría como iría, sin decir una palabra y sin quejarse. Si no alcanzaba pan para ella, pues bien, mala suerte. Ya nada lograba sacarla de sus casillas, ni molestarla, ni tampoco hacerla reaccionar como una loca empujada por la necesidad y carestía como sucedía con todos los demás. Vivía sola, con su silente amargura, había hecho miles de colas y sus ilusiones de mejoras estaban derrotadas. Pero internamente se había liberado de la opresión que la Revolución imponía con su delirio de persecución y espionaje. Ya no les tenía miedo ni sentía ningún respeto por ellos. Y ellos lo sabían. Pausadamente se levantó y fue hasta la cocina. De una gaveta sacó la bolsa plástica que destinaba para las pequeñas compras. En ella traería el posible pan. La fue doblando en cuadros, quedamente y con cuidado. Vio en el espejo que estaba bien peinada y se decidió a salir. Bajó las escaleras y se dirigió sin apuros con su vestido negro por las rotas aceras hacia la panadería. Cuando caminaba, escuchaba y sentía a los demás en sus carreras mientras gritaban “llegó el pan, llegó el pan”. Pero ella no se inmutaba, seguía andando con su paso lento. Los ignoraba. Muchos de ellos sufrían igual que ella, y soportaban, pero otros se merecían no tener ni ese pan ni nada. Anduvo las tres cuadras. Cuando llegó frente al local de la panadería la cola estaba formada por más de treinta personas que se inquietaban y peleaban por adelantarse unos a otros. Detrás de ella se seguían sumando. La vecina que le había avisado pasó a su lado muy sonriente con su barra de pan apretada contra el pecho. El Sol ya empezaba a caer a plomo. Pero no le importaba. Estaba de cuarta cuando anunciaron que la existencia de pan se había agotado. Las protestas se llenaron de gestos duros y groserías a toda voz. Salió de la cola que ya se desparramaba y se paró a un lado de la calle para aislarse del tumulto sin decir una palabra, sin lamentarse, sin hablar con nadie. Ni siquiera prestó atención a los que vanamente se quedaron airados dando vueltas y rezongando frente a la puerta cerrada de la panadería. A la mayoría les dolía irse impotentes y maltratados, sin pan. Pero ella no, ella no sentía nada. A ella el pan la tenía sin cuidado. Metió de nuevo la bolsa bien dobladita dentro de la cartera y emprendió su regreso sin siquiera mirar a los lados. Caminaba lentamente. La falta de pan no era tan importante. Habían fusilado a su esposo muchos años atrás y cinco veces le habían negado la salida del país a pesar de tener la visa, el pasaporte y todos los papeles en regla. A su único hijo lo habían matado en la guerra de Angola, a los dieciocho años, quedándose vacía y aterradoramente sola. Siempre pensaba en ese hijo y en la loca malignidad de tanto sacrificio y tantos abusos absurdos. Pero se sabía fuerte. Y libre. Libre con su solemnidad y su silencio. Y siguió caminando, lentamente, hacia el reclusorio de su casa, sin mirar a nadie, bien arregladita, con su cartera bajo el brazo, sin su pan y sin dolerse de nada.

Texto agregado el 23-04-2007, y leído por 78 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2008-04-07 15:29:36 Me ha quedado una angustia insoportable, consecuencia de lo maravillosamente escrito que está tu cuento, lo cual no me extraña, ya estoy acostumbrado a encontrar esa calidad en tus textos. Lo que sí, en unos momentos voy a sentarme a la mesa y, creelo, me costará trabajo deglutir mi pan pensando en toda aquella gente que no lo tiene. Gracias por despertar nuestra conciencia, amigo, tu cuento merece muchas estrellas, yo no te dejo más que cinco, no puedo más. aprendi zdecuentero
2008-01-20 04:13:05 Seguro que el pan es lo que menos importa...Un texto que llega al alma. anablaum
2007-04-30 08:38:43 ¡Qué angustiante relato! Y extraordinariamente bien escrito. Cada quien en su país, especialmente los intelectuales, tienen la obligación de denunciar todo lo que no esté bien y sea oprobioso. Yo no estoy en Cuba, y me imaginé que este mismo texto sería esencialmente igual en otros países latinoamericanos, donde muchas ancianas ya tampoco no se duelen de nada, después de haber vivido una vida miserable, con hijos desnutridos, sin escuelas, que deben ganarse el pan desde pequeños, que huyen de la realidad a través de las drogas,que "deben" robar, donde las autoridades profitan del erario y conforman enormes fortunas y son corruptas, pero también intocables... en fin, donde las colas y la muerte acechan todos los días a los humildes... y donde la esperanza de que cambien las cosas parece no existir. Combatir las injusticias donde sea supongo es el camino. Las ancianas en Irak, en Afganistán, en ene países de Africa, Asia y América tal vez ya no se duelen de nada, y eso me aterra.En fin, autor, su trabajo me llegó al alma. Un saludo. alejandromagda
2007-04-25 06:03:58 Ante las tragedias que viviò la protagonista, conseguir o no el pan- o lo que fuese en esta vida- ya nunca tendrìa importancia. Excelente retrato de una agonìa y muerte en vida. doctora
 
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